lunes, 24 de agosto de 2009

Muñecas feas

Cuando se descubre la gastronomía original de nuestras incógnitas, lo perverso de nuestros juegos de manos en oscuridades injustificables; cuando la niebla destapa el olor a incienso que maquilla los días sin salir de casa, los pañuelos mojados entre bragas de algodón que se olvidaron del tiempo.

Cuando ni nuestro pelo ni nuestra condición sufren la fuerza de la gravedad y la incertidumbre es el pan de cada día. Las gotas de sudor caen ligeras sobre los vestidos blancos.

Cuando germinan los procesos víricos, todo es lo que es y nada es trepidante; los motivos policromados se tornan ojeras malvas, deshechos de sombra; las estrellas cesan en su empresa de iluminar los rostros abúlicos, nada despierta ya el insomne vientre de atracciones cinematográficas.

"Yo soy así, no hay nada más". Los disfraces cosechan arrugas entre zaguanes de silencio. No hay altares, ni musas de caderas lánguidas, de perfectas fauces rosadas y talles decimonónicos. Sólo tiempo, despertares entre sudor y ojos hinchados, noches de imaginación y añoranza de los espejismos. Miedo al fracaso y a la verdad.

Nada es lo que debería ser en ese cielo de carantoñas estivales.
Cuando todo se resuelve en unos ojos demasiado cansados para mentir. A veces, sobre una cristalina superficie de compresión.

Cuando los niños escogen
muñecas feas sin envoltorios de celofán.

1 comentario:

Óscar dijo...

Los niños pueden escoger entre las muñecas la más fea de todas, aunque sinceramente creo que solamente es defecto de adultos considerar que algo es absolutamente feo o bonito.
Quizás sea algo que perdamos con los años, ese criterio propio que se ve sustituido, sino con clichés, con unos cuantos modelos firmes y muertos.
No creo que elijan la muñeca fea (mira, el apólogo utiliza terminología de adulto) sino que nosotros no sabemos qué, y en el fondo es frustración de haberlo olvidado, hace de esa muñeca la más bella.
Pero claro, ésto no son más que especulaciones.