Ya no recordaba lo agotador que es ir de compras, y más de rebajas. Será porque en los últimos meses, debido a mi progresivo pero notable aumento de peso, dejé completamente de lado ese hobbie que es el de la compra compulsiva de ropa (he de decir que una de las aficiones predilectas de las chicas de mi edad); o será que está saliendo mi lado más masculino (veo, pruebo, compro. Y adiós). No lo sé. Pero hoy, decidida a comprarme un par de cosillas por necesidad (véase sandalias y cartera) me vi tentada a huir despavorida de las tiendas. La gente se empujaba y agolpaba ferozmente, incluso aunque tuviesen sitio de sobra; puede que ese sea el espíritu de las rebajas. Por todas partes se escuchaban gritos de "jo, tía, ¡y no me sirve la 36!", o "mamá, pero si es preciosaa", o "cariño, ¿no me hace mucho culo?" o "Señorita María, acuda a caja por favor". Realmente desesperante.
Tampoco recordaba lo raro que te mira la gente en Ourense cuando vas vestida de hippie (aprende Aranchiña, hay ocasiones, y hay atuendos...). Me refugié tras mis aviator glasses, no porque me diera el sol, sino como protección ante esas miradas viperinas, como los niños pequeños que cuando juegan al escondite se tapan los ojos "si no lo veo, él a mi tampoco". Fue curioso.
Otra cosa que no recordaba es que vivo en una ciudad con un solo centro comercial, por lo que el encontrarse a tu ex-compañera de pupitre, al hijo del primo de un tío tuyo o a aquel chico que te gustaba en 3º de la ESO, más que frecuente es natural. Y entonces se repiten los dos supuestos anteriores: mirada extraña a mi vestimenta seguida de frase exclamativa tal como "¡jo, tía, pues sólo he podido comprarme cinco camisetas, dos pantalones, un vestido y unas bailarinas!".
Y mientras volvía a casa, no sin mis gafas, caí en la cuenta de que yo también estoy de rebajas. Estoy al 50%. Y no me malinterpretéis. Ahora mismo soy 50% la Arancha que llegó a Madrid en octubre de 2007 dispuesta a comerse el mundo y 50% la Arancha mediocre, superada por sus miedos e inseguridades que vivía en una pequeña ciudad llamada Ourense. 50% la Arancha original e íntegra que defiende sus propias ideas (sean o no apropiadas), 50% la Arancha que desea convertirse en una ovejita más, para no llamar la atención. 50% la Arancha que tiene esperanza en el futuro, 50% la Arancha que, a base de palos, se ha quedado sin aspiraciones.
Al 50%...
Y como no me compre nadie, a las segundas rebajas...
Tampoco recordaba lo raro que te mira la gente en Ourense cuando vas vestida de hippie (aprende Aranchiña, hay ocasiones, y hay atuendos...). Me refugié tras mis aviator glasses, no porque me diera el sol, sino como protección ante esas miradas viperinas, como los niños pequeños que cuando juegan al escondite se tapan los ojos "si no lo veo, él a mi tampoco". Fue curioso.
Otra cosa que no recordaba es que vivo en una ciudad con un solo centro comercial, por lo que el encontrarse a tu ex-compañera de pupitre, al hijo del primo de un tío tuyo o a aquel chico que te gustaba en 3º de la ESO, más que frecuente es natural. Y entonces se repiten los dos supuestos anteriores: mirada extraña a mi vestimenta seguida de frase exclamativa tal como "¡jo, tía, pues sólo he podido comprarme cinco camisetas, dos pantalones, un vestido y unas bailarinas!".
Y mientras volvía a casa, no sin mis gafas, caí en la cuenta de que yo también estoy de rebajas. Estoy al 50%. Y no me malinterpretéis. Ahora mismo soy 50% la Arancha que llegó a Madrid en octubre de 2007 dispuesta a comerse el mundo y 50% la Arancha mediocre, superada por sus miedos e inseguridades que vivía en una pequeña ciudad llamada Ourense. 50% la Arancha original e íntegra que defiende sus propias ideas (sean o no apropiadas), 50% la Arancha que desea convertirse en una ovejita más, para no llamar la atención. 50% la Arancha que tiene esperanza en el futuro, 50% la Arancha que, a base de palos, se ha quedado sin aspiraciones.
Al 50%...
Y como no me compre nadie, a las segundas rebajas...

