sábado 21 de noviembre de 2009

Perder


De tanto miedo a perder, nunca ganamos nada.

Arriesgarse es, también, la temida posibilidad de caer. De volver al foso; quizás, a uno más hondo.
No movemos ficha por temor a los cataclismos, a los daños colaterales que nos han de hacer padecer lo impadecible. Al hermano feo de los quizases.

Las variables externas, imprevistas y sofocantes, nos hacen perder el norte en ese océano de hipótesis que cualquier mente, no especialmente brillante, se plantea ante los retos.

A mi padre, el pelo se le va poniendo gris. Eso es porque los años pasan y, sin darme cuenta, yo ya he llegado a mi segunda década. Qué sentido tienen los días sin sentido, me pregunto a veces. De qué sirve sístole sin diástole, aurora sin crepúsculo, lágrima sin su eminente sonrisa.


A veces, perder no es fracasar. Perder es no intentarlo. Perder es traicionarse. Perder es dar a la espalda al anhelo .
Preguntarse, irremediablemente, qué quiero, y no acudir en su búsqueda. Cadena perpetua en la cárcel de los "y si..."


Perder, queridos amigos, es renunciar.

miércoles 28 de octubre de 2009

El fin del mundo

A veces, todo parece aniquilarse; estallar en pequeños pedazos de cristal fino que, sin piedad, arañan y desgarran los corazones que encuentran a su paso. A veces, donde nada cesa y todo se interrumpe, logro sentirme fuera del lecho de la humanidad, fuera de las vísceras mecánicas de ese camino precocinado que damos en llamar destino, cuando él mismo me vuelve sus fauces y entona rugidos y llantos que me hacen perder la calma.

Es difícil mantenerse fiel a la corriente cuando parece que todo languidece.

La eternidad, fugitiva, ruega a alguien que le haga caso, mientras las miradas de los transeúntes se encierran en su propia oscuridad. De veras, el silencio, las nubes, parece que todo se acaba, que nada está ordenado, que ya perderse es inevitable. La muchedumbre inquieta y sudorosa atiende a mis lágrimas mientras me esfuerzo por creer que eso es sólo un momento pasajero, algo insólito y probablemente insignificante.

Pero las horas pasan. El rosa pálido del cielo se torna azul gélido, como mis vértebras, y ya me da igual llorar en la puerta de una estación, que me pisen los niños y las ancianas apresuradas; vivo en mi burbuja que de repente me muestra una realidad melancólica y opaca sin muchos tintes de cambio.

Las estrellas palpitan; quizás son la única luz en esa sinfonía de temores y sombra y mucho mucho llanto. Qué le vamos a hacer si hoy ha sido un mal día. Tengo todas las razones para pensar que tras una buena noche de sueño todo pasará y el sol me devolverá las ganas de respirar.

Pero todo se desvanece. Y esos pedacitos de cristal se me clavan como puños de metal ácido. La fachada se derrumba, sólo soy yo y mi circunstancia: yo contra esta circunstancia mía sin sentido y sin serenidad que me obliga a recorrer Madrid entre jadeos y ojos empañados. Realmente, parece que todo muere. Todo está agonizando a mi alrededor.

Y habrá que esperar a mañana para saber si un rayito de luz volverá a iluminar las baldosas, si la ciudad y yo resucitaremos al unísono y se olvidarán los llantos en las estaciones y los dolores prematuros. Habrá que esperar a mañana para saber si el frío no lo es tanto y los puñales eran caricias mal interpretadas. Habrá que esperar a mañana porque quizás sólo fue un mal día.

O quizás es verdad, y esto era el fin del mundo.

jueves 15 de octubre de 2009

Electricidad (las balsas de aceite no ganan batallas)

Escandaloso
fuego de tu mística:
las cenizas de mi reino.
Cuántas brétemas y ráfagas
de incógnita.
Cuántos sonidos que
prefieren no ser hablados.

Dulces
comisuras de tu frío:
los alisios de mi proa.
Cuántas veces los labios
se han mordido la culpa.
Cuánto miedo y cuánta
pena e insomnio.

una inválida.

Cuánta espera.

Mas

si no cantaran las rapaces sus
chillidos de amenaza.
Si no peligrara el timón y
escociera la llanura.

Quizás no agotarían las llamas
nuestros pulsos; quizás
la inutilidad del vacío.


Y

prefiero

tu cuerpo

un momento

la lucha.

viernes 9 de octubre de 2009

Capítulo 1

Auscultando la pestilencia de sus deshechos se hacía posible adivinar restos de whisky de malta, un par de camisas mugrientas y aparentemente, sudadas desde hacía días, naranjas podridas sobre la repisa de la ventana (procedentes de aquella vez en la que había decidido firmemente que tomaría vitamina C) y un recuerdo, el recuerdo de su sombra en el espejo del armario bañado en la impotencia y la soledad de la masturbación entre sábanas frías.

Ahogado por su propia existencia, decidió poner fin al encierro en aquella ratonera casi acogedora que en ocasiones llamaba hogar. Decidió salir, salir a beber del aire contaminado de una ciudad demasiado inmune a las personas; demasiado proclive a los autómatas. La calle, sus chicles pegados a las baldosas de color gris marengo, los chillidos de los niños recién salidos del colegio y la neblina espesa que amenazaba con reducir todavía más su visión, consiguieron, sin embargo, despertarle.

Había algo en aquella rutina sórdida, en aquel devenir de hogueras alimentadas de sueños, que resultaba entrañable. Como una pálida mañana de Navidad rodeada de miseria y desperdicio, pero mañana de Navidad a fin de cuentas. Su mudo respeto conversaba con la ciudad a gritos, ofreciéndole sus minutos de gloria, aquellos en los que su relación con el resto de la raza humana trascendía las meras ilusiones y se traducía en roces en el autobús, miradas de soslayo en la carnicería, secos saludos en el estanco.

En ocasiones, como aquella tarde húmeda, porque eso era lo que era, húmeda, se imaginaba viviendo así por siempre y ni siquiera le producía pavor. Cinéfilo como era y ávido de conocimiento, podría pasar el resto de sus vidas entre libros y películas, durmiendo muchas horas y bebiendo si por algún motivo no lo conseguía. La escasez de ingresos haría su experiencia más emocionante, y los frecuentes paseos, como aquel mismo, endulzarían su día a día con toques de realidad. Incluso podría escribir una novela con algo de tesón y esfuerzo diario.

Su pensamiento, a pesar de todo, acabó en ella. Su figura curvilínea tras el tocador y los tres besos de cada despertar. Dulces mieles de todos los días con el perfume que nunca reconoció hasta que se fue; las distintas tonalidades de rojo de su carmín; esporádicas estampas de sonrisas almibaradas.

La calle enmudeció entre su gris.
Otra vez la misma sensación.
Desengáñate, estúpido. Esto no es vida.





domingo 27 de septiembre de 2009

Dicotomías


Las ganas atrapan miseria
entre festejos
donde no se recoge el vino ni se
recitan heridas.
El dulce agosto gris, con-
tigo, y nuestras lunas; la serenidad,
y las fauces abiertas
del torbellino del miedo.

Todas las úlceras rotas
llevan los dedos entrelazados.

La ausencia de ritmo en
este baile de quietud mimosa.
Marchito el tiempo, tan joven,
espontáneamente calculado
su compás de vicio,
y los trotes elegantes de
la noche]
en el alféizar del ocaso.

Todo ha cambiado. La diferencia de
volver a lo mismo.


Y el primer último poema
desde hace mucho, mucho tiempo.

lunes 21 de septiembre de 2009

¿Quién eres tú?

Preocupada por mi falta de libro de cabecera desde hacía, exactamente, 21 horas, rebusqué entre los bolsos y las chaquetas hasta encontrar un poco de calderilla que, en su conjunto, me permitiera al menos agenciarme un librito pequeño, casi insignificante, pero que consiguiese su objetivo principal: entretenerme un poco y librarme de las largas y trágicas horas de espera.
Tras esta ardua labor, me encaminé hacia la librería más próxima, y sin pararme ante el estante de novedades y grandes libros de tapa dura, me dirigí hacia el único lugar a donde podría dirigirme siendo realista con mis posibilidades monetarias: el estante de esos pequeños libros de bolsillo, (tal vez llamados así, no tanto por su tamaño, sino porque son los únicos adecuados a todos los bolsillos); ésos de letra tan pequeñita que mi incipiente miopía me obliga a pegarme a menos de un palmo de sus hojas, como si rastreara oro entre torrentes de papel rugoso pero que, al fin y al cabo, siguen albergando las grandes obras de la literatura universal entre cartón barato y que realizarían bien la función que yo les tengo encomendada.

Entre mi condición de galega y el hecho de haberme despertado con el día indeciso, pasaron los minutos sin que yo pudiera decidirme por uno de ellos. Ninguno me llamaba demasiado la atención, no había mucho donde escoger, y mi mano le daba vueltas enérgicamente a esos pequeños estantes postizos de plástico de las colecciones de Anagrama y Cátedra sin que mis ojos se fijasen ni por una vez en alguna portada concreta. Al fin, adiviné entre los libros un par de títulos interesantes, aunque ninguno de ellos me susurró al oído "cómprame".

Entre Ibsen y Kadaré encontré escondido "Retrato de un artista adolescente"; bien es cierto que cuando leí "Dublineses" no me entusiasmó, pero tenía ganas de leerme ese libro y nunca lo había visto en edición barata. Tras leer la contraportada, me dispuse a proseguir con el ritual que llevo a cabo cada vez que compro un libro: pasar sus páginas mientras rozo el papel y, en un momento de despite del librero de turno, olerlo. Pero antes de que pudiera continuar con él, y mientras pasaba las páginas con soltura, pude vislumbrar que, por la mitad del libro, había un pequeño trozo de papel doblado que contenía algo escrito en bolígrafo azul. No me atreví a mirar qué era; sólo estaba segura de que no se trataba del precio ni de ninguna otra cosa rutinaria, sino que aquello era un regalo, un plus a la novela, una señal de que debía llevármela. De repente, me sentí como en un libro de Los Cinco: sólo me faltaban los shorts y las galletitas de jenjibre.
Mirando a ambos lados, como si alguien pretendiese arrebatarme a mi recién conseguido tesoro, lo estreché entre mis manos y me acerqué a la caja para pagarlo. No podía esperar a llegar a casa y descubrir de qué trataba aquel papel misterioso. ¿Sería el mapa de un tesoro? ¿Una declaración de amor, quizás? ¿Un código secreto de espionaje?

Me senté en el sofá, y lentamente, abrí el pequeño papel doblado. Lo que se encontraba en él no era ni más ni menos que un poema, un poemilla escrito con pequeña letra cursiva que se doblaba levemente hacia el lado derecho en boli bic azul. Y el poema venía firmado. Su autor o autora firmó como Pérez Duarte.
Tras releer el poema unas cuantas veces, pensé en el tal o la tal Pérez Duarte. No sé quién es, probablemente nunca lo sabré. Pero su pequeño poema escrito en un pedazo de papel doblado me ha otorgado unos de los momentos más deliciosos de estos últimos días. El descubrimiento del poema ha llenado de romanticismo un día como cualquier otro, hasta tal punto que he decidido hacerlo alguna vez en mi vida. Nunca sabré a qué Arancha podré alegrar. Quizás ninguna Arancha lo encontrará; quizás escoja mal el libro y nunca lo compre nadie o se le caiga cuando vaya a pagarlo o el susodicho comprador decida que es mejor tirarlo a la papelera para no entorpecer su lectura.

Pero puede, también, que me convierta en otra Pérez Duarte (persona misteriosa y anónima que deposita poemas de estupenda caligrafía entre libros de bolsillo alegrando el día de chicas como yo).

Y, de paso, he agregado una nueva definición a mi diccionario.

sábado 12 de septiembre de 2009

Esperas y postales

Los días de hacer tiempo son días incómodos y prescindibles. Erigen sus 24 horas como fortalezas rodeadas de catapultas, a la espera de un disparo acertado a un sistema nervioso cada vez más cansado de esperar. ¿Esperar... para qué? A veces, simplemente, para volver a la rutina. Otras veces, para encontrar nuevas emociones. Alguna vez, incluso, para despejar incógnitas.

En esta vida que son dos días, de gripes A’s y cánceres varios, la impotencia se adueña de aquellos que, como yo, pretenden ser felices a cada instante sin conseguirlo. A veces el carpe diem no sólo depende de uno. A veces, brujas disfrazadas de princesas juegan a amargar un poco más ese tablero de la vida que ya de por sí rezuma abulia. Otras veces, el tiempo nos juega malas pasadas, apremiando nuestros corazones y nuestros párpados, hasta descubrir que es mucho, demasiado el tiempo hasta llegar a la meta.

Los minutos consecutivos se tornan idénticos ante la ausencia de ruido, de inquietud, de movimiento. Demasiadas miradas impacientes a demasiadas pantallas vacías. La incesante búsqueda de causalidad se vuelve monótona y pierde el sentido. El deseo del futuro, la duda de lo que vendrá se torna fervor entre días que parecen clones herméticos y aburridos de una misma jornada exenta de vida.

Y, en estos días de publicidad, de paréntesis alargado, una postal perdida que encuentra su legítimo lugar entre montañas de espera. Una imagen que mira de soslayo y exclama satisfacción.
Porque a veces la espera también es esperanza.

sábado 29 de agosto de 2009

La erótica del arte


Hace unos días leía un artículo acerca de la bien sonada “erótica del poder” que, al parecer, existe, no como mera ficción literaria o cinematográfica, sino como afrodisíaco real y químicamente probado que, además, afecta especialmente a las mujeres. De hecho, la mayoría de los hombres (según rezaba el artículo) se sienten amedrentados ante una mujer con demasiado poder o demasiados
honorarios; tanto que en muchas ocasiones la susodicha mujer deja de parecerles atractiva. No ocurre lo mismo con el género femenino.


Yo, sin embargo, nunca me he considerado de ese club. Y es que creo que existe otro, un poquito más minoritario pero en absoluto desconocido, al que pertenezco y siempre he pertenecido desde que mis hormonas despertaron y comenzaron a buscar entre los cuerpos de muchachos granudos su Casanova personal. Por aquel entonces, una amiga, también perteneciente a dicho grupo, y yo, le solíamos llamar entre risas el efecto Fran Perea motivado por su personaje en Los Serrano, que se camelaba a Eva a base de cantes y guitarritas. Y es que, éla ahí, la erótica del arte.


El artista busca a tientas entre las cenizas del mundo un camino a la belleza. Sus manos, creadoras, arrancan acordes nostálgicos de guitarras o teclados, marean paisajes con los vaivenes de sus objetivos, retratan ocasos ocres en lienzos teñidos de extrañeza y engendran las aventuras más apasionantes entre papeles amarillentos. Su perfecta sintonía, su sensibilidad innata; todo se percibe en ese andar discordante, en la forma de manejar las dudas, en los extraños recovecos de su mente que se plasma en disciplinas inexactas y confusas, sólo comprensibles para él mismo. A veces, sólo él parece capaz de ordenar mi caos.


Los artistas. Quién no ha soñado alguna vez con susurrarle a ese pintor de ojos caídos y caminar apesadumbrado: “haz de mi cuerpo tu lienzo”; quién no ha imaginado que esas manos recorren sus caderas como recorren las curvas sinuosas de la guitarra, mientras con voz agridulce entona las primeras estrofas de una canción de desencuentros. Busca en mi ser tu discordia, quiero ser tu musa ahora y siempre, no dejes de tocarme nunca...

Quizás sí exista la erótica del poder. El poder de creación.


Y sí, P., ahora sabemos diferenciar a los verdaderos artistas de los Franes Pereas del mundo pero... ¿qué más da eso?

Reconozcámoslo.

Se nos siguen cayendo las bragas ante una guitarra bien tocada.