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lunes, 24 de agosto de 2009

Muñecas feas

Cuando se descubre la gastronomía original de nuestras incógnitas, lo perverso de nuestros juegos de manos en oscuridades injustificables; cuando la niebla destapa el olor a incienso que maquilla los días sin salir de casa, los pañuelos mojados entre bragas de algodón que se olvidaron del tiempo.

Cuando ni nuestro pelo ni nuestra condición sufren la fuerza de la gravedad y la incertidumbre es el pan de cada día. Las gotas de sudor caen ligeras sobre los vestidos blancos.

Cuando germinan los procesos víricos, todo es lo que es y nada es trepidante; los motivos policromados se tornan ojeras malvas, deshechos de sombra; las estrellas cesan en su empresa de iluminar los rostros abúlicos, nada despierta ya el insomne vientre de atracciones cinematográficas.

"Yo soy así, no hay nada más". Los disfraces cosechan arrugas entre zaguanes de silencio. No hay altares, ni musas de caderas lánguidas, de perfectas fauces rosadas y talles decimonónicos. Sólo tiempo, despertares entre sudor y ojos hinchados, noches de imaginación y añoranza de los espejismos. Miedo al fracaso y a la verdad.

Nada es lo que debería ser en ese cielo de carantoñas estivales.
Cuando todo se resuelve en unos ojos demasiado cansados para mentir. A veces, sobre una cristalina superficie de compresión.

Cuando los niños escogen
muñecas feas sin envoltorios de celofán.

domingo, 31 de mayo de 2009

Roll the dice


Al margen de ese cajón de sastre con tijeras poderosas que damos en llamar destino, nadie duda de que nuestras decisiones configuran nuestra vida; nuestra vida y a nosotros mismos. Continuamente nos hallamos ante encrucijadas que, de un modo u otro, solventamos tomando decisiones, escogiendo un camino. Incluso el quedarnos en la encrucijada, pensando y repensando los pros y los contras de nuestra decisión, es en sí una decisión que nos define. La mayoría de nuestras decisiones cotidianas responden a nimiedades, ni siquiera nos damos cuenta de su existencia; hay pocas grandes decisiones en la vida, y la mayoría ocurren en edades más avanzadas. Sin embargo, y a pesar de la contigencia de nuestra resolución (¿me ducho por la mañana o por la noche? ¿me recojo el pelo o me lo dejo suelto? ¿me tomo un café en cafetería o me lo subo a mi cuarto? ¿veo una película o me quedo leyendo?) no somos conscientes de la importancia de la misma. Quizás si aquel día, en lugar de quedarte en la cama hubieses salido a dar una vuelta, habrías conocido al amor de tu vida. Quizás si aquella noche no hubieses decidido que querías una coca-cola, no te habrías tropezado en las escaleras y no tendrías ese esguince de tobillo. Quizás si en lugar de repasar y repasar el tema 7 te hubieses mirado más el tema 8, habrías aprobado el examen. Quizás si no te hubieses quedado hablando con ella hasta la madrugada los primeros días de curso, ahora no sería tu amiga.
Desde luego, las decisiones nos conforman, conforman las encrucijadas futuras y los recuerdos que reforzarán o mitigarán la seguridad de nuestros juicios. Pero hay algo de lo que poco se habla, en este mundo de psicólogos y psiquiatras que duermen en colchones de billetes, y es de la importancia de las decisiones que los demás toman acerca de nosotros. Desde luego, y por desgracia, no está en nuestra mano cambiarlas, a veces, ni siquiera influír en ellas. Pero ahí están, erguidas como tótems, como manojos de llaves que cierran sendas de quizases.
No sólo nuestras decisiones marcan lo que ocurrirá en nuestro futuro; a menudo, las decisiones de los demás son incluso más importantes en el desarrollo general de nuestra vida. Y es que nosotros podemos tomar una decisión, tenerla clara, acatar su desenlace. Sin embargo, cuando esa decisión atañe a alguien más, la responsabilidad no es sólo nuestra.
De pequeños, nuestros padres o las personas que están a nuestro cargo toman todas las decisiones por nosotros. Qué comemos, cómo nos vestimos. Con el convulso período de la adolescencia nos enfrentamos a una capacidad de toma de decisiones inusual y abrumadora para muchos (de ahí las crisis), aunque seguimos contando con el colchón de los papás en casos de fuerza mayor (y menor, normalmente). A medida que avanzamos hacia la madurez de la edad adulta son cada vez más y mayores las decisiones que tomamos sobre nosotros mismos. Pero he aquí que nos olvidamos de que, aunque no de forma tan acusada como en nuestra infancia, los factores externos continúan ahí, decidiendo al margen de nosotros, condicionando nuestro suelo, nuestro techo.
Las personas pasan por nuestra vida; a veces de forma fugaz, otras veces, de forma más duradera. El concepto duradero es muy subjetivo, pero con mis 20 años, he de decir que, por lo de pronto, lo único realmente duradero ha sido mi familia. Existen proyectos; todos tenemos proyectos. Quizás dentro de 5 ó 10 años si esos proyectos continúan en su lugar podría ampliar mi pequeña lista.
Sin embargo, reparemos en esas personillas que, de forma pasajera o no, superficial o profundamente, han visitado los lares de nuestra existencia. Todas tomaron la decisión de hacerlo, así como tomaron la decisión de abrir la puerta y marcharse cuando lo creyeron oportuno. Y lo mismo podríamos decir de nosotros mismos. Sin embargo, preguntémonos, ¿en base a qué tomamos esas decisiones?
Por mi espíritu reflexivo intento siempre tener un motivo para abrir esas puertas que probablemente me impedirán volver a esa casa. Aunque el motivo no sea muy convincente, al menos procuro que tenga coherencia para mí, que yo pueda explicármelo. Mucha gente no lo hace así; para ellos el abandono de una vida es algo coyuntural, casual, casi azaroso. No comprenden que, si traspasan el marco de esa puerta, probablemente no puedan regresar, porque estarán condenando a esa persona a una nueva encrucijada. Una encrucijada inesperada y repentina.
Para muchos, todo no es más que una tirada de dados. Una decisión como otra cualquiera, como ducharse por la noche o por la mañana; repasar un tema u otro. Y no se dan cuenta de que, en realidad, todos no somos más que las decisiones que se toman: las que nosotros tomamos, pero también las que los demás toman sobre nosotros. Tiran los dados, los agitan con más o menos fuerza y los lanzan al vacío, dejan que den vueltas como peonzas, se divierten con su danza de derviches. Tú observas sus contoneos mientras te muerdes las uñas. Porque tú eres lo que esos dados digan de ti; lo que muchos otros dados han dicho ya de ti: quien te ha escogido y quién no. Y en base a eso, una nueva encrucijada: dos caminos, cuatro, seis. A veces, ninguno. Cuando es tu camino quien tira los dados y decide mudarse y dejarte sin brújula . A veces.
If you’re going to try, go all the
way.
Otherwise, don’t even start.
(Charles Bukowski)

viernes, 13 de febrero de 2009

The greatest thing you'll ever learn...

Llevo tiempo sin escribir; estoy hastiada, asqueada. Sólo quiero terminar los exámenes y que el mundo me vuelva a enseñar esa cara sonriente que sé que tiene escondida en alguna parte. Mientras tanto, las tramas de corrupción en Madrid se entremezclan con noticias de campañas electorales, datos sobre la crisis y ataques armados en países de Oriente Próximo. Pero el día de hoy es un día en el que me he decidido a escribir sobre aquello que nunca me pasa desapercibido: el amor. Antes de comenzar, quiero añadir un pequeño matiz a mi comentario: hoy mi profesora de Comunicación Escrita me ha dicho que yo no sirvo ni para informar ni para crear, por lo que mi intención no será ninguna de las dos, sino simplemente, contar, lo cual (según creo) sigue estándome permitido sin violar alguna ley tácita que atente contra el periodismo o la literatura.

San Valentín para mí es, desde hace 5 años, el día en el que me autoregalo algún libro que trate sobre amor. Este año ha tocado Alabama Song, de Gilles Leroy, que trata sobre la historia de amor entre Fitzgerald y su musa, Zelda, en el Estados Unidos de los años 20. Ya os contaré qué tal. El año pasado, además, completé el regalo de un libro (que pretendía ser de autoayuda, pero que a mí, sinceramente, no me ayudó nada) con una piruleta gigante.

Hay gente a la que le parece mal que se celebre San Valentín, el día de los enamorados. A mí no. Al margen de que fuese o no una invención de El Corte Inglés, ¿qué tiene de malo que, por un día al año, se recuerde el amor? Desde mi punto de vista, a la sociedad en la que vivimos le hace bastante falta. Una sociedad individualista, egoísta, cuyo máximo objetivo es el alcance del éxito, de la riqueza, del placer, del disfrute individual. Nos han enseñado, nos hemos enseñado, a caminar por el mundo solos buscando nuestro propio camino, esquivando obstáculos sin avisar a los demás de que nos imitaran o se darían un buen golpe (ellos a nosotros tampoco, que conste); cultivamos relaciones, quién sabe si por propia necesidad o sólamente por aburrimiento que, de todos modos, distan mucho del fuerte apego, del cariño constante. Incluso, cuando ambas dosis se dan en ellas, nos vemos forzados a actuar, a demostrar que no es así, que no necesitamos a nadie. Nos avergonzamos de nuestro afecto hacia los demás; y los demás también se avergüenzan de él (del suyo y del nuestro).

Así mismo, cada 14 de febrero, me debato entre ver mi película favorita, Moulin Rouge, y mi tercera película favorita, Amélie. (La segunda es Matrix, y como que no viene mucho al caso). Sea cual sea la elegida ese año, termino dándome cuenta de la lástima que me dan aquellas personas que nunca han amado pero, sobre todo, aquellas que no aman porque no desean hacerlo. Mucha, mucha lástima.

Entre falta de valores y nihilismo en exceso, el amor se erige como lo único que nos salva de la extinción completa del altruismo. Y no sólo como eso, sino como el recordatorio de unas debilidades que, lejos de ser vergonzosas, constituyen la quintaesencia de la humanidad. De lo contrario, no seríamos más que máquinas. Defectuosas, de acuerdo, pero máquinas a fin de cuentas.
Hay muchos tipos de amor, todos con altas dosis de entrañabilidad, pero lo que se recuerda cada 14 de febrero es el amor romántico, el amor a otra persona, de carácter afectivo-sexual. Un amor que traspasa fronteras y culturas. Aquel que ha engendrado las más selectas obras de arte. Por el cual se han cometido las mayores locuras. El más apasionado, el más intenso, el más duro y el más dulce.
El amor nos despoja del egoísmo y nos llena de filantropía. Es un ansia de fusión, de entrega y de recepción. Dar y recibir. Nosotros, no tú y yo. Podríamos decir que el amor es 2.0. Es una de las pocas acciones existentes que implica dos actores que son activos y pasivos, creando una red de sentimientos que los une tanto que cualquier barrera, del tipo que sea, se torna insignificante ante la magnimidad de su poder. El amor es físico y espiritual, el amor es valentía y cobardía, el amor es ternura y lujuria, el amor es universal y original, el amor es sumisión y dominio, el amor es un regalo y una maldición. El amor lo es TODO.

Por último,tras regodearme en mi adquisición literaria y haber derramado unas cuantas lágrimas con la película que toque, los 14 de febrero me siento sola. Entonces, miro por la ventana y en mis ficciones me imagino a mí misma como un espíritu que recorre cada rincón del planeta en busca de amor. Y se alimenta de él, como un carroñero de los restos putrefactos. A veces, lo imagino y lo hago. Y disfruto y sufro, a partes iguales, observando el amor en sus más diversas formas y ansiando tocarlo, modelarlo con mis propias manos y convertirlo en mi propio amor: amor mío y amor a mí. Luego, pienso, mi amor pasaría a formar parte del amor en sentido abstracto. Del amor del mundo. Y, entonces, ése amor que he encontrado, entre dos personas que se aman, es también un poquito mío.
No quiero pensar que el amor sea algo que se pueda racionalizar; que se pueda definir o estructurar; ni siquiera que se pueda aprender. No quiero pensar que, si algún día llego a conseguir mis ansias, llego a amar y que me amen, todo al mismo tiempo y sin interferencias, mi idea de amor va a cambiar. No creo que lo haga. Todo el combustible que necesito para vivir está en él, y todo lo que mínimamente ha merecido la pena de lo que he hecho en mi vida ha sido por amor. Amor que duele. Pero amor, a fin de cuentas.


... is just to love and be loved in return.

PD: Los lectores del blog son como la persona amada: si pasan de ti, los idealizas... Así que espero comentarios.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

La crisis de los... 19

Otro cumpleaños más. Otro año que se suma a mi DNI. Ya son 19. Con 19 años, mi madre había conocido a un simpático chico en un cámping con el que llevaba saliendo un año. Era una guapa joven morena, con muy buen cuerpo y grandes ojos almendrados. Estaba estudiando magisterio. Era feliz. Con 19 años, mi padre ya tenía un proyecto de futuro con una chica tres años mayor que él, una guapa morena de ojos castaños. Era un chico atlético y alto, jugaba al fútbol y estaba estudiando magisterio de educación física. Poco menos de dos años más tarde ya tenía un empleo fijo y bien pagado, y sus aspiraciones con la susodicha chica morena iban en aumento. En ambas edades era feliz, y en ninguna un parásito de la sociedad.
Me levanto y soy consciente de que es mi cumpleaños; me despiertan los obreros, como el año pasado, mis padres están trabajando, como el año pasado, voy a ver a mis abuelos, como el año pasado, apenas recibo llamadas, como el año pasado.Algunas cosas cambian: peso más, recibo decenas de felicitaciones hipócritas (y quiero pensar que alguna sincera) por el "tuenti" y, además, este año no hay pastel. Por lo demás, todo me resulta extrañamente familiar. La soledad de mis cumpleaños es ya un clásico. Como no, amanece lloviendo. Los 3 de septiembre, en Ourense siempre llueve.
Una vez que me he lavado la cara y quitado las legañas, reflexiono un poco más. Nada ha cambiado, es cierto, pero debería haber cambiado. Hace un año yo no había ido a Madrid, no había conocido a montones de personas desconocidas hasta el momento, hecho montones de cosas nuevas, establecido montones de relaciones. Era una chica que acababa de llegar de Malta, extrañamente morena (por lo antes dicho), mucho más delgada y con ilusión. Sobre todo con ilusión. Iba a emprender la aventura universitaria y estaba nerviosa, pero también emocionada. El 3 de septiembre del año pasado me prometí a mí misma "el año que viene no será igual. Seguro que pasas un cumpleaños estupendo".
Heme aquí. Mirando la lluvia tras el cristal de la ventana. Ya son 19. Y por lo visto, de nada ha servido el año que ha pasado desde los 18. He vuelto al punto de partida. Estoy aquí, esperando comenzar una carrera, con el corazón un poco más desgastadito (eso sí), todavía esperando conocer a... "gente". A lo mejor, "gente" no existe. A lo mejor es que nunca voy a conocer personas que se acuerden de mi cumpleaños por algo más que por el calendario del tuenti, personas que realmente se alegren de verme cuando me vean, personas que sean mi proyecto de futuro. Amistades de futuro. Y seguiré mirando la lluvia tras el cristal de la ventana, más sola que una perra, con 20, 21, 22, 23... Pero los años pasan. Este será mi último año de "teen". Y a los adultos ya no se les permite autocompadecerse.
Así que, dejadme ahora, dejadme, que es mi cumpleaños...
PD: Sí he recibido un regalo. Una llamada a las 12 de la noche desde el otro lado del charco. No me la esperaba. Gracias, Irene.
Justificar a ambos lados

lunes, 21 de julio de 2008

Autoescuelas o el poder del cada uno a su bola

Últimamente no paro de fijarme en la dicotomía del ser humano en todas sus vertientes. Desde luego, habría mucho que debatir sobre el tema, pero hay algo en concreto que me ha llamado mucho la atención con respecto a las relaciones de la gente en sociedad.
Hay lugares a los que las personas van a hacer amigos, aunque ese no sea (supuestamente) su objetivo principal. Se nota, se palpa en el ambiente. A otros, sin embargo, van porque tienen que ir. Hasta ahí todo bien: yo misma lo hago a menudo. Por poner dos ejemplos: en clase (al menos hasta que llegué al Chami, donde vi que hay mucha gente que pasa de hacer amigos en clase cuando los tiene en el colegio mayor, pero bueno, hablo por la generalidad de la especie humana) o en el trabajo. O, mejor, cuando la gente sale de noche y va a un pub a tomarse algo: suele esforzarse por parecer simpática o, como mínimo, que se lo está pasando bien con los colegas. En las discotecas, las chicas menean sus curvas (si es que las tienen) y lucen sus mejores galas; los chicos les dedican sonrisas resplandecientes y miradas provocativas, y de vez en cuando cae algún bailecito. Es un lugar al que la gente (en general) va a hacer relaciones. Normalmente sexuales, todo sea dicho, pero relaciones al fin y al cabo. ¿Acaso no habéis notado el extraño fenómeno que sólo se produce por las noches en el que personas que conoces de vista y que normalmente no te saludarían por la calle te saludan cordialmente dedicándote incluso alguna que otra charla amena? Sí, queridos, es el momento de relacionarse.
Hay otros lugares en los que, a pesar de que nos encontramos con otras personas, no tenemos intención de establecer ninguna relación. Véase el transporte público o, mejor, las salas de espera de los ortodoncistas. Vas allí por tus puñeteros brackets y punto. No vas a ponerte a charlar con el que está al lado, y eso que, en realidad, tiene más en común que tú que el tío con el que echaste un baile la noche anterior; al menos él también sabe lo que se sufre con un aparato. Pero no es el momento, ni es el lugar.
Pues bien, en la autoescuela pasa lo mismo (al menos, en la mía). La gente va a lo que va, a sacarse el carnet, y da igual que te pases 3 horas allí, con ellos, en esa sala rebosante de calor humano y atmosférico, porque no te van a saludar. No se dignan ni a mirarte. Son como autómatas que, accionados por una batería, se dirigen a un lugar concreto para un único fin. Por decirlo de otra manera, que van a su bola. Y me parece estupendo, sí, yo tampoco voy a la autoescuela a hacer amigos: esos ya los hago en clase, en el colegio mayor, etc. Pero, ¿acaso cuesta tanto decir "hola" cuando se entra? ¿Cuesta mucho decir adiós al marcharse? ¿Supone tal terrible esfuerzo un "ciao" cuando te cruzas con una persona por la calle con la que te pasas varias horas al día, aunque sea en contra de tu voluntad? Nada de eso supone un compromiso; el saludar no significa que tengas que irte con ella de cañas o invitarla a cenar. Es mera educación. Pero, desgraciadamente, en este mundo en el que vivimos, poblado por entes progresivamente alienados, rige el poder del cada uno a su bola. Es curioso, porque a la hora de criticar, de repente todo el mundo conoce a todo el mundo. Pero, a veces me da por pensar que me pueden asesinar en el medio de la calle y la gente sólo se dará la vuelta para echar un vistazo a la escena (y de paso, a mi modelito, para juzgarlo con miradas reprobatorias, o satisfactorias si tengo suerte). Luego se volverán a poner el auricular del Ipod y seguirán adelante. Aunque sean mis compañeros de la autoescuela. Probablemente, aunque sea ese chico con el que bailé la otra noche.

sábado, 28 de junio de 2008

Con C mayúscula

Perdonad que no haga ni una pequeña introducción del tema, ni bromee acerca de las muchas cosas que podría significar esa C mayúscula del título, pero es que en días como hoy me da por pensar que nuestro amigo Hobbes tenía razón, y que el hombre es un lobo para el hombre.No hablo de nada concreto; no hace falta más que analizar superficialmente la trayectoria de nuestras vidas, de cualquiera de nosotros. La gente se une más por necesidad que por verdadero afán de ello, y es bien sabido por todos que "los amigos se cuentan con los dedos de una mano". Presupongo que eso siempre ha sido así, pero ahora, en el s.XXI, existen otra serie de detonantes que propician el egoísmo, en cierto sentido. Vivimos en una sociedad caótica y que se mueve a la velocidad de la luz; es un tren que no espera por nadie. Se nos exigen, a nivel laboral, cada vez más méritos y logros, lo cual no hace más que fomentar la individualidad. El paro se extiende al encontrarnos en la cifra más elevada de escolarización de todos los tiempos, lo cual (lógicamente) genera competitividad. Y todos estos sustantivos van resquebrajando lentamente el sentido del COMPAÑERISMO.


Como antes he mencionado, no es raro ni inusual que las personas se unan, pero normalmente lo hacen para alcanzar algún tipo de beneficio que les traerá bienestar individual, una meta que no son capaces de conseguir solos. Porque si no, lo harían. No quiero con esto decir que no existan sentimientos como el amor o la amistad, claro que existen, pero cada vez son más superfluos y se difuminan junto a una serie de fusiones por puro interés que se aparecen en varios ámbitos de la vida.
Todos conocemos el refrán de "más vale solo que mal acompañado" pero, sin embargo, no siempre es sencillo ponerlo en práctica. La soledad tiene muchas ventajas pero, a la larga, acarrea muchos y aciagos inconvenientes que sólo es capaz de mitigar la compañía. Incluso aunque esa compañía no sea la más deseada. No nos es ajeno el pensamiento de "anda, haz un esfuerzo, sal con esta gente, aunque te caigan mal...". Lo mismo ocurre con las relaciones amorosas o, mejor dicho, las sexuales. Llegado un momento de avidez de carne, el coyote se lanza al cadáver, aunque esté comiendo carroña. Cada vez es más generalizado lo de "me lié con ella porque quería liarme con alguien" o "no me gusta, pero es que tenia ganas de...". Es la pura verdad. Pero, ojo, lo socialmente aceptado no es siempre lo mas correcto (últimamente descubro, que mas bien al contrario).

Pues bien, el espíritu que yo denomino de compañerismo, es un espíritu fuerte y obstinado, un sentimiento altruista que nos invade en ciertas ocasiones (pocas) de nuestra vida, un sentimiento que nos empuja a ayudar a alguien aun a pesar de no recibir nada a cambio. En malos momentos de nuestra historia, la gente sentía más compañerismo, quizás por pura empatía. En la guerra y la posguerra, se escondía en casas familiares a fugitivos del régimen, incluso con el peligro para tal familia que ese "polizón" acarreaba. Eso era compañerismo. Cuando, en épocas de hambruna, la gente que tenia un mendrugo de pan lo cortaba a la mitad para repartirlo con sus vecinos, estaban perpetrando un acto de compañerismo. E incluso al amor de madre, ese amor incondicional y lógico de las madres a aquello que sale de sus entrañas, aunque las haga sufrir, se lo podría llamar en cierto modo "compañerismo".

Bien es cierto que es mucho más fácil ser buen compañero en momentos duros que en momentos buenos; cuando todo va bien, los demás no nos necesitan, no tenemos que ayudarles en nada. Sin embargo, volviendo al tema de la sociedad que nos ocupa, últimamente parece que el compañerismo esta en peligro de extinción, quizás será por el estado de bienestar (porque si, somos privilegiados, a pesar de la susodicha crisis económica). Aunque la típica pregunta de entrevista de trabajo sea "¿Y sabes trabajar en equipo?", la verdad es que poco importa ya que cada vez se desempeñan mas trabajos individualmente, trabajos que además servirán para medrar en la empresa, por lo cual tampoco nos interesa mucho que nuestros compañeros se vean beneficiados. Solamente se muestra un poco de compañerismo actualmente en las manifestaciones o movilizaciones, teniendo en cuenta, claro, que muy frecuentemente son para conseguir beneficios para las personas que acuden a ellas.

Con todos estos desesperanzados pensamientos estaba yo el pasado jueves, cuando empecé a ver el partido de la selección, y algo tan estúpido como eso, tan poco profundo y, en principio, ajeno a todo lo que acabo de explicar, me hizo recuperar un poquito de ilusión. Cuando Villa se lesionó, lo
sustituyó (mi adorado) Cesc Fábregas , que con un espontáneo beso y un abrazo lo despidió antes de entrar en el terreno de juego. Fue una despedida llena de afecto, de admiración, de “estoy a tu lado. No te sustituyo, porque tú sigues jugando conmigo”. Acto seguido, todos los jugadores del banquillo se volcaron en el asturiano, que intentaba ocultar su llorera, con mensajes de ánimo y gestos de cariño. No tendrían por qué haberlo hecho; Villa era el pichichi de la Eurocopa, siempre titular, y muchos de ellos ni siquiera habían salido al campo con la roja, excepto quizás en el partido contra Grecia. Pero realmente quisieron mostrarle su apoyo al delantero "estamos contigo, compañero". Después de la memorable segunda parte, y tras el final del partido, todos y cada uno de ellos salió del banquillo, se abrazaron, se besaron, lloraron, saltaron. Todos. Eran uno. Sin hablar de los 11 que jugaron, los del banquillo no podían evitar su felicidad, iban a la final, TODOS, iban a la final, porque el equipo son todos. Se les notaba. El propio Villa olvidó por un tiempo su lesión, las lagrimas que minutos antes le acechaban, y saltó como pudo con sus compañeros porque realmente estaba feliz de que ganaran. Aunque no pueda jugar la final. Quizás porque tienen un objetivo común, ganar la Eurocopa, y no pueden hacerlo solos, pero en ese momento percibí en esos futbolistas grandísimas dosis de compañerismo. Y sonreí.

C de ceder, C de cimientos, C de caricia, C de caballerosidad, C de clamor, C de consuelo, C de cariño. C de capacidad, amigos, ¿aún queda capacidad de compañerismo?

lunes, 23 de junio de 2008

Sex and the city o la cruda realidad

Apresurada por ver la película, durante los cuatro escasos días que he estado en Ourense me he dedicado a ver capítulos de Sexo en Nueva York como una posesa. Nunca ha sido mi serie favorita, pero sin embargo destila un aire a superficialidad y conformismo que a veces hace falta, más que nada para que esta cabecita loca que reposa sobre mis hombros deje de dar vueltas y más vueltas durante un rato.

Las chicas más glamourosas de Manhattan lo consiguieron durante toda la primera temporada (lo cual es un gran mérito) pero hoy llegué al primer capítulo de la segunda temporada, y las cosas cambiaron. Las cuatro amigas, sentadas en una mesa de cualquier cafetería cara, hablaban sobre qué podría hacer Carrie para superar la ruptura con Mr. Big. La alentaban a que se arreglara, a que asistiese a actos públicos con buenas compañías masculinas, etc. para que él se sintiera celoso. Tras un buen rato de comentarios intrascendentes sobre el tema, Miranda (para los no-doctos, la pelirroja) se levanta de la mesa y proclama a los cuatro vientos que está harta de hablar de ello, que no hacen más que hablar de hombres, como si ellos controlaran su vida, que qué hay de ellas mismas, de sus intereses, de sus aficiones... "¿Cómo es que cuatro mujeres inteligentes no hacen más que hablar de novios? ¿Qué hay de nosotras? ¿Lo que pensamos, lo que sentimos, lo que sabemos? (...) Llamadme cuando estéis preparadas para hablar de otra cosa". Y acto seguido, se marcha.

En ese momento tuve que darle al pause. Sin duda, Miranda me recordó a mí en aquel momento, aún a pesar de que me dobla la edad, de que seguramente tendría millones de relaciones más que yo, de que lo diría con más fundamento. Pero no sería la primera vez que yo tuviera una discusión así con mis amigas. Porque es la verdad, porque supera la ficción. Dos mujeres consideran que tienen confianza cuando se atreven a hablar de sus novios, rollos, aspiraciones sexuales y/o amorosas y cosas similares, lo cual me parece estupendo, pero ¿qué hay de lo demás? ¿Es que en la vida no hay detalles más importantes, más íntimos e interesantes sobre los que conversar? Parece que no. Y es que nuestras mayores aspiraciones, nuestras metas no son, por ejemplo, conseguir un empleo bien remunerado y una casa donde vivir; más bien se reducen a llegar a los 20 años con una media de 57 polvos (con hombres distintos, evidentemente) en tu historial y, sobre todo, que lo sepa todo el mundo. Así empezarán a valorarte. Deplorable, desde luego; falso, en absoluto.

Volví a darle al play no sin un regustillo amargo proveniente de la intuición de lo que pasaría al final del capítulo. Y, efectivamente, ocurrió lo que yo me imaginaba. Miranda, en un achaque del destino, se cruzó por la calle con el hombre que le había roto el corazón, y comprendió que, por mucho que se opusiese, ella era la primera que seguía la dinámica de sus amigas; la primera cuya felicidad se apoyaba en la estabilidad de su vida amorosa, es decir, en un hombre; la primera que no podía evitar contar todo con pelos y señales cada vez que se acostaba con el objeto de su deseo. Al final, se reúne con Carrie y comienzan a hablar sobre lo difícil que es superar las rupturas. El capítulo termina con la frase "No importa quién rompa tu corazón, ni lo que tardes en recuperarte: nunca lo superarás sin tus amigas".

Casi lloro, lo juro. Y no, no fue por la afavilísima y buscadora de lágrima fácil frase del final, sino porque Miranda claudicó. Miranda tuvo que aparcar el discurso, MI discurso, por falaz. Y quizás aún no estaba preparada para escuchar eso...
Puede que sí. Puede que tenga razón. Quizás yo soy la primera que cimienta su vida en sus relaciones amorosas (por llamarlo de alguna manera), la primera a la que le afectan sustancialmente tanto para bien como para mal, la primera que se lo cuenta a sus amigas (cuando quieren escucharla) hecha un manojo de nervios como una niña pequeña el primer día de colegio. Y no quiero oír hablar de ello porque estoy resentida. No quiero oír hablar de ello porque me recuerda lo mal que me va en ese terreno, lo poco fiable que es y lo mucho que me hiere.
¿Será el primer estadio asumirlo, o será síntoma de cobardía el aparcar mi tesis a favor de la cruda realidad? ¿Será una muestra de madurez o, por la contra, un indicio de alienación y sumisión a los clichés de la sociedad? ¿Será que soy una Miranda de la vida o, quizás, cuando triunfe en mi carrera, cuando me sienta una mujer plena y realizada, no prestaré atención a tales nimiedades? (¿Será que soy una Wendy...?)

Miro fijamente a las chicas de Sexo en Nueva York, las atizo con una mirada desafiante. Son guapas, inteligentes, ricas. No deberían quejarse. ¡Yo debería quejarme, y no ellas! (Y, aun así, se quejan...) .
Para no seguir pensando, pongo el capítulo 2.

viernes, 20 de junio de 2008

El síndrome de Wendy

Probablemente a muchos de vosotros os suene lo que en psicología es llamado "Síndrome de Peter Pan". Puede que no sepáis mucho sobre la neuropatía que conlleva, pero (ya que todos hemos tenido una infancia similar) me atrevo a afirmar que conocéis la historia del niño que nunca creció, el niño del país de Nunca Jamás: Peter Pan.

A través de la historia, se puede llegar a la conclusión de por qué ese síndrome se llama así y cuáles son sus síntomas. Se da habitualmente en hombres que presentan una gran inmadurez en sus actos, que (como Peter) se niegan a crecer y se encierran en actitudes infantiles que, si bien no tienen por qué darse en todos los aspectos de la vida, se muestran de manera evidente en otros. El ejemplo perfecto es el hombre muy eficiente en su trabajo, pero que se comporta de forma pueril en su vida personal. En general, son personas un tanto narcisistas que no se atan a nada que signifique un compromiso demasiado sólido y que sienten pavor a abrirse sentimentalmente.


Su mellizo es el llamado "Síndrome de Wendy" que, sin embargo, es mucho menos conocido por la sociedad en general, cuando en realidad comprende una serie de síntomas que son tan dolorosos y graves como el "Síndrome de Peter Pan"· Se da generalmente en mujeres que presentan un espíritu de entrega y sumisión total (normalmente) a la pareja o al objeto de su afecto. Necesitan sentirse "mamás" de esa persona (o personas), cuidarla y hacerla feliz. Se sienten desgraciadas cuando no todo el mundo las quiere, e intentan a toda costa que así sea. Para ellas, el amor es sacrificio y tortura, y lo aceptan, aun a costa de su infelicidad. Necesitan sentirse aceptadas continuamente y tienen miedo al abandono y a la soledad.


(ejem... ¿os suena de algo?)



Y es que la historia de Barrie no resulta tan entrañable como nos parecía en nuestra infancia. La historia de Barrie nos muestra un niño huérfano que se acerca todos los días a la ventana de una niña a escucharla contar cuentos. Este niño siente una clara necesidad de afecto, que ella le otorga sin condiciones, mas cuando le propone una relación más solida, que se consolide su cariño, que vuelva con ella al mundo real, él dice NO. El epílogo de esta historia es que cada año Peter Pan vuelve a por ella en primavera, y cuando ella ya es una mujer mayor, casada y con una hija, Peter se lleva a su hija, y después a la hija de su hija, y así sucesivamente, lo cual me parece aún más cruel que el final tradicional del cuento. No sólo no se compromete a estar con ella, sino que sigue utilizando a las mujeres de su familia, logrando que cada generación se quede prendada de su persona, y se frustren al crecer, ya que Peter sigue siendo un niño.


El colofón de toda esta historia es que, si miramos a nuestro alrededor, el Síndrome de Peter Pan está mucho más aceptado socialmente que el de Wendy. Se ven (y cada vez más) hombres (y también mujeres) que viven su vida como si de adolescentes se tratara (aún con 50 años), que eluden responsabilidades de casi cualquier tipo y que, por supuesto, no establecen ningún vínculo afectivo fuerte con nadie. Se les denomina autosuficientes, independientes o "singles", y su forma de vida resulta extrañamente atractiva, incluso está de moda.

Pero... ¿qué hay de las Wendys del mundo? Se dice que son demasiado tradicionales, antiguas, dependientes, inútiles. Eso no es cierto. Hay muchas Wendys que son mujeres (u hombres) inteligentes, con un buen empleo y posibilidades, y lo único que necesitan es dar su amor, por muy cursi que eso suene. Sin embargo, ser una Wendy no está de moda. Desgraciadamente, serlo o no serlo no es algo que se escoja.


(Y, de hecho, no existe una Wendy sin su Peter Pan particular...)