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martes, 20 de abril de 2010

Más acá del bien y del mal

La vida no es ni una película de Disney ni un libro de Paulo Coelho. Ni el bien y el mal están definidos (no son una princesa y una bruja; un caballo alado y un dragón) ni el bien y el mal no existen, sólo son visiones distintas de una misma cosa (no, el relativismo más cínico a veces se equivoca). Los grises son muchos y diversos, más claros o más oscuros, pero se acercan peligrosamente a los extremos de esa línea imaginaria que, sí, dibuja el blanco y el negro.

A veces sí que hay malos y buenos. Aunque en nuestra sociedad exquisitamente racionalista nos esforcemos en pensar que eso es cosa de la infancia. A veces uno es malo, y lo sabe, y expía sus pecados con excusas (más o menos verosímiles) que pretenden tender un toldo de neblina sobre los ojos de los demás, cuando no sobre los suyos propios. A veces uno es bueno, y lo sabe, y se siente reconfortado porque es bueno y hace bien, aunque no siempre esto le reporte beneficios. A veces los buenos se vuelven malos y los malos se vuelven buenos. A veces hay buenos que pecan, y malos que se arrepienten.

A veces los malos son los que matan a un inocente. A veces los malos son los que no permiten a alguien investigar lo que es justo. A veces los malos son los que hacen sufrir a los buenos porque son buenos. A veces los buenos son los que colapsan los cielos para que no nos estrellemos. A veces los buenos son los que denuncian a los malos. A veces el bueno eres tú trayéndome el café. A veces la buena soy yo ayudándola a ella.

A veces no somos nada y sólo somos gris. Un gris que se matiza entre el blanco y el negro, como un juego dantesco de sombras. Pero el negro y el blanco permanecen, nos observan desde su caparazón infranqueable como testigos de sacrificios y de gulas, mostrándosenos de vez en cuando entre grises montañas, tan anodinas como numerosas. Y quien no sepa de ellos, que tire la primera piedra.

viernes, 5 de marzo de 2010

Espacio de incertidumbres

La religión, el destino, los líderes. Diversos modos de concebir el concepto de fe, creencia o, simplemente, relax.
El creer en algo superior que, en el fondo, gobierna nuestra vida, nos permite vivir con mayor tranquilidad, conforme a nuestros límites. Hasta el más fuerte de los hombres es incapaz de concebir su vida por sí solo, sosteniendo todos y cada uno de los pilares que la mantienen. Hasta Sísifo se quebraba y reposaba unos segundos antes de volver a bajar el monte en busca de su piedra.
La vorágine de la vida nos engulle y nos salpica de responsabilidades e injusticias, a veces tales que es imposible no creer en algo para poder seguir viviendo. Las esperanzas, dicen, construyen a los hombres más que lo que propiamente son. Sus sueños, sus ilusiones, constituyen su meta, su proyección interior. Esta meta sería inalcanzable sin la fe.
Precisamente porque tanto la idea de un Dios, como de un líder superior e intocable, como la misma idea de destino se mantienen porque son improbables, en el sentido más literal de la palabra. No puede ser probado si existe o no existe el destino, o si existe o no existe Dios; por ello, a pesar de los escépticos, aquellas personas que creen continúan creyendo, y su fe es tal que, a veces, incluso consigue cosas por sí sola (he ahí el poder de la mente).

Creyentes, ateos, agnósticos. Todos estaremos de acuerdo en que no somos capaces de construír nuestra existencia solos o, al menos, no sin ilusión. Nos aterra pensar en que todo, incluso nuestra aparición en el mundo, es una maldita casualidad; en que nada tiene sentido, en que construímos nuestra vida sin camino y sin meta, y los senderos del azar nos llevan allí donde llegamos, sin importar nuestro esfuerzo o dedicación. Sin duda tenemos miedo; tenemos miedo (en el fondo) de conocer la verdad, una verdad lapidaria que nos deje sin aliento y sin estima.
Por ello, construímos nuestro mundo sobre incertidumbres; lo desconocido nos hace inmunes a los males del futuro. Lo desconocido permite a la niña soñar con países de princesas y dragones, al anciano con unos cuantos años más de reposo. Las incertidumbres nos poseen y arraigan nuestras creencias en el lejano distrito de lo metafísico. Incluso el amor: el amor tangible, el amor personalizado, no es más que una incertidumbre. Como Dios o el destino, el amor nos eleva, nos permite soñar y esperanzarnos, pero ¿cuánto durará ese amor? ¿en qué grado se nos ama? ¿somos realmente queridos?

(...)

Porque, por hoy, la única certeza es que estamos vivos. Y podemos soñar con mañana porque, ay, mañana forma parte del ensueño.

sábado, 29 de agosto de 2009

La erótica del arte


Hace unos días leía un artículo acerca de la bien sonada “erótica del poder” que, al parecer, existe, no como mera ficción literaria o cinematográfica, sino como afrodisíaco real y químicamente probado que, además, afecta especialmente a las mujeres. De hecho, la mayoría de los hombres (según rezaba el artículo) se sienten amedrentados ante una mujer con demasiado poder o demasiados
honorarios; tanto que en muchas ocasiones la susodicha mujer deja de parecerles atractiva. No ocurre lo mismo con el género femenino.


Yo, sin embargo, nunca me he considerado de ese club. Y es que creo que existe otro, un poquito más minoritario pero en absoluto desconocido, al que pertenezco y siempre he pertenecido desde que mis hormonas despertaron y comenzaron a buscar entre los cuerpos de muchachos granudos su Casanova personal. Por aquel entonces, una amiga, también perteneciente a dicho grupo, y yo, le solíamos llamar entre risas el efecto Fran Perea motivado por su personaje en Los Serrano, que se camelaba a Eva a base de cantes y guitarritas. Y es que, éla ahí, la erótica del arte.


El artista busca a tientas entre las cenizas del mundo un camino a la belleza. Sus manos, creadoras, arrancan acordes nostálgicos de guitarras o teclados, marean paisajes con los vaivenes de sus objetivos, retratan ocasos ocres en lienzos teñidos de extrañeza y engendran las aventuras más apasionantes entre papeles amarillentos. Su perfecta sintonía, su sensibilidad innata; todo se percibe en ese andar discordante, en la forma de manejar las dudas, en los extraños recovecos de su mente que se plasma en disciplinas inexactas y confusas, sólo comprensibles para él mismo. A veces, sólo él parece capaz de ordenar mi caos.


Los artistas. Quién no ha soñado alguna vez con susurrarle a ese pintor de ojos caídos y caminar apesadumbrado: “haz de mi cuerpo tu lienzo”; quién no ha imaginado que esas manos recorren sus caderas como recorren las curvas sinuosas de la guitarra, mientras con voz agridulce entona las primeras estrofas de una canción de desencuentros. Busca en mi ser tu discordia, quiero ser tu musa ahora y siempre, no dejes de tocarme nunca...

Quizás sí exista la erótica del poder. El poder de creación.


Y sí, P., ahora sabemos diferenciar a los verdaderos artistas de los Franes Pereas del mundo pero... ¿qué más da eso?

Reconozcámoslo.

Se nos siguen cayendo las bragas ante una guitarra bien tocada.


sábado, 6 de junio de 2009

¿Todo está en los libros?

En la edición de hoy de El País podréis encontrar un artículo de Gustavo Martín Garzo que os recomiendo encarecidamente. Se títula ¿Todo está en los libros? y trata de un tema que yo defiendo a capa y espada: la capacidad de la literatura, así como del cine, de transportarnos a otras vidas, a otras experiencias lejanas a nosotros: experiencias que en muchos casos nunca llegaremos a experimentar. Además, habla de la necesidad de coger de esas realidades "extrañas" lo que nos interese e intentar reproducirlo en nuestra propia vida.

Sin duda, muchas de las experiencias que conocemos o, al menos, reconocemos, no provienen de nuestra propia existencia, sino de algo que alguien nos ha contado, que hemos leído o que hemos visto en una película. Sin duda, todos sabíamos lo que era un beso en los labios antes de que nos diesen el primero; todos entendemos la emotividad del parto, aunque nunca hayamos parido; todos podemos comprender el horror de los campos de exterminio, sin (afortunadamente) haber estado en ninguno. En ello radica la importancia de la literatura y el cine: en su don de insertarnos en una historia ajena a la nuestra hasta tal punto que nosotros mismos creamos haber vivido lo que han vivido los personajes, conocer lo que es aquello que nunca nos ha ocurrido, aprender de algo que no hemos vivido.

Pero, ojo, no lo hemos vivido. Por eso tanto Gustavo Martín Garzo en su artículo como yo en mi reseña hacemos hincapié en que está muy bien conocer otros mundos, siempre que luego eso que aprendamos de ellos nos sirva para nuestra vida, que NO es esa, ya que no es lo mismo experimentar algo en propias carnes que leerlo en un libro.

Tras muchas películas y muchos libros, llega un momento en el que me planteo qué estoy haciendo con mi vida. Qué es mi vida en realidad. Si mi vida podría representar el argumento de una novela, de una película. Al menos de un relato, o de un corto. Tras muchas películas y muchos libros, miles de experiencias se agolpan en mi cabeza como se agolpan los conocimientos justo antes de un examen, las bolsas de basura en los contenedores los días de huelga, los achuchones tras una larga espera. Tras muchas películas y muchos libros ni siquiera veo en mí un personaje secundario, no veo nada relevante, y lo que veo no es mío. Tras muchas películas y muchos libros (y muchas conversaciones con personas que sí tienen algo que contar), tras muchas lunas mirando la vida desde la mirilla, me doy cuenta de que entre ella y yo hay una puerta infranqueable cerrada con cien candados. Leo, leo, visiono, visiono, y me quiero apropiar de experiencias que no son ni serán nunca la mía. Como una niña que se pone el carmín y los tacones de su madre. Vivo en los personajes de las novelas que leo, de las películas que veo; vivo en la gente que me rodea, a la que observo como si ante una obra de teatro me encontrara. Artificialmente, intento comportarme como ellos, maquillo mi inexperiencia de imitaciones y, mal que bien, me voy camuflando entre los matorrales. Pero esta mañana, como cualquier otra, me he despertado y otro día sin expectativas me ha saludado con desidia.
Porque en esta historia no hay giros repentinos. En esta historia no hay personajes ni argumento, no hay aventuras, no hay acción. En esta historia no hay amores pasionales ni románticos, no hay objetivos ni metas, no tiene sentido ni forma.

...

La respuesta es no. Como mucho sería un poema. Un pequeño poema melancólico sin principio ni final. Un poema de esos que no marcas en un libro de poemas. Un poema modesto, escrito en Times New Roman 12, no narrativo, tampoco demasiado lírico. Un poema de esos que quiso imitar a Neruda y se quedó en dedicatoria de quinceañeras. Un poemilla mediocre. Insignificante.

domingo, 31 de mayo de 2009

Roll the dice


Al margen de ese cajón de sastre con tijeras poderosas que damos en llamar destino, nadie duda de que nuestras decisiones configuran nuestra vida; nuestra vida y a nosotros mismos. Continuamente nos hallamos ante encrucijadas que, de un modo u otro, solventamos tomando decisiones, escogiendo un camino. Incluso el quedarnos en la encrucijada, pensando y repensando los pros y los contras de nuestra decisión, es en sí una decisión que nos define. La mayoría de nuestras decisiones cotidianas responden a nimiedades, ni siquiera nos damos cuenta de su existencia; hay pocas grandes decisiones en la vida, y la mayoría ocurren en edades más avanzadas. Sin embargo, y a pesar de la contigencia de nuestra resolución (¿me ducho por la mañana o por la noche? ¿me recojo el pelo o me lo dejo suelto? ¿me tomo un café en cafetería o me lo subo a mi cuarto? ¿veo una película o me quedo leyendo?) no somos conscientes de la importancia de la misma. Quizás si aquel día, en lugar de quedarte en la cama hubieses salido a dar una vuelta, habrías conocido al amor de tu vida. Quizás si aquella noche no hubieses decidido que querías una coca-cola, no te habrías tropezado en las escaleras y no tendrías ese esguince de tobillo. Quizás si en lugar de repasar y repasar el tema 7 te hubieses mirado más el tema 8, habrías aprobado el examen. Quizás si no te hubieses quedado hablando con ella hasta la madrugada los primeros días de curso, ahora no sería tu amiga.
Desde luego, las decisiones nos conforman, conforman las encrucijadas futuras y los recuerdos que reforzarán o mitigarán la seguridad de nuestros juicios. Pero hay algo de lo que poco se habla, en este mundo de psicólogos y psiquiatras que duermen en colchones de billetes, y es de la importancia de las decisiones que los demás toman acerca de nosotros. Desde luego, y por desgracia, no está en nuestra mano cambiarlas, a veces, ni siquiera influír en ellas. Pero ahí están, erguidas como tótems, como manojos de llaves que cierran sendas de quizases.
No sólo nuestras decisiones marcan lo que ocurrirá en nuestro futuro; a menudo, las decisiones de los demás son incluso más importantes en el desarrollo general de nuestra vida. Y es que nosotros podemos tomar una decisión, tenerla clara, acatar su desenlace. Sin embargo, cuando esa decisión atañe a alguien más, la responsabilidad no es sólo nuestra.
De pequeños, nuestros padres o las personas que están a nuestro cargo toman todas las decisiones por nosotros. Qué comemos, cómo nos vestimos. Con el convulso período de la adolescencia nos enfrentamos a una capacidad de toma de decisiones inusual y abrumadora para muchos (de ahí las crisis), aunque seguimos contando con el colchón de los papás en casos de fuerza mayor (y menor, normalmente). A medida que avanzamos hacia la madurez de la edad adulta son cada vez más y mayores las decisiones que tomamos sobre nosotros mismos. Pero he aquí que nos olvidamos de que, aunque no de forma tan acusada como en nuestra infancia, los factores externos continúan ahí, decidiendo al margen de nosotros, condicionando nuestro suelo, nuestro techo.
Las personas pasan por nuestra vida; a veces de forma fugaz, otras veces, de forma más duradera. El concepto duradero es muy subjetivo, pero con mis 20 años, he de decir que, por lo de pronto, lo único realmente duradero ha sido mi familia. Existen proyectos; todos tenemos proyectos. Quizás dentro de 5 ó 10 años si esos proyectos continúan en su lugar podría ampliar mi pequeña lista.
Sin embargo, reparemos en esas personillas que, de forma pasajera o no, superficial o profundamente, han visitado los lares de nuestra existencia. Todas tomaron la decisión de hacerlo, así como tomaron la decisión de abrir la puerta y marcharse cuando lo creyeron oportuno. Y lo mismo podríamos decir de nosotros mismos. Sin embargo, preguntémonos, ¿en base a qué tomamos esas decisiones?
Por mi espíritu reflexivo intento siempre tener un motivo para abrir esas puertas que probablemente me impedirán volver a esa casa. Aunque el motivo no sea muy convincente, al menos procuro que tenga coherencia para mí, que yo pueda explicármelo. Mucha gente no lo hace así; para ellos el abandono de una vida es algo coyuntural, casual, casi azaroso. No comprenden que, si traspasan el marco de esa puerta, probablemente no puedan regresar, porque estarán condenando a esa persona a una nueva encrucijada. Una encrucijada inesperada y repentina.
Para muchos, todo no es más que una tirada de dados. Una decisión como otra cualquiera, como ducharse por la noche o por la mañana; repasar un tema u otro. Y no se dan cuenta de que, en realidad, todos no somos más que las decisiones que se toman: las que nosotros tomamos, pero también las que los demás toman sobre nosotros. Tiran los dados, los agitan con más o menos fuerza y los lanzan al vacío, dejan que den vueltas como peonzas, se divierten con su danza de derviches. Tú observas sus contoneos mientras te muerdes las uñas. Porque tú eres lo que esos dados digan de ti; lo que muchos otros dados han dicho ya de ti: quien te ha escogido y quién no. Y en base a eso, una nueva encrucijada: dos caminos, cuatro, seis. A veces, ninguno. Cuando es tu camino quien tira los dados y decide mudarse y dejarte sin brújula . A veces.
If you’re going to try, go all the
way.
Otherwise, don’t even start.
(Charles Bukowski)

viernes, 22 de mayo de 2009

Amor líquido

Ocurre a menudo, cuando se lee, cuando se piensa o, simplemente, cuando se da la coyuntura, que se descubren cosas tan maravillosas como que éso, ese tema al que tantas vueltas le has dado sin encontrar respuesta alguna y sintiéndote totalmente incomprendido, ha sido ya pensado, interpretado y valorado por alguna otra persona con mayor capacidad intelectual y de expresión que la tuya. Esta situación, en lugar de convertirse en envidia, se convierte en un gran sentimiento de empatía e identificación que se intensifica todavía más cuando la persona en cuestión parece haberse colado en tu mente y descrito tus sensaciones al milímetro. Esto me ha ocurrido con el libro Amor líquido del sociólogo polaco Zygmunt Bauman; en principio, otra lectura más para la facultad; al final, la (in)satisfacción de que mis tesis sobre las relaciones humanas no están tan desencaminadas o, al menos, eso afirma a su vez un experto en sociología contemporánea.

Bauman llama a los tiempos actuales "modernidad líquida". Proviene este adjetivo de la facilidad de "escurrirse", de la fragilidad e inestabilidad de la misma. Pues bien, en la modernidad líquida, las relaciones afectivas también se han licuado.
El concepto de amor ha cambiado para dar paso a relaciones efímeras, sin apenas conexión, que pretenden reivindicar la "independencia" tan enarbolada en el siglo XXI, mas que a su vez evocan a la raza humana a la frustración, la incomprensión y la falsa felicidad. Se asocian los vínculos fuertes a la falta de libertad
Como sociólogo que es, Bauman asocia este cambio al cambio producido en la propia sociedad. El problema es cómo adaptar las necesidades afectivas del ser humano a ese modelo social que "prohíbe" las mismas. Claramente, algo sobra. Y el 99% de la humanidad claudica, y prioriza la integración en la masa a unos sentimientos que, en mayor o menor medida, todos tenemos. Nos sentimos avergonzados de nuestro cariño, nos sentimos avergonzados del cariño de los demás y procuramos mostrarnos distantes y fríos en aras de mostrar nuestra seguridad en nosotros mismos. ¿Significa eso que una persona tierna o afectuosa no es una persona segura de sí misma? No a ojos de la realidad social. Pero, sin embargo, esa persona será probablemente más segura que todos esos ojos que la observan con aire de reprobación, porque se atreve a mostrar sus verdaderos sentimientos aun a pesar del comportamiento generalizado.

Menciona también Bauman la relación directa entre la sociedad de consumo y las relaciones personales, y dice que, hoy en día, las personas se ven más que como personas como bienes de consumo, siendo valoradas a partir del placer que puedan otorgar. Una sentencia dura, mas (a mi buen ver) real. Se prefieren las relaciones superficiales, líquidas, que proporcionan placeres efímeros, bien en forma de sexo o de unas risas después de comer a relaciones más estables, más profundas, relaciones que pueden proporcionar los mayores éxtasis de felicidad, mas también momentos de tristeza y preocupación. Y, como bienes de consumo que somos las personas (me incluyo en el bote) no hay ningún problema en cogernos y tirarnos a la basura cuando ya no funcionamos. Viéndolo de una manera simplista, soy una mopa. Sirvo (tanto yo como cualquiera) para limpiar el polvo que se asoma por entre las rendijas de las estanterías, pero para poco más. Cuando ya estoy demasiado sucia, se me tira. Y, desde luego, nadie se preocupa por limpiar mi superficie, pero tampoco su propia profundidad. Porque esas estanterías siguen teniendo polvo, aunque ese polvo no se vea.

Este comportamiento muestra, pues, un profundo egoísmo. Y esto lo hilo con el último concepto de Bauman que ha puesto en funcionamiento mis lacrimales: el de amor propio. ¿Qué es el amor propio? A fin de cuentas, nada más y nada menos que la esperanza de ser amados. En el momento en que esa esperanza se pierde, se produce al autoaborrecimiento. Y es que el ser objeto de un amor arranca a la persona de "entre todo el mundo" y la convierte en un "alguien bien definido": la hace especial. Siguiendo con esta dinámica de afectos reprimidos, relaciones fugaces y amores líquidos, criamos una raza de autómatas que, además, nunca serán verdaderamente felices.

Ponéos a pensar en todas esas balletas que habéis tirado a la basura, en esas oportunidades de convertiros en alguien especial que perdísteis por miedo a la marginación, a la pérdida de independencia o al sufrimiento por otro que no eráis vosotros mismos. Planteaos el polvo que hay en vuestras repisas; el de las demás estanterías. Hacedlo, por favor, y luego reid, si queréis, reid a costa de esta mopa perteneciente a la masa de las mopas, a la que nadie se ha empeñado en definir jamás.

martes, 21 de abril de 2009

Preguntas retóricas

¿Sería feliz Aristóteles cuando, desterrado y moribundo, caminaba con pesar cada paso que lo alejaba de su tierra? ¿Pensaría, acaso, que aquel, a pesar de triste, era un digno final para un hombre que defendía sus ideas? Y, ¿qué hay de Dante, expulsado de su Florencia natal, con tan sólo unos pergaminos bajo el brazo y con la única compañía de una imaginaria y vilipendiosa Beatriz ?¿Pensaría Gutemberg, al pie de la horca, que había sido una buena idea mostrar al mundo que la tierra era redonda? ¿Acaso Kafka, Nietzche, Poe, Rimbaud, grandes pensadores y literatos, no hubiesen cambiado sus maravillosas obras por unos instantes de comprensión?

La raza humana es compleja y diábolica. Ha llegado a configurar una serie de redes, de patrones preestablecidos surgidos, según los religiosos, del más allá; según los ateos, de no se sabe muy bien dónde, que se acatan y se siguen a rajatabla aun con la conciencia (ignorante, si se me permite) de la deseada libertad. ¿Es libertad vivir entre los barrotes de una cárcel impuesta por una sociedad sin cabeza que se autocondena al mimetismo? ¿Es, pregunto, libertad obedecer unas normas no escritas, a menudo perjudiciales para los propios deseos del hombre, que proceden de unos altos estamentos no conocidos aunque sí temidos precisamente por su poder de aglutinamiento de masas?

En un siglo XXI en el que la independencia está tan de moda como las camisetas del Che Guevara, la revolución se extingue lentamente como una cerilla perdida en las fauces de la noche. Todo está controlado. Todo responde a un proyecto implacable por ordenar nuestros pensamientos o, lo que es peor, nuestros sentimientos en carpetas de plástico duro que se archivan por colores según grados de intensidad. Ya no hay génesis ni nacimiento, sino sumisión . Y aquellos, aquellos que osan traspasar la línea de lo coherente, de lo tolerable , son relegados al más profundo de los abismos: a la exclusión, al rechazo.
Es tan sencillo ver una película, leer un libro, mantener una interesante conversación sobre aquellos personajes que han marcado la historia... esos personajes, esos visionarios que, en uno u otro campo, han contribuído a que lleguemos hasta aquí, a que nuestra historia sea esta y no otra, a través de sus errores y sus azañas. Sus ideas, su pensamiento. Resulta curioso observar como la mayoría eran despreciados en su época, llegándose a comprender su forma de ver el mundo con años, incluso siglos de retraso, momento en el que sus tesis son admiradas; sus cuadros, subastados por miles de millones; sus escritos, convertidos en best sellers; sus caras, en cada libro de texto.

Mas, he aquí la cuestión. Los grandes luchadores, los grandes revolucionarios intelectuales, ¿no se arrepentirían nunca de haberlo hecho? ¿No verían sus grandes ideas caer en saco roto al mirar a su alrededor y no contemplar más que vacío y miradas críticas? ¿En qué se apoyan, precisamente, esos ficheros, esos enormes archivos que registran las únicas doctrinas que pueden ser aceptadas? Se apoyan en el miedo. En el miedo a la soledad. Porque nadie es autosuficiente, ni siquiera ese Dios al que muchos rezan y otros tantos autobuses niegan. Porque tuvo que crear al hombre, y éste pidió una Eva, porque no podía estar solo. Y sucumbió a comer la manzana, aun a pesar de sus creencias, por ella. Quizás porque la muchacha tenía portentosos pechos o encantadoras sonrisas, pero, en síntesis, por no estar solo. Solo contra el mundo, que en aquel momento, era aquella Eva que lo miraba con ojos solícitos.

¿Qué satisfacción puede provocar la defensa de unos ideales frente a la condena a un ostracismo inevitable?
¿Qué felicidad personal puede obtenerse del suicidio de la obtención de cariño, aun en base a unas fuertes convicciones propias?

O... dicho de otro modo... ¿sucumbir o no sucumbir?

miércoles, 4 de marzo de 2009

Rihanna o el entretenido cuento de la información inmoral

Junto a un titular que estipula que, en nuestro país, las mujeres cobran casi un 20% menos que los hombres, me encuentro escalofriantes cifras de muertes por violencia machista. Sin embargo, casi como un acto reflejo, y tras un breve suspiro y una mirada al cielo, paso la página y continúo leyendo datos sobre la crisis. Parece mentira la frialdad con la que los medios informan sobre este tipo de cuestiones (más preocupados por los detalles morbosos y sanguinolentos que por el acontecimiento en sí), así como nuestra indiferencia ante ellas, ya hartos de tripas y desgracias . Y qué más da que mueran 500 personas en un atentado, si es el pan de cada día. Incluso nos parecen pocas, oye. Ahora bien, hay ciertos hechos, noticias concretas, que, bien por su concreción, bien porque nos resultan curiosas o porque hay actores implicados que no acostumbramos a ver en ese rol, nos llaman la atención. Quizás también por el morbo, quién sabe, pero lo cierto es que es así.
Por eso a muchos no se les pasó por alto lo ocurrido hace unas semanas, cuando salió a la luz que el famoso rapero Chris Brown había propinado una paliza a su novia, nada más y nada menos que la cantante Rihanna. La agresión desfiguró parcialmente la cara de la cantante, que tuvo que ser ingresada en el hospital. Y como en este tipo de casos el componente visual es importante, aquí podéis ver una foto no apta para pupilas sensibles. Por mi parte, me abstengo de ponerla en el blog, porque el caso no es tanto cómo terminó la pobre Rihanna tras la paliza sino el acongojante desenlace.
Tras unas semanas de expectación, la prensa rosa filtra que Rihanna (ya dada de alta) se encuentra en la isla privada de su colega Diddy junto a su ex-novio, el maltratador. Él lanzó un comunicado público en el que se disculpaba por su actitud (como si de una simple rabieta se tratase) y ella aceptó las disculpas trasladándose a la isla caribeña para intentar "arreglar las cosas".
Sí, a mí también me parece absurdo. Pero hay que tener en cuenta que en los casos de maltrato, desde el más expuesto a los focos hasta el más privado, el maltratador mina la moral de su víctima hasta tal punto que llega un momento en el que ella llega a convencerse de que merece ser castigada. No se puede observar desde un prisma objetivo, hay que profundizar en el factor psicológico de los hechos. El primer paso de un maltrato no es levantar la mano, sino atacar a la autoestima, despreciar. Por lo tanto, el punto de vista que podríamos considerar más racional no es el enfoque correcto desde la perspectiva moral o, yo aun diría más, desde la perspectiva más anclada al conocimiento del problema en cuestión.
Pero lo de los medios yankis no tiene nombre. Ni siquiera emprendieron este camino, el de "vaya tía tonta, mira que volver con el tío que le pegó", sino que se han dedicado a pregonar la reconciliación de la pareja como una buena noticia, como si de dos pobres almas en desgracia se tratase, como el final de un cuento de hadas en el que la princesa al fin puede estar con el príncipe tras las funestas intervenciones del mal en sus más diversas formas. (Ahora bien, ¿qué pasaría si el príncipe resultase el malo del cuento?).
Este modo de "informar" (por llamarlo de alguna manera) ha desatado en mí todo tipo de sensaciones que han ido desde la rabia hasta la tristeza y, finalmente, la desesperación. No se puede pretender arreglar el mundo así. No se puede.

Y me veo a mí misma, como un Pinocho maniatado, sentada en el pupitre de un curso de aspirante a prostituta...

jueves, 5 de febrero de 2009

Autoengaño

Los seres humanos a menudo nos dejamos engañar por los demás. Esto ocurre en mayor medida en nuestra infancia, cuando la inocencia y el candor todavía nos pueblan; a medida que vamos creciendo, vamos aprendiendo de la vida, y es más difícil que nos engañen. Aún así, a veces ocurre. Pero hay una persona que siempre consigue engañarnos, pasen los años que pasen, se aprenda lo que se aprenda : nosotros mismos.

El autoengaño es una capacidad innata. El cerebro enmascara el dolor o la ansiedad reduciendo nuestra conciencia. El inconsciente nos ofrece una visión sesgada de las cosas que pretende persuadir a nuestro consciente de que haga o no haga algo; es decir: el inconsciente manipula al consciente en aras de, lo que él cree, es nuestro bien. Nos droga o anestesia para que no suframos, creando cierto tipo de espejismo que nos hace ver la realidad tal y como, en realidad, nos gustaría que fuese. Nos autoengañamos a nosotros mismos constantemente, pero este autoengaño (en cierta medida) no tiene por qué ser malo. En una dosis correcta y aplicado a ciertos aspectos, el autoengaño garantiza estabilidad, además de conseguir que se cree en el individuo en cuestión una suerte de esperanza o ilusión que muchas veces hace que consiga lo que sin autoengañarse no habría conseguido.
Es decir, nuestra confianza en nosotros mismos requiere, muchas veces, del autoengaño.

Ahora bien: hay muchos tipos de autoengaño en sus más diversos niveles. Autoengaño social y autoengaño personal. Mentiras compartidas o mentiras que nos contamos a nosotros mismos cada noche, con el rostro pegado a una almohada húmeda que, por más que coloquemos y descoloquemos, nunca nos va a dar un abrazo de verdad.
(Y quizás ya está bien de usar el "nosotros", esa ridícula fórmula de escritura que me hace pensar que alguno comparte lo que estoy contando cuando, probablemente, no sea así).
El compañero blog sustituye a la almohada en ciertos domingos y festivos, por cierto.

Continuemos: el autoengaño. Gran capacidad mientras que no nos demos cuenta de que nos estamos engañando. Porque entonces dejaremos de engañarnos. Y todo dejará de tener efecto.

Abrir los ojos es bueno, normalmente. Es lo que nos hace libres: cuando sabemos la verdad podemos decidir. Pero a veces no es tan bueno.

Cuando la verdad es ardua, y cuesta respirarla. Y cada mentira desfila por una pasarela que, quizás por casualidad, alguien ha colocado justo frente a mí. Se van desnudando paulatinamente y, al final, me miran a los ojos con expresión cansada. "Somos mentiras", me dicen. "Y ahora ya lo sabes. No volveremos a ser verdades". Y alguien cierra el telón y yo me quedo sentada en una butaca que tampoco es una butaca, porque era otra mentira, y se ha ido con las demás. Estoy sentada en el suelo mirando a la nada.
La cruda realidad se me presenta cada vez más a menudo: quizás debería agradecerle que me tenga cariño (últimamente escasea). Y me coloca un tremendo espejo delante. Y detrás. Y a la izquierda. Y a la derecha. Y mire a donde mire no puedo dejar de verme a mí, traslúcida, radiografiada, con mis defectos zambullidos en un mar de imperfección. Grandes como búfalos. Y cierro los ojos, al final, cierro los ojos porque no puedo seguir viéndolos, no puedo seguir viéndome, no quiero verme más...Pero las mentiras ya se han despedido. Sólo han dejado un radiocassete estropeado que desprende una especie de eco que, más que reconfortarme, me hace estremecer. Ahora, aunque cierre los ojos, el mundo sigue estando gobernado por la verdad. La maldita verdad. Lo más gracioso es que esa siempre ha sido la verdad. La que todos han visto siempre. Nunca ha sido otra. Y yo acabo de descubrirla.


La pregunta es:
¿Pegarse un tiro o volver a Matrix?




lunes, 19 de enero de 2009

Asocialidad justificada

Como anguilas regalando chispas
a un torrente de aguas fecales
todos corretean, tan soberbios,
buscando quién sabe si un sitio
o simplemente un recorrido
o marcar su territorio
con rastros de orina y de semen
o desgastar un poco más
la suela de las sonrisas.
Las nubes
esperan pacientes que se les conceda
turno de aparición,
y bordan un cameo
en esa lujuria espectral
que quiso hacer protagonista
al color rosa.
Y los rostros depilando
cada fruncido en los ceños.
Y los suspiros camuflados
entre acordes de carcajadas.
Y mi asco,
más vivo aun que ellos,
lanzando versos a un mundo agónico.




Si el hombre es un lobo para el hombre, no me compete a mí decidirlo. Pero hoy la humanidad ha sido un asqueroso mosquito chupasangre que ha terminado de agotar esas pocas fuerzas que se esconden en este proyecto de mujer...

miércoles, 14 de enero de 2009

Los dobles raseros o inmoralidad disfrazada

El titular de última hora "Olmert se niega a parar una guerra que ya deja más de 1000 muertos" coincide en elpais.com con "la máxima autoridad religiosa saudí permite el matrimonio con niñas de 10 años". Un poco más abajo, se puede leer "Irán vuelve a lapidar adúlteros" y, más abajo todavía, pasando desapercibido "Human Rights pide la vuelta a la defensa de los derechos humanos".
Sólo uno de esos titulares no me produce náuseas, y sería redundante decir cuál es.

He evitado escribir sobre el conflicto palestino-israelí en primer lugar, porque no suelo criticar o reseñar noticias sin añadirle un alto grado de subjetividad que lleve a una conclusión. Para contar lo que ocurre ya tenemos la prensa, la radio y la televisión. Además, parece evidente que en este conflicto, incluso persiguiendo la más objetiva de las objetividades, uno no puede evitar posicionarse. Tenía pensado escribir un post acerca de la creación del estado de Israel, cómo se partió desde el idealismo sionista a una realidad que acrecentó los problemas en el territorio, cómo países de las (llamadas) Naciones Unidas tomaron la decisión de dividir Palestina y la cantidad de conflictos originados a partir de esa división. Pero para contar lo que ocurrió, ya tenemos la wikipedia. Sin embargo, a raíz de reflexionar, he llegado a una conclusión que dista mucho de ser política o social, incluso psicológica. No es más que algo que ocurre, que ocurre continuamente, a pesar de los pesares.
Esta no es una cuestión de Israel y Palestina. Ni fue una cuestión de Georgia y Osetia, ni de Irán y... el resto del mundo. Es una cuestión de guerra. Es una cuestión de ODIO.
Está claro que Israel está masacrando a los habitantes de la franja de Gaza, que están acinados en un gueto con la mayor proporción de habitantes por kilómetro cuadrado del mundo. A pesar de que (cabe recordarlo) la población civil al sur de Israel ha sido víctima de una agresión constante durante los últimos meses, la respuesta ha sido no sólo desproporcionada sino ilegal desde un punto de vista político (no cumplen la resolución de la ONU) e inmoral desde un punto de vista humanitario. Pero no es ese el tema que pretendo tocar. La situación de Palestina e Israel es un conflicto de difícil solución avivado por muchos errores pasados así como por intereses políticos por parte de la comunidad internacional: básicamente de los estados árabes y de Estados Unidos. Pero, a pesar de todo, lo que lo hace permanecer vivo es el odio.

Sé de buena tinta, por personas que estuvieron en los campos de refugiados, que los palestinos viven única y exclusivamente con el objetivo de vengarse, de matar a cuantos más judíos mejor, de luchar (físicamente) por su tierra y su pueblo. Son educados en el más cruento de los sentimientos: no reconocen a los israelíes como seres humanos. Probablemente del otro lado ocurra lo mismo. Cuando el año pasado estuve en el Sahara, en los campamentos de refugiados en Argelia, me llamó la atención que se perfilasen dos posturas con respecto al conflicto con Marruecos: muchos saharauis apelaban a la lucha armada, a comenzar de nuevo la guerra, a luchar con uñas y dientes por su territorio sin importarles si les iba la vida en ello. Otros, básicamente las nuevas generaciones, pasaban del tema y ni se molestaban en preocuparse por ello. Desgraciadamente (ahora lo comprendo) parece que sólo se pueden tomar dos posturas. Y las dos radicales. No sé si será el mundo en el que vivimos; empiezo a pensar que no es el mundo, sino el propio ser humano el que se ve intrínsecamente forzado a formar parte de un grupo, a someterse a él, a apoyarlo 100% sean cuales sean sus ideales. Porque es "su grupo", "su pueblo", "su nación", "su partido político" o "su equipo de fútbol". O fanatismo o asocialidad. O "segundo holocausto, muerte a todos los judíos" o "no te importan los derechos humanos". Eso es lo que se vislumbra en las caras de aquellos con los que me atrevo a comentar mi postura.
A los perroflautas y a los rojillos de palo (y perdónenme la expresión) les cuesta muy poco decir "muerte a todos los judíos", o "muerte a todos los marroquís" o "muerte a Estados Unidos" o "viva la revolución". Incluso creo que son capaces de decirlo a cuatro voces, en plan canon. Pero eso es lo que me da miedo. No sé si se lo creen o no; es muy probable que el 80% de ellos lo manifiesten porque esa es la postura de sus amigos, de su tribu urbana, de su "grupo". Es una forma de integración como otra cualquiera, que no denota más que una tremenda inseguridad y dependencia, aunque eso es otra historia. Pero el otro 20% realmente lo cree: muerte a todos los judíos, ellos son el enemigo.
Mi Photoshop afirma que existe una amplia gama de colores, sin embargo, parece que sólo vemos el blanco y el negro. O que sólo queremos ver el blanco y el negro. Buscamos a tientas la solución al conflicto palestino-israelí mientras sacamos las fauces a todo lo que nos suene a judío, "porque hay que eliminarlos a todos. Porque son... ¡malos!". Y ahora, de repente, somos aliados de los árabes en su lucha encarnizada contra Israel, cuando hace un par de años despotricábamos contra "esos asquerosos musulmanes fanáticos que se dedican a ir por ahí matando gente". Pretendemos que personas que han mamado el odio a aquellos que siempre han considerado como enemigos pongan fin, por su propio pie, a ese sentimiento que nosotros mismos sentimos sin siquiera vernos afectados por ello. Eso no es tolerancia, sino una postura muy cómoda e irreflexiva de la situación. Sólo vemos la paja en el ojo ajeno y nos damos cuenta de que nosotros somos los primeros que nos adscribimos a un movimiento, a una idea, a una corriente ideológica. Y la defendemos hasta las últimas consecuencias, sin pararnos a pensar antes qué nos parece bien o mal de la misma. Sólo seguimos a la masa, y punto. Como borreguitos pastando en una ciénaga, nos vamos hundiendo por el propio peso de esos pensamientos radicales que son oportunamente conducidos por algún que otro perro pastor que aprovecha la coyuntura para manipularnos. Y la única postura que pueden adoptar aquellos que abren los ojos y se dan cuenta de su error es la del escepticismo. Y a pasar de todo.
Quizás, entre rojos de verdad y de acuarela, nazis de cabeza rapada o de bigote postizo, nacionalistas vascos y españoles, la china del todo a 100 y el tío que me vende el tabaco para las cachimbas en Lavapiés yo soy una hippie perdida en el siglo XXI. Pero me importa la paz. Y no apoyaré ninguna cruzada. Sea de quien sea.



jueves, 27 de noviembre de 2008

Paradojas y otras enfermedades de manicomio

Que el mundo está loco ya lo sabemos todos, y si no lo sabíais, yo os lo confirmo: está de camisa de fuerza y sedantes de mula.
Pero es que, a veces, entre tanta noticia que ya suena a topicazo a pesar de que ilustre las más cruentas barbaries, te encuentras alguna que otra que no hace más que acrecentar ese sentimiento de que, en realidad, a pesar de tus mil y un rarezas, eres hasta normal. Y cito: "Ocho jóvenes judíos han sido condenados este domingo a entre uno y siete años de prisión por pertenencia a una banda neonazi".
Sin necesidad de un análisis demasiado exhaustivo, la frase resulta, cuando menos, contradictoria. ¿Judíos neonazis? Ya de por sí cuesta creer que, en su momento, una nación entera se rindiese a la paranoia de un pequeño cabrón con bigote; mucho más la existencia hoy en día de grupos que propugnan su ideología desde la perspectiva actual, habiendo conocido toda la historia desde un punto de vista objetivo. Pero que judíos, repito: judíos se adhesionen a un movimiento cuya máxima era (y es) el antisemitismo... me parece increíble. Para los nazis los judíos son una raza inferior, contaminada, culpable de todos los males del mundo.
Para más inri, uno de los condenados por pertenencia a la banda neonazi, era nieto de un superviviente de un campo de concentración. No voy a pararme a explicar qué hacían los nazis con los judíos en los citados campos, es cosa bien sabida, aunque después de mi visita a Auswitchz este verano todavía me repugna más el hecho de que este jovencito no sólo no tomara conciencia de lo ocurrido en su familia, sino que además lo ensalzara.

Este acontecimiento no pone de manifiesto más que una cosa: estos chicos se odian, odian su vida, su cultura, su pueblo. No hay otra explicación. Es la forma que adoptan para manifestar que no aceptan que esas sean sus circunstancias, que hayan nacido siendo ellos mismos. Son judíos. Y no pueden evitarlo. No hay mejor manera de suicidar su yo interior que formando una banda que reniega precisamente de lo que ellos son: lo denigra e intenta exterminarlo. Y este comportamiento sólo surge cuando ya no hay nada que les motive, nada en absoluto. La vida es negra, ni siquiera grisácea, y por más que le den capas de pintura, la oscuridad sigue siendo abismal. Al menos_pensarán_que todos la vean del mismo color. Y vivan los actos kamikazes. Como el maltratado que maltrata. Como el violado que viola. Y, en versión light, como el que suspende y se hace profesor para suspender a los demás; como el que sufre por amor y se decide a hacer sufrir a cuantos más, mejor.

El mundo está muy enfermo, cada vez más enfermo; el mundo delira y no podemos hacer nada por evitarlo. Y, quizás sea por la tremenda fascinación que me suscita la cultura judía (sueño con casarme con Woody Allen o, en su defecto, con Ross de Friends), por el apego que siento hacia mis raíces o, simplemente, porque sigo creyendo que todos nos regimos por cierta coherencia interna. Pero este tipo de noticias, aparentemente anecdóticas, no me producen más que desazón. Y vuelven a planteárseme las mismas preguntas: ¿dónde se han quedado los valores morales? ¿hay alguna respuesta universal? ¿realmente es tan absurda la vida como para que pierda el sentido? ¿por qué no murió Esperanza Aguirre en Bombay? (...)

viernes, 17 de octubre de 2008

Érase una vez la vida...

... encerrada en una bolsa.

En esta época convulsa en la que nos encontramos, una época en la que las únicas bolsas que nos preocupan son las financieras, prestemos atención a una bolsa de basura. Una bolsa de basura, ésa que siempre pasa desapercibida o que, de no hacerlo, es por causa de sus características negativas (véase malos olores, situación incorrecta, etc). Esta bolsa a la que prestamos atención puede ser nuestra o de otra persona, conocida o desconocida. Para nosotros no son más que desperdicios que acumulamos con la finalidad de deshacernos de ellos. Sin embargo, no nos damos cuenta de que el contenido de esa bolsa de basura dice mucho más de nosotros de lo que podemos imaginar.
No se trata esto de hablar de ecologismo y reciclaje ni de personas con el síndrome de Diógenes. Se trata de reflexionar, en mayor o menor medida, sobre aquello que nos define.

Mondas de naranja, apuntes a medio hacer, unos calcetines rotos, el envoltorio de los chicles, la etiqueta de unos pantalones de Zara, un preservativo, la caja de los antibióticos, el periódico del día anterior... Todo aquello de deshechamos habla de nuestros hábitos de vida, de nuestra personalidad.
En una papelera vemos escombros de papeles arrugados, de recortes de revistas, de intentos infructuosos por conseguir algo merecedor de no acabar en la susodicha. Es la basura de un escritor que no consigue escribir. Desplazamos la mirada unos cuantos metros y nos encontramos otra papelera: en ella, metidas en una bolsa de plástico, vemos las últimas ediciones de una revista de motos, una cuchilla deshechable, papeles de chicles y una caja de condones. Es la basura de su compañero de cuarto. Si no nos fijamos en esto, vemos a dos chicos de aspecto más bien corriente y que podrían ser muy similares.

Llevo ya unos cuantos días sin parar de pensar en esta cuestión, en la vida interior de las bolsas de basura; pienso en ello incluso cuando voy a arrojar la mía al cubo común que se encuentra en mi pasillo en el colegio mayor. Me gustaría saber qué dice de mí esa bolsa. Me gustaría saber si esa bolsa conoce detalles que los demás han pasado por alto, detalles buenos y malos, detalles importantes o nimios, pero detalles, a fin de cuentas. Me gustaría que esa bolsa albergase muchas cosas que no alberga y que no estuviese llena de otras cuantas que sí tiene. Me gustaría...

Pero al fin y al cabo, no es más que una bolsa - pienso - una bolsa de basura. ¿Quién va a fijarse en una bolsa de basura? Y, con gesto decidido, la arrojo al cubo permitiendo que se enrede en la inmensa maraña del anonimato.
(Qué paradójico que aquello que rechazamos sea eso mismo que mejor nos define...)

viernes, 19 de septiembre de 2008

(Des)confianza

Otro post con tintes autobiográficos. Sin embargo, no lo escribo para desahogarme o a modo de revancha, sino más bien para preveniros. Resulta bastante estúpido creer que voy a conseguir algo lanzando un "mensaje" ya por todos conocido a una ínfima parte de la humanidad, las pocas personas que leen este blog, pero aún así, creo que debo de hacerlo.

He sido traicionada. No por primera vez, desde luego, mi corta pero intensa vida está llena de agravios y malintenciones, pero esta vez ha dolido más que nunca. Quizás porque se trataba de algo inesperado, de un ataque por la espalda que, además, me ha pillado sin armadura. Quizás por eso...
Las causas de la traición son todo un enigma para mí (¿qué beneficios consigue esa persona hundiéndome en la más austera de las miserias?); las consecuencias aún están por llegar: por lo de pronto, una de ellas (convertirme en el hazmerreír de gran parte de mi entorno) ya ha hecho acto de presencia. Lo que sí sé, y a ciencia cierta, es cómo podría haber evitado la situación que ahora me quita el sueño. Simple y llanamente cerrando la boca.

Todos aquellos que me conocéis (y aquellos que no, ¡atención! ¡ahí va otra pista sobre la misteriosa autora del blog!) sabéis perfectamente que cojo confianza con facilidad y tiendo a compartir ciertos pensamientos que probablemente deberían confinarse a lo más hondo de mi mente y quedarse allí, como monjas de clausura. Aún así, los comparto. ¿Por qué? Por una parte, porque en ciertos momentos siento una necesidad imperiosa de hacerlo; tengo que poner en común ideas y sentimientos que me inquietan, en el buen y en el mal sentido, para poder digerirlos y sobreponerme a ellos. Digamos que, en el puesto de Robinson, no aguantaría ni dos días, y Viernes terminaría en un manicomio de tanto escuchar mis chismes. Por otra parte, y esto no hace más que mostrar mi ingenuidad, lo comparto con mucha gente, mas cuando lo hago realmente creo que mi interlocutor merece saberlo, que no va a traicionarme. Conozco a personas y personas, más simpáticas, más apáticas, más extravertidas, más reservadas... y en ese momento siempre pienso que la persona con la que estoy compartiendo mis sentimientos será LA persona, ésa que jamás utilizará la información en mi contra. Me dañan una y otra vez, y yo continúo pensando que esa será la última vez que me ocurra, que las personas que voy a conocer a partir de entonces serán sinceras y honestas, y que nunca me fallarán. PENSAMIENTO ERRÓNEO.

Hoy he llorado. Lágrimas por alguien que, probablemente, no se las merece. No ha sido la primera vez y (me conozco) probablemente no será la última. Y así con todos, todos, todos... Llega un momento en que, a base de golpes, incluso me creo que he aprendido la lección. Que todo esto ha servido para algo, que por fin me voy a callar. Y entonces alguien aparece con una sonrisa de oreja a oreja, me toma del brazo, me pregunta qué tal, se sienta a mi lado, me anima a contarle qué me ocurre... y vuelvo a caer en la trampa. Siempre caigo en la trampa...

Confiad en vosotros mismos... como véis, yo no puedo hacer ni eso, pues yo misma me traiciono. Vigilad bien a vuestra sombra (la mía tiene pinta sospechosa) y no descuidéis vuestras palabras. Sería maravilloso vivir en un mundo donde se pudiera ser 100% sincero sin sufrir ninguna represalia... pero este mundo dista mucho de ser maravilloso.
PD: A todos los que vais a vivir conmigo este año y a los que, por un motivo o por otro, no os resulto del todo antipática, os pido un favor... ¡animadme a seguir la sana costumbre de la prudencia!

lunes, 21 de julio de 2008

Autoescuelas o el poder del cada uno a su bola

Últimamente no paro de fijarme en la dicotomía del ser humano en todas sus vertientes. Desde luego, habría mucho que debatir sobre el tema, pero hay algo en concreto que me ha llamado mucho la atención con respecto a las relaciones de la gente en sociedad.
Hay lugares a los que las personas van a hacer amigos, aunque ese no sea (supuestamente) su objetivo principal. Se nota, se palpa en el ambiente. A otros, sin embargo, van porque tienen que ir. Hasta ahí todo bien: yo misma lo hago a menudo. Por poner dos ejemplos: en clase (al menos hasta que llegué al Chami, donde vi que hay mucha gente que pasa de hacer amigos en clase cuando los tiene en el colegio mayor, pero bueno, hablo por la generalidad de la especie humana) o en el trabajo. O, mejor, cuando la gente sale de noche y va a un pub a tomarse algo: suele esforzarse por parecer simpática o, como mínimo, que se lo está pasando bien con los colegas. En las discotecas, las chicas menean sus curvas (si es que las tienen) y lucen sus mejores galas; los chicos les dedican sonrisas resplandecientes y miradas provocativas, y de vez en cuando cae algún bailecito. Es un lugar al que la gente (en general) va a hacer relaciones. Normalmente sexuales, todo sea dicho, pero relaciones al fin y al cabo. ¿Acaso no habéis notado el extraño fenómeno que sólo se produce por las noches en el que personas que conoces de vista y que normalmente no te saludarían por la calle te saludan cordialmente dedicándote incluso alguna que otra charla amena? Sí, queridos, es el momento de relacionarse.
Hay otros lugares en los que, a pesar de que nos encontramos con otras personas, no tenemos intención de establecer ninguna relación. Véase el transporte público o, mejor, las salas de espera de los ortodoncistas. Vas allí por tus puñeteros brackets y punto. No vas a ponerte a charlar con el que está al lado, y eso que, en realidad, tiene más en común que tú que el tío con el que echaste un baile la noche anterior; al menos él también sabe lo que se sufre con un aparato. Pero no es el momento, ni es el lugar.
Pues bien, en la autoescuela pasa lo mismo (al menos, en la mía). La gente va a lo que va, a sacarse el carnet, y da igual que te pases 3 horas allí, con ellos, en esa sala rebosante de calor humano y atmosférico, porque no te van a saludar. No se dignan ni a mirarte. Son como autómatas que, accionados por una batería, se dirigen a un lugar concreto para un único fin. Por decirlo de otra manera, que van a su bola. Y me parece estupendo, sí, yo tampoco voy a la autoescuela a hacer amigos: esos ya los hago en clase, en el colegio mayor, etc. Pero, ¿acaso cuesta tanto decir "hola" cuando se entra? ¿Cuesta mucho decir adiós al marcharse? ¿Supone tal terrible esfuerzo un "ciao" cuando te cruzas con una persona por la calle con la que te pasas varias horas al día, aunque sea en contra de tu voluntad? Nada de eso supone un compromiso; el saludar no significa que tengas que irte con ella de cañas o invitarla a cenar. Es mera educación. Pero, desgraciadamente, en este mundo en el que vivimos, poblado por entes progresivamente alienados, rige el poder del cada uno a su bola. Es curioso, porque a la hora de criticar, de repente todo el mundo conoce a todo el mundo. Pero, a veces me da por pensar que me pueden asesinar en el medio de la calle y la gente sólo se dará la vuelta para echar un vistazo a la escena (y de paso, a mi modelito, para juzgarlo con miradas reprobatorias, o satisfactorias si tengo suerte). Luego se volverán a poner el auricular del Ipod y seguirán adelante. Aunque sean mis compañeros de la autoescuela. Probablemente, aunque sea ese chico con el que bailé la otra noche.

jueves, 17 de julio de 2008

Ser un monstruo

(Porque hoy no he podido más, y sí, voy a volcar muchos datos autobiográficos...)
Y es que desgraciadamente en este mundo que nos ocupa ser un monstruo no es ser una mala persona. Ser un monstruo no es ser malvado, manipulador o mentiroso. No es carecer de escrúpulos. No es cometer atrocidades.
Ser un monstruo es ser un monstruo, ser lo que se dice un monstruo, lo que en el imaginario colectivo es un monstruo: es ser feo, grande, gordo y con anomalías físicas (o con mucho pelo). Cuando se dice "monstruo" nuestro primer pensamiento nos dirige a la imagen de los monstruos de los cuentos, esos que nos daban miedo de pequeños: el ogro, el coco, el hombre-lobo. A ese que vivía debajo de nuestra cama o dentro de nuestro armario. Cuando nos dicen monstruo pensamos antes en Quasimodo que en la bruja de Blancanieves (era muy guapa, la jodía). Antes en la Bestia que en el cazador que mató a la madre de Bambi. Y es así.

¿Sabéis lo que es de verdad ser un monstruo? Ser un monstruo empieza cuando un niño de tu clase te llama fea. Sigue cuando otro te llama gorda. Continúa cuando las niñas de la clase lo afirman, cuchichean y se rien de ti, y cuando todas empiezan a ponerse minifaldas y tú no puedes porque sería enseñar demasiado de ese horroroso cuerpo que dios te ha dado. Al final acatas ese rol, eres un mounstruo. Eres la fea de la clase, la gordita. Todos lo saben; tú también. Intentas a duras penas destacar en otras cosas aunque sabes perfectamente que, por muy inteligente o bondadosa que seas, nunca vas a ser la princesa de ningún cuento. Eso se les reserva a las demás. En esa etapa, los adultos apenas le dan importancia y tú tienes la esperanza de que ya pasará. Y esperando que pase, pasan muchos años... (sigues siendo un monstruo)
Y un buen día, tú también eres adulto. Un monstruo adulto. Y, ¿sabéis lo que es de verdad ser un monstruo adulto? Ser un monstruo es no poder intercambiar ropa con tu amiga, porque te queda pequeña. Ser un monstruo es no ir a la playa este verano porque no quieres que nadie te vea en bikini. Ser un monstruo es que los chicos te digan "todas las tías me dan morbo, menos tú". Ser un monstruo es que tu madre te diga "mejor, hazte sólo 8 fotos de carnet, que estás muy fea... a ver si para Navidad estás más guapa y así te puedes hacer más". Ser un monstruo es que tu primera reacción al ver la susodicha foto sea quemarla o romperla en mil pedazos, porque realmente das miedo. Ser un monstruo es evitar cambiarte delante de un espejo para no tener que verte desnuda. Ser un monstruo es que ya ni te apetezca salir a la calle de lo mal que lo pasas notando que los demás te miran: porque te miran como a un monstruo. Ser un monstruo es hacer una dieta absolutamente restrictiva con la que te entran ganas de comerte hasta tus propias entrañas, una dieta con la que en años anteriores llegaste a adelgazar 18 kilos, y no adelgazar ni 3... porque eres un monstruo, porque tienes metabolismo de monstruo y por mucho que luches no vas a cambiar. Nunca.

Y terminarás por comprender que tu lugar está dentro del armario (literalmente, no en sentido figurado) o debajo de la cama o en una cueva recóndita apartada del mundo. Porque este no es lugar para monstruos. Y porque no hay Christines que se enamoren de fantasmas de la ópera... y porque las Bellas que aman a las Bestias no existen... (y mucho menos los bellos...).

miércoles, 2 de julio de 2008

Dejar huella

Cuando viajé a Egipto, lo hice sumida en una gran crisis existencial que se subsanó, en parte, tras el viaje. Eso fue porque realmente aprehendí las metas de los antiguos egipcios, que no eran tanto “la vida después de la muerte” como “la huella después de la muerte”. Me explico, los egipcios tenían un miedo atroz a morir y no dejar nada detrás que hiciera que los recordaran, tenían pavor al olvido, a verse relegados a una civilización muerta a orillas del Nilo como cualquier otra, y de ahí las pirámides y otros edificios de carácter monumental como los templos de Abu Simbel.

Absorta yo en la imagen de las tres pirámides del desierto de Gizah que se extendían ante mis impresionados ojos y, posteriormente, en el tacto de la Gran Pirámide Keops, no pude evitar echarle el ojo a pequeñas inscripciones tales como “Pepita te quiero”, o “Martita y Laurita, amigas para siempre” u otras tantas de diversa índole que no pude descifrar por encontrarse en otros idiomas; ahora bien, ninguna era antiguo egipcio. Y lo mismo, seis meses después, en el Mausoleo de Éfeso, en Turquía.

Ahora han pillado a un profesor de Educación Física japonés y a siete de sus alumnos pintando en la cúpula de la catedral de Florencia, a lo que los italianos han reaccionado pidiendo que los susodichos vuelvan y lo limpien, lo cual me parece estupendo. ¿Que nunca se había sancionado a nadie por eso? Pues no, pero alguien tenía que ser el primero. También a mí me tocó hacer la selectividad con la nueva normativa del galego, aun cuando llevaba “en práctica” dos años, y no me quejé. Además, parece ser que tanto el profesor como los alumnos van a ser sancionados por la universidad de Kyoto. Lo que quiero decir con esto no es que yo esté en contra de los grafittis o las pintadas urbanas, me parecen muy bien siempre que sean en determinados lugares.

Y es que, lo que está claro, es que lo que perseguían estos japos, al igual que el novio de Pepita en las pirámides, era dejar huella, nada más ni nada menos que lo que hicieron los egipcios, los grecorromanos en Éfeso o Brunelleschi en la cúpula de la catedral de Florencia. Y no pongo en duda que realmente el sr. X no quisiera a Pepita, o que Martita y Laurita no creyeran que iban a ser amigas para siempre (puede que sigan siéndolo, o puede que no, quién sabe...). Tampoco rechazo el hecho de que quieran dejar un testimonio por escrito de las magníficas sensaciones de ese momento, pero vamos, para eso están las puertas de los váteres en las cafeterías. O, si no, que se construyan su propia pirámide y escriban lo que quieran, que pasen a la historia. Pero que no profanen otra historia que está en las antípodas de lo que ellos podrían ni imaginarse cuando actuaron de ese modo.

Y dejo algo de mi propia cosecha para reflexión popular: no es lo mismo dejar huella que dejar mancha. Las manchas son inoportunas, se lavan, se intentan quitar, fastidian. Las huellas no se borran, las huellas se siguen y se persiguen, las huellas son indicios que nos indican el camino a seguir. Quizás, toda esa gente debería plantearse si en lugar de dejar huella, estaban dejando mancha. Quizás nosotros, con cada uno de nuestros actos, con cada una de nuestras relaciones deberíamos pensar qué poso estamos dejando... ¿huella, o mancha?

martes, 1 de julio de 2008

Al 50%

Ya no recordaba lo agotador que es ir de compras, y más de rebajas. Será porque en los últimos meses, debido a mi progresivo pero notable aumento de peso, dejé completamente de lado ese hobbie que es el de la compra compulsiva de ropa (he de decir que una de las aficiones predilectas de las chicas de mi edad); o será que está saliendo mi lado más masculino (veo, pruebo, compro. Y adiós). No lo sé. Pero hoy, decidida a comprarme un par de cosillas por necesidad (véase sandalias y cartera) me vi tentada a huir despavorida de las tiendas. La gente se empujaba y agolpaba ferozmente, incluso aunque tuviesen sitio de sobra; puede que ese sea el espíritu de las rebajas. Por todas partes se escuchaban gritos de "jo, tía, ¡y no me sirve la 36!", o "mamá, pero si es preciosaa", o "cariño, ¿no me hace mucho culo?" o "Señorita María, acuda a caja por favor". Realmente desesperante.

Tampoco recordaba lo raro que te mira la gente en Ourense cuando vas vestida de hippie (aprende Aranchiña, hay ocasiones, y hay atuendos...). Me refugié tras mis aviator glasses, no porque me diera el sol, sino como protección ante esas miradas viperinas, como los niños pequeños que cuando juegan al escondite se tapan los ojos "si no lo veo, él a mi tampoco". Fue curioso.

Otra cosa que no recordaba es que vivo en una ciudad con un solo centro comercial, por lo que el encontrarse a tu ex-compañera de pupitre, al hijo del primo de un tío tuyo o a aquel chico que te gustaba en 3º de la ESO, más que frecuente es natural. Y entonces se repiten los dos supuestos anteriores: mirada extraña a mi vestimenta seguida de frase exclamativa tal como "¡jo, tía, pues sólo he podido comprarme cinco camisetas, dos pantalones, un vestido y unas bailarinas!".

Y mientras volvía a casa, no sin mis gafas, caí en la cuenta de que yo también estoy de rebajas. Estoy al 50%. Y no me malinterpretéis. Ahora mismo soy 50% la Arancha que llegó a Madrid en octubre de 2007 dispuesta a comerse el mundo y 50% la Arancha mediocre, superada por sus miedos e inseguridades que vivía en una pequeña ciudad llamada Ourense. 50% la Arancha original e íntegra que defiende sus propias ideas (sean o no apropiadas), 50% la Arancha que desea convertirse en una ovejita más, para no llamar la atención. 50% la Arancha que tiene esperanza en el futuro, 50% la Arancha que, a base de palos, se ha quedado sin aspiraciones.
Al 50%...

Y como no me compre nadie, a las segundas rebajas...

lunes, 23 de junio de 2008

Sex and the city o la cruda realidad

Apresurada por ver la película, durante los cuatro escasos días que he estado en Ourense me he dedicado a ver capítulos de Sexo en Nueva York como una posesa. Nunca ha sido mi serie favorita, pero sin embargo destila un aire a superficialidad y conformismo que a veces hace falta, más que nada para que esta cabecita loca que reposa sobre mis hombros deje de dar vueltas y más vueltas durante un rato.

Las chicas más glamourosas de Manhattan lo consiguieron durante toda la primera temporada (lo cual es un gran mérito) pero hoy llegué al primer capítulo de la segunda temporada, y las cosas cambiaron. Las cuatro amigas, sentadas en una mesa de cualquier cafetería cara, hablaban sobre qué podría hacer Carrie para superar la ruptura con Mr. Big. La alentaban a que se arreglara, a que asistiese a actos públicos con buenas compañías masculinas, etc. para que él se sintiera celoso. Tras un buen rato de comentarios intrascendentes sobre el tema, Miranda (para los no-doctos, la pelirroja) se levanta de la mesa y proclama a los cuatro vientos que está harta de hablar de ello, que no hacen más que hablar de hombres, como si ellos controlaran su vida, que qué hay de ellas mismas, de sus intereses, de sus aficiones... "¿Cómo es que cuatro mujeres inteligentes no hacen más que hablar de novios? ¿Qué hay de nosotras? ¿Lo que pensamos, lo que sentimos, lo que sabemos? (...) Llamadme cuando estéis preparadas para hablar de otra cosa". Y acto seguido, se marcha.

En ese momento tuve que darle al pause. Sin duda, Miranda me recordó a mí en aquel momento, aún a pesar de que me dobla la edad, de que seguramente tendría millones de relaciones más que yo, de que lo diría con más fundamento. Pero no sería la primera vez que yo tuviera una discusión así con mis amigas. Porque es la verdad, porque supera la ficción. Dos mujeres consideran que tienen confianza cuando se atreven a hablar de sus novios, rollos, aspiraciones sexuales y/o amorosas y cosas similares, lo cual me parece estupendo, pero ¿qué hay de lo demás? ¿Es que en la vida no hay detalles más importantes, más íntimos e interesantes sobre los que conversar? Parece que no. Y es que nuestras mayores aspiraciones, nuestras metas no son, por ejemplo, conseguir un empleo bien remunerado y una casa donde vivir; más bien se reducen a llegar a los 20 años con una media de 57 polvos (con hombres distintos, evidentemente) en tu historial y, sobre todo, que lo sepa todo el mundo. Así empezarán a valorarte. Deplorable, desde luego; falso, en absoluto.

Volví a darle al play no sin un regustillo amargo proveniente de la intuición de lo que pasaría al final del capítulo. Y, efectivamente, ocurrió lo que yo me imaginaba. Miranda, en un achaque del destino, se cruzó por la calle con el hombre que le había roto el corazón, y comprendió que, por mucho que se opusiese, ella era la primera que seguía la dinámica de sus amigas; la primera cuya felicidad se apoyaba en la estabilidad de su vida amorosa, es decir, en un hombre; la primera que no podía evitar contar todo con pelos y señales cada vez que se acostaba con el objeto de su deseo. Al final, se reúne con Carrie y comienzan a hablar sobre lo difícil que es superar las rupturas. El capítulo termina con la frase "No importa quién rompa tu corazón, ni lo que tardes en recuperarte: nunca lo superarás sin tus amigas".

Casi lloro, lo juro. Y no, no fue por la afavilísima y buscadora de lágrima fácil frase del final, sino porque Miranda claudicó. Miranda tuvo que aparcar el discurso, MI discurso, por falaz. Y quizás aún no estaba preparada para escuchar eso...
Puede que sí. Puede que tenga razón. Quizás yo soy la primera que cimienta su vida en sus relaciones amorosas (por llamarlo de alguna manera), la primera a la que le afectan sustancialmente tanto para bien como para mal, la primera que se lo cuenta a sus amigas (cuando quieren escucharla) hecha un manojo de nervios como una niña pequeña el primer día de colegio. Y no quiero oír hablar de ello porque estoy resentida. No quiero oír hablar de ello porque me recuerda lo mal que me va en ese terreno, lo poco fiable que es y lo mucho que me hiere.
¿Será el primer estadio asumirlo, o será síntoma de cobardía el aparcar mi tesis a favor de la cruda realidad? ¿Será una muestra de madurez o, por la contra, un indicio de alienación y sumisión a los clichés de la sociedad? ¿Será que soy una Miranda de la vida o, quizás, cuando triunfe en mi carrera, cuando me sienta una mujer plena y realizada, no prestaré atención a tales nimiedades? (¿Será que soy una Wendy...?)

Miro fijamente a las chicas de Sexo en Nueva York, las atizo con una mirada desafiante. Son guapas, inteligentes, ricas. No deberían quejarse. ¡Yo debería quejarme, y no ellas! (Y, aun así, se quejan...) .
Para no seguir pensando, pongo el capítulo 2.

viernes, 20 de junio de 2008

El síndrome de Wendy

Probablemente a muchos de vosotros os suene lo que en psicología es llamado "Síndrome de Peter Pan". Puede que no sepáis mucho sobre la neuropatía que conlleva, pero (ya que todos hemos tenido una infancia similar) me atrevo a afirmar que conocéis la historia del niño que nunca creció, el niño del país de Nunca Jamás: Peter Pan.

A través de la historia, se puede llegar a la conclusión de por qué ese síndrome se llama así y cuáles son sus síntomas. Se da habitualmente en hombres que presentan una gran inmadurez en sus actos, que (como Peter) se niegan a crecer y se encierran en actitudes infantiles que, si bien no tienen por qué darse en todos los aspectos de la vida, se muestran de manera evidente en otros. El ejemplo perfecto es el hombre muy eficiente en su trabajo, pero que se comporta de forma pueril en su vida personal. En general, son personas un tanto narcisistas que no se atan a nada que signifique un compromiso demasiado sólido y que sienten pavor a abrirse sentimentalmente.


Su mellizo es el llamado "Síndrome de Wendy" que, sin embargo, es mucho menos conocido por la sociedad en general, cuando en realidad comprende una serie de síntomas que son tan dolorosos y graves como el "Síndrome de Peter Pan"· Se da generalmente en mujeres que presentan un espíritu de entrega y sumisión total (normalmente) a la pareja o al objeto de su afecto. Necesitan sentirse "mamás" de esa persona (o personas), cuidarla y hacerla feliz. Se sienten desgraciadas cuando no todo el mundo las quiere, e intentan a toda costa que así sea. Para ellas, el amor es sacrificio y tortura, y lo aceptan, aun a costa de su infelicidad. Necesitan sentirse aceptadas continuamente y tienen miedo al abandono y a la soledad.


(ejem... ¿os suena de algo?)



Y es que la historia de Barrie no resulta tan entrañable como nos parecía en nuestra infancia. La historia de Barrie nos muestra un niño huérfano que se acerca todos los días a la ventana de una niña a escucharla contar cuentos. Este niño siente una clara necesidad de afecto, que ella le otorga sin condiciones, mas cuando le propone una relación más solida, que se consolide su cariño, que vuelva con ella al mundo real, él dice NO. El epílogo de esta historia es que cada año Peter Pan vuelve a por ella en primavera, y cuando ella ya es una mujer mayor, casada y con una hija, Peter se lleva a su hija, y después a la hija de su hija, y así sucesivamente, lo cual me parece aún más cruel que el final tradicional del cuento. No sólo no se compromete a estar con ella, sino que sigue utilizando a las mujeres de su familia, logrando que cada generación se quede prendada de su persona, y se frustren al crecer, ya que Peter sigue siendo un niño.


El colofón de toda esta historia es que, si miramos a nuestro alrededor, el Síndrome de Peter Pan está mucho más aceptado socialmente que el de Wendy. Se ven (y cada vez más) hombres (y también mujeres) que viven su vida como si de adolescentes se tratara (aún con 50 años), que eluden responsabilidades de casi cualquier tipo y que, por supuesto, no establecen ningún vínculo afectivo fuerte con nadie. Se les denomina autosuficientes, independientes o "singles", y su forma de vida resulta extrañamente atractiva, incluso está de moda.

Pero... ¿qué hay de las Wendys del mundo? Se dice que son demasiado tradicionales, antiguas, dependientes, inútiles. Eso no es cierto. Hay muchas Wendys que son mujeres (u hombres) inteligentes, con un buen empleo y posibilidades, y lo único que necesitan es dar su amor, por muy cursi que eso suene. Sin embargo, ser una Wendy no está de moda. Desgraciadamente, serlo o no serlo no es algo que se escoja.


(Y, de hecho, no existe una Wendy sin su Peter Pan particular...)