
Cuando leo los titulares de todos los periódicos en la sección de Internacional, no puedo evitar recordar aquella campaña antidrogas en la que, tras soltar la perorata de las malas consecuencias de las mismas, salía una mano negra con el eslogan "hay que saber decir no". Parece simple y evidente, pero sin embargo, para ser un monosílabo, el no es una de las palabras que más nos cuesta responder en nuestra vida cotidiana, en todos sus aspectos. En el aspecto político la República de Irlanda nos está dando una lección de autoestima y orgullo sabiendo decir no.
"Europa se desmorona", "no vamos a permitir que 3.000.000 de habitantes fastidien un proyecto de unión", etc. Más bien diría un proyecto interesado fruto de una fallida constitución europea; un proyecto del que apenas se ha dado información, por miedo a que vuelva a caerse, cuando la constitución debería surgir de la soberanía de los pueblos; de un texto un tanto oscuro que, abogando por la democracia, la eficacia y la transparencia, ampara otros proyectos, por ejemplo, un proyecto militar, del que la autora de estas líneas está fervientemente en contra.
Soy la primera que cree que la unión hace la fuerza, que todo lo que permita mejorar a los pueblos y las naciones que habitan no sólo Europa, sino el resto de continentes, es positivo, pero no esto. La UE, por desgracia, no se está convirtiendo más que un programa de rendimiento económico disfrazado de unión político-social. El Tratado de Lisboa se reafirma en una política neoliberal que ayudaría a las grandes empresas europeas a ponerse a la par de las más importantes del mundo, todo esto, por supuesto, a costa de la precarización de los derechos de los trabajadores. No se menciona el derecho a un empleo digno, se pondrán cada vez más trabas para convocar huelgas laborales y se habla de (palabras textuales) "una mano de obra adaptable a las necesidades del mercado". Si se lee entre líneas, aparece la palabra explotación, lo cual desemboca, espontáneamente, en la sorprendente noticia, también de actualidad, de la jornada laboral de 65 horas, aunque esa se merece un post para ella solita.
Volviendo al tema del Tratado de Lisboa, se fija como principal criterio una economía abierta y de libre competencia, es decir, un capitalismo salvaje auspiciado bajo los estados, que tendrán libre albedrío para privatizar los que ahora se llaman "servicios económicos de interés general": los servicios públicos de toda la vida. No quiero caer en una dinámica panfletera, pero creo que de ratificarse el tratado, en lugar de vivir en el paraíso que prometen los que se llaman europeístas, formaríamos parte de lo que el movimiento obrero y revolucionario de principios del siglo pasado bautizó como "la Europa de los mercaderes".
Además de todos estos detalles escabrosos, que hay muchos más, desde luego, se da un caso que yo toco con un cierto sentimentalismo: el prurinacionalismo europeo en el Tratado de Lisboa. En el tratado, se proclama la primacía de los estados frente a las naciones y se niega el derecho a autodeterminación de cualquier pueblo (se siente, Ibarretxe). Además, no se reconocen las diversidades lingüísticas ni culturales de cada una de las naciones sin estado que integran la Unión Europea (en eso convergemos todos los pueblos celtas)... aunque (aclaración para mis amigos no-galegos/vascos/catalanes), como ya anuncié al principio del párrafo, esto no es más que otra perla ofrecida por el tratado, ni más ni menos importante que las demás.
En conclusión, la integración de mercados y la liberalización del comercio no son sinónimos de mejorías en la vida diaria de los europeos que no forman parte de las élites, y eso es lo que debería interesarnos como propios afectados.
Irlanda, como único país que sometió a referéndum abierto el Tratado, ha sabido decir no. Sus 3.000.000 de votantes han plantado cara a 490.000.000 de europeos que esperaban con expectación su respuesta. Y esto no significa que el proyecto de una Europa unida no pueda seguir adelante: significa que no somos tontos, y que se conseguirá un tratado, una constitución o como demonios se quiera llamar cuando se fijen unos objetivos claros de evolución de las condiciones de vida de los ciudadanos, no de mejoras económicas a gran escala con consecuencias ruinosas para políticas sociales y territoriales.
Irlanda ha dicho no. Lo que para algunos es arrogancia, para mí es sabiduría y fe en las costumbres democráticas. Y es que, como bien dice mi madre, "si tú no miras por ti, ¿quién va a hacerlo?".
"Europa se desmorona", "no vamos a permitir que 3.000.000 de habitantes fastidien un proyecto de unión", etc. Más bien diría un proyecto interesado fruto de una fallida constitución europea; un proyecto del que apenas se ha dado información, por miedo a que vuelva a caerse, cuando la constitución debería surgir de la soberanía de los pueblos; de un texto un tanto oscuro que, abogando por la democracia, la eficacia y la transparencia, ampara otros proyectos, por ejemplo, un proyecto militar, del que la autora de estas líneas está fervientemente en contra.
Soy la primera que cree que la unión hace la fuerza, que todo lo que permita mejorar a los pueblos y las naciones que habitan no sólo Europa, sino el resto de continentes, es positivo, pero no esto. La UE, por desgracia, no se está convirtiendo más que un programa de rendimiento económico disfrazado de unión político-social. El Tratado de Lisboa se reafirma en una política neoliberal que ayudaría a las grandes empresas europeas a ponerse a la par de las más importantes del mundo, todo esto, por supuesto, a costa de la precarización de los derechos de los trabajadores. No se menciona el derecho a un empleo digno, se pondrán cada vez más trabas para convocar huelgas laborales y se habla de (palabras textuales) "una mano de obra adaptable a las necesidades del mercado". Si se lee entre líneas, aparece la palabra explotación, lo cual desemboca, espontáneamente, en la sorprendente noticia, también de actualidad, de la jornada laboral de 65 horas, aunque esa se merece un post para ella solita.
Volviendo al tema del Tratado de Lisboa, se fija como principal criterio una economía abierta y de libre competencia, es decir, un capitalismo salvaje auspiciado bajo los estados, que tendrán libre albedrío para privatizar los que ahora se llaman "servicios económicos de interés general": los servicios públicos de toda la vida. No quiero caer en una dinámica panfletera, pero creo que de ratificarse el tratado, en lugar de vivir en el paraíso que prometen los que se llaman europeístas, formaríamos parte de lo que el movimiento obrero y revolucionario de principios del siglo pasado bautizó como "la Europa de los mercaderes".
Además de todos estos detalles escabrosos, que hay muchos más, desde luego, se da un caso que yo toco con un cierto sentimentalismo: el prurinacionalismo europeo en el Tratado de Lisboa. En el tratado, se proclama la primacía de los estados frente a las naciones y se niega el derecho a autodeterminación de cualquier pueblo (se siente, Ibarretxe). Además, no se reconocen las diversidades lingüísticas ni culturales de cada una de las naciones sin estado que integran la Unión Europea (en eso convergemos todos los pueblos celtas)... aunque (aclaración para mis amigos no-galegos/vascos/catalanes), como ya anuncié al principio del párrafo, esto no es más que otra perla ofrecida por el tratado, ni más ni menos importante que las demás.
En conclusión, la integración de mercados y la liberalización del comercio no son sinónimos de mejorías en la vida diaria de los europeos que no forman parte de las élites, y eso es lo que debería interesarnos como propios afectados.
Irlanda, como único país que sometió a referéndum abierto el Tratado, ha sabido decir no. Sus 3.000.000 de votantes han plantado cara a 490.000.000 de europeos que esperaban con expectación su respuesta. Y esto no significa que el proyecto de una Europa unida no pueda seguir adelante: significa que no somos tontos, y que se conseguirá un tratado, una constitución o como demonios se quiera llamar cuando se fijen unos objetivos claros de evolución de las condiciones de vida de los ciudadanos, no de mejoras económicas a gran escala con consecuencias ruinosas para políticas sociales y territoriales.
Irlanda ha dicho no. Lo que para algunos es arrogancia, para mí es sabiduría y fe en las costumbres democráticas. Y es que, como bien dice mi madre, "si tú no miras por ti, ¿quién va a hacerlo?".

