Mostrando entradas con la etiqueta YO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta YO. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de junio de 2010

Una temporada en el infierno

Jamás la esperanza.

Nada nacerá.

Ciencia y paciencia,

El suplicio es seguro.

Arthur Rimbaud


Los verdaderos infiernos no se saldan con antorchas. Los verdaderos infiernos son de ladrillo y cal.

No hay Carontes ni Cerberos, sino una amplia expectativa, un fulgor de esperanza corrompida tras la entrada. La ventaja de una maldad segura.

Los verdaderos infiernos tienen puerta de metal y nombres antiguos. Pasean las ánimas sus lamentos por el parquet, como si su vida no fuera más que polvo y ceniza esparcida sobre el cesped. Son tristemente misteriosos, y sus figuras atraen y aterran al unísono. Son los fantasmas de nuestras morales.

Sus andrajos nos presentan la carcoma: la penuria del acento incontrolable, de las ansias de un poder absoluto (y completamente maltrecho).
No caben en sí de gozo: hacen del infierno un paraíso de lo insano, de la ausencia, de lo oscuro. No contemplan sentimientos ni presencias. Su destino es ser, por siempre, dueños de la nada: de la inmundicia del no-ser.

Han elegido el infierno, como escogen los atletas sus batallas. Castigan a aquellos que ven ascuas entre las llamas podridas: aquellos cuyo camino continúa y se desmarcan del averno.

Lamentable espectáculo de almas en celo. Retazos de su antiguo yo: caminos de losas duras.

Sobrevivirles es crecer y sulfurarse. Sobrevivirles como Heracles a las hidras. Contener el legado de lo humano entre roces de codicia. Escoger soledad a esclavitud.

Sobrevivirles es escapar del inframundo. Regresar de una guerrilla sin treguas ni fronteras, con la cabeza bien alta y los hombros palpitantes.

Sobrevivirles es saber que se es un héroe.

Conseguir olvidar una temporada en el infierno.


jueves, 21 de enero de 2010

Días malos


Hay días malos. Días en los que no importa hacer una regresión a los quince años, llorar a lágrima viva, pedir clemencia a un cielo inerte. Porque son días malos, estás en tu derecho.
Se caracterizan por su gris lánguido, brillante, que se pega a las pupilas y se apodera de la córnea hasta volverte casi ciego. A medida que avanzan, se tornan más oscuros. Al final es de noche; sólo hay una pequeña luz, probablemente la de tu lamparilla, y tus lamentos iluminados bajo su foco.

Hay días malos. Días en los que nadie te va a salvar, porque son días malos, hace calor o frío, pero la tristeza permanece impasible.
Se caracterizan porque no recibes ningún abrazo, aunque en tus ingenuos sueños de niña llorona te imagines que así sea. No hay hadas madrinas ni discursos de ánimo a medianoche. Simplemente es un día malo, lo más seguro es que nadie se entere o no les importe.

Pero tú te sientes mal. Es un día malo.
Se caracteriza, ante todo, por su profunda soledad. Por tu reiterativo "estoy sola". Porque las mismas paredes parecen burlarse de tu situación. Porque no hay nada que atienda tus súplicas, en este mundo de películas con final feliz.

Se vomita histeria. Es un día malo.
Y sólo puedes esperar, esperar que no se repita, que sea algo aislado, aleatorio, extrínseco. Que esa espiral de miseria no te pertenezca. Que vuelvas a aprender a sonreír.

Porque ahora mismo no sabes. Es, definitivamente, un muy mal día.

domingo, 10 de enero de 2010

Vuelta

Vuelta a todo.
A los madrugones (in)cansables, las cuestas (de un lado y del otro), los edificios de cemento.
Vuelta al calor en la habitación y el frío en el pasillo, a la sal en las carreteras, a las narices rojas.
Vuelta a los desayunos sola, con un croissant mixto demasiado caro aunque sabroso, El País (cuando te dejan) y arropada por varias (demasiadas) miradas indeseables.
Vuelta a las decepciones, las llamadas sorprendentes, las pelusas espontáneas, las visitas renovadoras.
A los sueños y las catástrofes.
Vuelta a los cines en versión original (películas buenas y malas), los cafés de Starbucks, las distancias tan distantes. Las esperas en Atocha, Chamartín, Barajas.
Los besos.
Vuelta a las cañas, las carreras porque cierra el metro, las extenuantes esperas al N21.
Las posibilidades.
Vuelta a los escándalos en plena noche, las paredes de papel, una cama a ras de suelo. Los paseos con el Ipod en días de reflexión.
Mi butaca del Ikea. El hastío del comedor. Los vales descuento del Vips. Oes y aes cuando nieva.
Vuelta a las infinitas calles, los resbalones y sus inseparables vergüenzas, los descubrimientos, las brújulas.
Las rebajas, los verbos desconocidos, la búsqueda de identidad.
Vuelta a los abrazos en plena noche (a veces). El calor.

Vuelta a la ciudad que me ve crecer y desfallecer a cada paso. A su inhóspito recibimiento sibarita.
Esperando, esta vez sí, la reconciliación.

miércoles, 28 de octubre de 2009

El fin del mundo

A veces, todo parece aniquilarse; estallar en pequeños pedazos de cristal fino que, sin piedad, arañan y desgarran los corazones que encuentran a su paso. A veces, donde nada cesa y todo se interrumpe, logro sentirme fuera del lecho de la humanidad, fuera de las vísceras mecánicas de ese camino precocinado que damos en llamar destino, cuando él mismo me vuelve sus fauces y entona rugidos y llantos que me hacen perder la calma.

Es difícil mantenerse fiel a la corriente cuando parece que todo languidece.

La eternidad, fugitiva, ruega a alguien que le haga caso, mientras las miradas de los transeúntes se encierran en su propia oscuridad. De veras, el silencio, las nubes, parece que todo se acaba, que nada está ordenado, que ya perderse es inevitable. La muchedumbre inquieta y sudorosa atiende a mis lágrimas mientras me esfuerzo por creer que eso es sólo un momento pasajero, algo insólito y probablemente insignificante.

Pero las horas pasan. El rosa pálido del cielo se torna azul gélido, como mis vértebras, y ya me da igual llorar en la puerta de una estación, que me pisen los niños y las ancianas apresuradas; vivo en mi burbuja que de repente me muestra una realidad melancólica y opaca sin muchos tintes de cambio.

Las estrellas palpitan; quizás son la única luz en esa sinfonía de temores y sombra y mucho mucho llanto. Qué le vamos a hacer si hoy ha sido un mal día. Tengo todas las razones para pensar que tras una buena noche de sueño todo pasará y el sol me devolverá las ganas de respirar.

Pero todo se desvanece. Y esos pedacitos de cristal se me clavan como puños de metal ácido. La fachada se derrumba, sólo soy yo y mi circunstancia: yo contra esta circunstancia mía sin sentido y sin serenidad que me obliga a recorrer Madrid entre jadeos y ojos empañados. Realmente, parece que todo muere. Todo está agonizando a mi alrededor.

Y habrá que esperar a mañana para saber si un rayito de luz volverá a iluminar las baldosas, si la ciudad y yo resucitaremos al unísono y se olvidarán los llantos en las estaciones y los dolores prematuros. Habrá que esperar a mañana para saber si el frío no lo es tanto y los puñales eran caricias mal interpretadas. Habrá que esperar a mañana porque quizás sólo fue un mal día.

O quizás es verdad, y esto era el fin del mundo.

lunes, 21 de septiembre de 2009

¿Quién eres tú?

Preocupada por mi falta de libro de cabecera desde hacía, exactamente, 21 horas, rebusqué entre los bolsos y las chaquetas hasta encontrar un poco de calderilla que, en su conjunto, me permitiera al menos agenciarme un librito pequeño, casi insignificante, pero que consiguiese su objetivo principal: entretenerme un poco y librarme de las largas y trágicas horas de espera.
Tras esta ardua labor, me encaminé hacia la librería más próxima, y sin pararme ante el estante de novedades y grandes libros de tapa dura, me dirigí hacia el único lugar a donde podría dirigirme siendo realista con mis posibilidades monetarias: el estante de esos pequeños libros de bolsillo, (tal vez llamados así, no tanto por su tamaño, sino porque son los únicos adecuados a todos los bolsillos); ésos de letra tan pequeñita que mi incipiente miopía me obliga a pegarme a menos de un palmo de sus hojas, como si rastreara oro entre torrentes de papel rugoso pero que, al fin y al cabo, siguen albergando las grandes obras de la literatura universal entre cartón barato y que realizarían bien la función que yo les tengo encomendada.

Entre mi condición de galega y el hecho de haberme despertado con el día indeciso, pasaron los minutos sin que yo pudiera decidirme por uno de ellos. Ninguno me llamaba demasiado la atención, no había mucho donde escoger, y mi mano le daba vueltas enérgicamente a esos pequeños estantes postizos de plástico de las colecciones de Anagrama y Cátedra sin que mis ojos se fijasen ni por una vez en alguna portada concreta. Al fin, adiviné entre los libros un par de títulos interesantes, aunque ninguno de ellos me susurró al oído "cómprame".

Entre Ibsen y Kadaré encontré escondido "Retrato de un artista adolescente"; bien es cierto que cuando leí "Dublineses" no me entusiasmó, pero tenía ganas de leerme ese libro y nunca lo había visto en edición barata. Tras leer la contraportada, me dispuse a proseguir con el ritual que llevo a cabo cada vez que compro un libro: pasar sus páginas mientras rozo el papel y, en un momento de despite del librero de turno, olerlo. Pero antes de que pudiera continuar con él, y mientras pasaba las páginas con soltura, pude vislumbrar que, por la mitad del libro, había un pequeño trozo de papel doblado que contenía algo escrito en bolígrafo azul. No me atreví a mirar qué era; sólo estaba segura de que no se trataba del precio ni de ninguna otra cosa rutinaria, sino que aquello era un regalo, un plus a la novela, una señal de que debía llevármela. De repente, me sentí como en un libro de Los Cinco: sólo me faltaban los shorts y las galletitas de jenjibre.
Mirando a ambos lados, como si alguien pretendiese arrebatarme a mi recién conseguido tesoro, lo estreché entre mis manos y me acerqué a la caja para pagarlo. No podía esperar a llegar a casa y descubrir de qué trataba aquel papel misterioso. ¿Sería el mapa de un tesoro? ¿Una declaración de amor, quizás? ¿Un código secreto de espionaje?

Me senté en el sofá, y lentamente, abrí el pequeño papel doblado. Lo que se encontraba en él no era ni más ni menos que un poema, un poemilla escrito con pequeña letra cursiva que se doblaba levemente hacia el lado derecho en boli bic azul. Y el poema venía firmado. Su autor o autora firmó como Pérez Duarte.
Tras releer el poema unas cuantas veces, pensé en el tal o la tal Pérez Duarte. No sé quién es, probablemente nunca lo sabré. Pero su pequeño poema escrito en un pedazo de papel doblado me ha otorgado unos de los momentos más deliciosos de estos últimos días. El descubrimiento del poema ha llenado de romanticismo un día como cualquier otro, hasta tal punto que he decidido hacerlo alguna vez en mi vida. Nunca sabré a qué Arancha podré alegrar. Quizás ninguna Arancha lo encontrará; quizás escoja mal el libro y nunca lo compre nadie o se le caiga cuando vaya a pagarlo o el susodicho comprador decida que es mejor tirarlo a la papelera para no entorpecer su lectura.

Pero puede, también, que me convierta en otra Pérez Duarte (persona misteriosa y anónima que deposita poemas de estupenda caligrafía entre libros de bolsillo alegrando el día de chicas como yo).

Y, de paso, he agregado una nueva definición a mi diccionario.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Esperas y postales

Los días de hacer tiempo son días incómodos y prescindibles. Erigen sus 24 horas como fortalezas rodeadas de catapultas, a la espera de un disparo acertado a un sistema nervioso cada vez más cansado de esperar. ¿Esperar... para qué? A veces, simplemente, para volver a la rutina. Otras veces, para encontrar nuevas emociones. Alguna vez, incluso, para despejar incógnitas.

En esta vida que son dos días, de gripes A’s y cánceres varios, la impotencia se adueña de aquellos que, como yo, pretenden ser felices a cada instante sin conseguirlo. A veces el carpe diem no sólo depende de uno. A veces, brujas disfrazadas de princesas juegan a amargar un poco más ese tablero de la vida que ya de por sí rezuma abulia. Otras veces, el tiempo nos juega malas pasadas, apremiando nuestros corazones y nuestros párpados, hasta descubrir que es mucho, demasiado el tiempo hasta llegar a la meta.

Los minutos consecutivos se tornan idénticos ante la ausencia de ruido, de inquietud, de movimiento. Demasiadas miradas impacientes a demasiadas pantallas vacías. La incesante búsqueda de causalidad se vuelve monótona y pierde el sentido. El deseo del futuro, la duda de lo que vendrá se torna fervor entre días que parecen clones herméticos y aburridos de una misma jornada exenta de vida.

Y, en estos días de publicidad, de paréntesis alargado, una postal perdida que encuentra su legítimo lugar entre montañas de espera. Una imagen que mira de soslayo y exclama satisfacción.
Porque a veces la espera también es esperanza.

sábado, 29 de agosto de 2009

La erótica del arte


Hace unos días leía un artículo acerca de la bien sonada “erótica del poder” que, al parecer, existe, no como mera ficción literaria o cinematográfica, sino como afrodisíaco real y químicamente probado que, además, afecta especialmente a las mujeres. De hecho, la mayoría de los hombres (según rezaba el artículo) se sienten amedrentados ante una mujer con demasiado poder o demasiados
honorarios; tanto que en muchas ocasiones la susodicha mujer deja de parecerles atractiva. No ocurre lo mismo con el género femenino.


Yo, sin embargo, nunca me he considerado de ese club. Y es que creo que existe otro, un poquito más minoritario pero en absoluto desconocido, al que pertenezco y siempre he pertenecido desde que mis hormonas despertaron y comenzaron a buscar entre los cuerpos de muchachos granudos su Casanova personal. Por aquel entonces, una amiga, también perteneciente a dicho grupo, y yo, le solíamos llamar entre risas el efecto Fran Perea motivado por su personaje en Los Serrano, que se camelaba a Eva a base de cantes y guitarritas. Y es que, éla ahí, la erótica del arte.


El artista busca a tientas entre las cenizas del mundo un camino a la belleza. Sus manos, creadoras, arrancan acordes nostálgicos de guitarras o teclados, marean paisajes con los vaivenes de sus objetivos, retratan ocasos ocres en lienzos teñidos de extrañeza y engendran las aventuras más apasionantes entre papeles amarillentos. Su perfecta sintonía, su sensibilidad innata; todo se percibe en ese andar discordante, en la forma de manejar las dudas, en los extraños recovecos de su mente que se plasma en disciplinas inexactas y confusas, sólo comprensibles para él mismo. A veces, sólo él parece capaz de ordenar mi caos.


Los artistas. Quién no ha soñado alguna vez con susurrarle a ese pintor de ojos caídos y caminar apesadumbrado: “haz de mi cuerpo tu lienzo”; quién no ha imaginado que esas manos recorren sus caderas como recorren las curvas sinuosas de la guitarra, mientras con voz agridulce entona las primeras estrofas de una canción de desencuentros. Busca en mi ser tu discordia, quiero ser tu musa ahora y siempre, no dejes de tocarme nunca...

Quizás sí exista la erótica del poder. El poder de creación.


Y sí, P., ahora sabemos diferenciar a los verdaderos artistas de los Franes Pereas del mundo pero... ¿qué más da eso?

Reconozcámoslo.

Se nos siguen cayendo las bragas ante una guitarra bien tocada.


lunes, 24 de agosto de 2009

Muñecas feas

Cuando se descubre la gastronomía original de nuestras incógnitas, lo perverso de nuestros juegos de manos en oscuridades injustificables; cuando la niebla destapa el olor a incienso que maquilla los días sin salir de casa, los pañuelos mojados entre bragas de algodón que se olvidaron del tiempo.

Cuando ni nuestro pelo ni nuestra condición sufren la fuerza de la gravedad y la incertidumbre es el pan de cada día. Las gotas de sudor caen ligeras sobre los vestidos blancos.

Cuando germinan los procesos víricos, todo es lo que es y nada es trepidante; los motivos policromados se tornan ojeras malvas, deshechos de sombra; las estrellas cesan en su empresa de iluminar los rostros abúlicos, nada despierta ya el insomne vientre de atracciones cinematográficas.

"Yo soy así, no hay nada más". Los disfraces cosechan arrugas entre zaguanes de silencio. No hay altares, ni musas de caderas lánguidas, de perfectas fauces rosadas y talles decimonónicos. Sólo tiempo, despertares entre sudor y ojos hinchados, noches de imaginación y añoranza de los espejismos. Miedo al fracaso y a la verdad.

Nada es lo que debería ser en ese cielo de carantoñas estivales.
Cuando todo se resuelve en unos ojos demasiado cansados para mentir. A veces, sobre una cristalina superficie de compresión.

Cuando los niños escogen
muñecas feas sin envoltorios de celofán.

lunes, 3 de agosto de 2009

Cerrado por vacaciones



ECHADME DE MENOS

Au revoir!

martes, 28 de julio de 2009

...I wasn't born to lose you


Una miserable luna cae sobre el techo de Ourense como caen las manos de los niños sobre los caramelos en las cabalgatas. El espesor de unos días demasiado anodinos se disuelve entre las mareas de ilusión y certezas, que, a pesar de todo, no consiguen desviar del todo el nauseabundo olor de la monotonía.
A veces, todo se rompe con otro monótono pero esperanzador sonido. Las llamadas de teléfono se suceden entre sonrisas que nunca llegarán a ser desvirgadas, quejas, estallidos, unos ojos demasiado cansados de esperar.
En ocasiones, las bocas se congelan, todo se concentra en un suspiro, una caricia extraviada de nuevo, y otra noche que se acuesta entre la soledad de los edredones que quieren ser compartidos.

La violencia angustia a la monotonía como los adolescentes rebeldes a los padres escrupulosos. Elabora planes de huída; la ternura perece a veces entre las rejas de su cárcel de ausencia.

Los borrones emborronan demasiado misterio, la vuelta se vislumbra entre demasiados caminos futuros, caminos donde la tierra florece inerte el caminar de unos pies ya mutilados. Demasiados auxilios en silencio. La boina y las zapatillas, demasiados recuerdos, perder el instinto entre demasiadas preguntas.

Todo parece claudicar. Demasiados estigmas, demasiados gritos a deshora, demasiadas astucias inocentes, demasiados argumentos atrapados,demasiadas lesiones cabalgantes, demasiados mediodías a solas.
Demasiados kilómetros.


Una sola respuesta.


The guilty undertaker sighs,
The lonesome organ grinder cries,
The silver saxophones say I should refuse you.
The cracked bells and washed-out horns
Blow into my face with scorn,
But it's not that way,
I wasn't born to lose you.

domingo, 28 de junio de 2009

Proxecto 1

... escomeza a fotopoesía
escomeza Arancha Ferro

sábado, 20 de junio de 2009

En resumen


¿Qué funciona aquí? ¿Qué?

Funcionan las bromas absurdas, metáforas de la inseguridad de algunos tan inseguros que apenas se dan cuenta de sus propios caminos.
Funcionan las seducciones sin seducción, sin miradas de soslayo y sin roces palpitantes: sólo los vómitos de esperma y los contagios de saliva sin promesas.
Funcionan los gritos, los chillidos caóticos, lo que perturba el horizonte: eso funciona, mejor que cualquier otra cosa.
Funcionan los discursos eminentemente preseleccionados y basados en los clichés más manidos siendo, sin embargo, los más imitados y reconocidos.
Funcionan los llamamientos a las armas, las noches de insomnio premeditado atufando audiencias con sermones ante los que el mismo Lenin se postraría avergonzado; sermones revolucionarios a los pies de un Ipod Touch de 20 gigas.
Funcionan las carcajadas, no las risas; los golpes, no las danzas; los delitos, no las travesuras.
Las mentiras funcionan, las grandes mentiras, las ficciones compartidas y convertidas en leyes inquebrantables.
Funcionan los sueños de aquellos que ni siquiera se atreven a soñar.
Ante todo, funciona el miedo, la intimidación, el sarcasmo de la violencia. La convicción del sutil poder de arrastre de las masas. Y la sutil disposición de las masas para su arrastre.
Funcionan las máscaras, los disfraces, los telones tupidos y cubiertos de verborrea. Lo opaco de las miradas. Lo sucio de los despertares. Las conversaciones sin contenido, las noches con droga y los cariños superfluos.
Los adioses que no duelen. Esos funcionan.

Calando al mundo mientras, astuto, ensaya su coreografía de anhelos.

(Disculpad mi silencio. A veces, para mirar desde fuera, hace falta algo más que dos ojos empapados: un tiempo ajeno a la vorágine y un corazón tan fuerte que consiga soportarla).

sábado, 6 de junio de 2009

¿Todo está en los libros?

En la edición de hoy de El País podréis encontrar un artículo de Gustavo Martín Garzo que os recomiendo encarecidamente. Se títula ¿Todo está en los libros? y trata de un tema que yo defiendo a capa y espada: la capacidad de la literatura, así como del cine, de transportarnos a otras vidas, a otras experiencias lejanas a nosotros: experiencias que en muchos casos nunca llegaremos a experimentar. Además, habla de la necesidad de coger de esas realidades "extrañas" lo que nos interese e intentar reproducirlo en nuestra propia vida.

Sin duda, muchas de las experiencias que conocemos o, al menos, reconocemos, no provienen de nuestra propia existencia, sino de algo que alguien nos ha contado, que hemos leído o que hemos visto en una película. Sin duda, todos sabíamos lo que era un beso en los labios antes de que nos diesen el primero; todos entendemos la emotividad del parto, aunque nunca hayamos parido; todos podemos comprender el horror de los campos de exterminio, sin (afortunadamente) haber estado en ninguno. En ello radica la importancia de la literatura y el cine: en su don de insertarnos en una historia ajena a la nuestra hasta tal punto que nosotros mismos creamos haber vivido lo que han vivido los personajes, conocer lo que es aquello que nunca nos ha ocurrido, aprender de algo que no hemos vivido.

Pero, ojo, no lo hemos vivido. Por eso tanto Gustavo Martín Garzo en su artículo como yo en mi reseña hacemos hincapié en que está muy bien conocer otros mundos, siempre que luego eso que aprendamos de ellos nos sirva para nuestra vida, que NO es esa, ya que no es lo mismo experimentar algo en propias carnes que leerlo en un libro.

Tras muchas películas y muchos libros, llega un momento en el que me planteo qué estoy haciendo con mi vida. Qué es mi vida en realidad. Si mi vida podría representar el argumento de una novela, de una película. Al menos de un relato, o de un corto. Tras muchas películas y muchos libros, miles de experiencias se agolpan en mi cabeza como se agolpan los conocimientos justo antes de un examen, las bolsas de basura en los contenedores los días de huelga, los achuchones tras una larga espera. Tras muchas películas y muchos libros ni siquiera veo en mí un personaje secundario, no veo nada relevante, y lo que veo no es mío. Tras muchas películas y muchos libros (y muchas conversaciones con personas que sí tienen algo que contar), tras muchas lunas mirando la vida desde la mirilla, me doy cuenta de que entre ella y yo hay una puerta infranqueable cerrada con cien candados. Leo, leo, visiono, visiono, y me quiero apropiar de experiencias que no son ni serán nunca la mía. Como una niña que se pone el carmín y los tacones de su madre. Vivo en los personajes de las novelas que leo, de las películas que veo; vivo en la gente que me rodea, a la que observo como si ante una obra de teatro me encontrara. Artificialmente, intento comportarme como ellos, maquillo mi inexperiencia de imitaciones y, mal que bien, me voy camuflando entre los matorrales. Pero esta mañana, como cualquier otra, me he despertado y otro día sin expectativas me ha saludado con desidia.
Porque en esta historia no hay giros repentinos. En esta historia no hay personajes ni argumento, no hay aventuras, no hay acción. En esta historia no hay amores pasionales ni románticos, no hay objetivos ni metas, no tiene sentido ni forma.

...

La respuesta es no. Como mucho sería un poema. Un pequeño poema melancólico sin principio ni final. Un poema de esos que no marcas en un libro de poemas. Un poema modesto, escrito en Times New Roman 12, no narrativo, tampoco demasiado lírico. Un poema de esos que quiso imitar a Neruda y se quedó en dedicatoria de quinceañeras. Un poemilla mediocre. Insignificante.

domingo, 31 de mayo de 2009

Roll the dice


Al margen de ese cajón de sastre con tijeras poderosas que damos en llamar destino, nadie duda de que nuestras decisiones configuran nuestra vida; nuestra vida y a nosotros mismos. Continuamente nos hallamos ante encrucijadas que, de un modo u otro, solventamos tomando decisiones, escogiendo un camino. Incluso el quedarnos en la encrucijada, pensando y repensando los pros y los contras de nuestra decisión, es en sí una decisión que nos define. La mayoría de nuestras decisiones cotidianas responden a nimiedades, ni siquiera nos damos cuenta de su existencia; hay pocas grandes decisiones en la vida, y la mayoría ocurren en edades más avanzadas. Sin embargo, y a pesar de la contigencia de nuestra resolución (¿me ducho por la mañana o por la noche? ¿me recojo el pelo o me lo dejo suelto? ¿me tomo un café en cafetería o me lo subo a mi cuarto? ¿veo una película o me quedo leyendo?) no somos conscientes de la importancia de la misma. Quizás si aquel día, en lugar de quedarte en la cama hubieses salido a dar una vuelta, habrías conocido al amor de tu vida. Quizás si aquella noche no hubieses decidido que querías una coca-cola, no te habrías tropezado en las escaleras y no tendrías ese esguince de tobillo. Quizás si en lugar de repasar y repasar el tema 7 te hubieses mirado más el tema 8, habrías aprobado el examen. Quizás si no te hubieses quedado hablando con ella hasta la madrugada los primeros días de curso, ahora no sería tu amiga.
Desde luego, las decisiones nos conforman, conforman las encrucijadas futuras y los recuerdos que reforzarán o mitigarán la seguridad de nuestros juicios. Pero hay algo de lo que poco se habla, en este mundo de psicólogos y psiquiatras que duermen en colchones de billetes, y es de la importancia de las decisiones que los demás toman acerca de nosotros. Desde luego, y por desgracia, no está en nuestra mano cambiarlas, a veces, ni siquiera influír en ellas. Pero ahí están, erguidas como tótems, como manojos de llaves que cierran sendas de quizases.
No sólo nuestras decisiones marcan lo que ocurrirá en nuestro futuro; a menudo, las decisiones de los demás son incluso más importantes en el desarrollo general de nuestra vida. Y es que nosotros podemos tomar una decisión, tenerla clara, acatar su desenlace. Sin embargo, cuando esa decisión atañe a alguien más, la responsabilidad no es sólo nuestra.
De pequeños, nuestros padres o las personas que están a nuestro cargo toman todas las decisiones por nosotros. Qué comemos, cómo nos vestimos. Con el convulso período de la adolescencia nos enfrentamos a una capacidad de toma de decisiones inusual y abrumadora para muchos (de ahí las crisis), aunque seguimos contando con el colchón de los papás en casos de fuerza mayor (y menor, normalmente). A medida que avanzamos hacia la madurez de la edad adulta son cada vez más y mayores las decisiones que tomamos sobre nosotros mismos. Pero he aquí que nos olvidamos de que, aunque no de forma tan acusada como en nuestra infancia, los factores externos continúan ahí, decidiendo al margen de nosotros, condicionando nuestro suelo, nuestro techo.
Las personas pasan por nuestra vida; a veces de forma fugaz, otras veces, de forma más duradera. El concepto duradero es muy subjetivo, pero con mis 20 años, he de decir que, por lo de pronto, lo único realmente duradero ha sido mi familia. Existen proyectos; todos tenemos proyectos. Quizás dentro de 5 ó 10 años si esos proyectos continúan en su lugar podría ampliar mi pequeña lista.
Sin embargo, reparemos en esas personillas que, de forma pasajera o no, superficial o profundamente, han visitado los lares de nuestra existencia. Todas tomaron la decisión de hacerlo, así como tomaron la decisión de abrir la puerta y marcharse cuando lo creyeron oportuno. Y lo mismo podríamos decir de nosotros mismos. Sin embargo, preguntémonos, ¿en base a qué tomamos esas decisiones?
Por mi espíritu reflexivo intento siempre tener un motivo para abrir esas puertas que probablemente me impedirán volver a esa casa. Aunque el motivo no sea muy convincente, al menos procuro que tenga coherencia para mí, que yo pueda explicármelo. Mucha gente no lo hace así; para ellos el abandono de una vida es algo coyuntural, casual, casi azaroso. No comprenden que, si traspasan el marco de esa puerta, probablemente no puedan regresar, porque estarán condenando a esa persona a una nueva encrucijada. Una encrucijada inesperada y repentina.
Para muchos, todo no es más que una tirada de dados. Una decisión como otra cualquiera, como ducharse por la noche o por la mañana; repasar un tema u otro. Y no se dan cuenta de que, en realidad, todos no somos más que las decisiones que se toman: las que nosotros tomamos, pero también las que los demás toman sobre nosotros. Tiran los dados, los agitan con más o menos fuerza y los lanzan al vacío, dejan que den vueltas como peonzas, se divierten con su danza de derviches. Tú observas sus contoneos mientras te muerdes las uñas. Porque tú eres lo que esos dados digan de ti; lo que muchos otros dados han dicho ya de ti: quien te ha escogido y quién no. Y en base a eso, una nueva encrucijada: dos caminos, cuatro, seis. A veces, ninguno. Cuando es tu camino quien tira los dados y decide mudarse y dejarte sin brújula . A veces.
If you’re going to try, go all the
way.
Otherwise, don’t even start.
(Charles Bukowski)

martes, 26 de mayo de 2009

Conversaciones con el espejo

Eres, nada más, un recuerdo que fluye solo en ese limbo que llaman tierra.
Eres (lo veo en tus ojos: demasiado grandes, demasiado tristes) una espiga desvirgada, lo que pudo ser, el ardid de metáforas absurdas que cualquiera quiso entregarte.
Eres caderas demasiado anchas, pechos demasiado fútiles, piel demasiado pálida, el rincón de la sala que queda sin luz, la bombilla de la lámpara que no funciona.
Eres pelo que crece como crecen los árboles octogenarios, por costumbre; fuerte, negro, carbonizado frente a tu semblante gris. Tan gris que nadie adivinaría su innato color aceituna.
Eres sólamente un silencio vagabundo en una partitura llena de solfeas; sabes que no te escuchan, mas ni siquiera te oyen.
Eres lástima en tus pómulos. Lo que se exilia de los neonatos.
(Me lo dicen tus manos, tan ásperas...), eres lo que otros quisieron dejar en ti, eres lo que otros rozan de tu cuerpo absurdo, lo que otros modelan de tu mente insignificante, lo que demasiado pocos quisieron entrever de tu corazón.
Eres, nada más, el cubo de basura que se arrastra moribundo ante las puertas de una perfumería, la carga ocre de un alcohólico en las noches de resistencia, la contingencia de un abuso cometido en callejones amnésicos.
Quieres ser lo que fuiste, pero nunca has sido nada.

Ya nadie recompone tu figura de barro caliente. Aguarda junto al torno las noches de disfrute; aguarda junto al torno con esos labios bizcos lo que ni tú sabes que aguardas.


Sigue aguardando, incauta.
Eres, por esta noche, la esperanza de los necios.

viernes, 22 de mayo de 2009

Amor líquido

Ocurre a menudo, cuando se lee, cuando se piensa o, simplemente, cuando se da la coyuntura, que se descubren cosas tan maravillosas como que éso, ese tema al que tantas vueltas le has dado sin encontrar respuesta alguna y sintiéndote totalmente incomprendido, ha sido ya pensado, interpretado y valorado por alguna otra persona con mayor capacidad intelectual y de expresión que la tuya. Esta situación, en lugar de convertirse en envidia, se convierte en un gran sentimiento de empatía e identificación que se intensifica todavía más cuando la persona en cuestión parece haberse colado en tu mente y descrito tus sensaciones al milímetro. Esto me ha ocurrido con el libro Amor líquido del sociólogo polaco Zygmunt Bauman; en principio, otra lectura más para la facultad; al final, la (in)satisfacción de que mis tesis sobre las relaciones humanas no están tan desencaminadas o, al menos, eso afirma a su vez un experto en sociología contemporánea.

Bauman llama a los tiempos actuales "modernidad líquida". Proviene este adjetivo de la facilidad de "escurrirse", de la fragilidad e inestabilidad de la misma. Pues bien, en la modernidad líquida, las relaciones afectivas también se han licuado.
El concepto de amor ha cambiado para dar paso a relaciones efímeras, sin apenas conexión, que pretenden reivindicar la "independencia" tan enarbolada en el siglo XXI, mas que a su vez evocan a la raza humana a la frustración, la incomprensión y la falsa felicidad. Se asocian los vínculos fuertes a la falta de libertad
Como sociólogo que es, Bauman asocia este cambio al cambio producido en la propia sociedad. El problema es cómo adaptar las necesidades afectivas del ser humano a ese modelo social que "prohíbe" las mismas. Claramente, algo sobra. Y el 99% de la humanidad claudica, y prioriza la integración en la masa a unos sentimientos que, en mayor o menor medida, todos tenemos. Nos sentimos avergonzados de nuestro cariño, nos sentimos avergonzados del cariño de los demás y procuramos mostrarnos distantes y fríos en aras de mostrar nuestra seguridad en nosotros mismos. ¿Significa eso que una persona tierna o afectuosa no es una persona segura de sí misma? No a ojos de la realidad social. Pero, sin embargo, esa persona será probablemente más segura que todos esos ojos que la observan con aire de reprobación, porque se atreve a mostrar sus verdaderos sentimientos aun a pesar del comportamiento generalizado.

Menciona también Bauman la relación directa entre la sociedad de consumo y las relaciones personales, y dice que, hoy en día, las personas se ven más que como personas como bienes de consumo, siendo valoradas a partir del placer que puedan otorgar. Una sentencia dura, mas (a mi buen ver) real. Se prefieren las relaciones superficiales, líquidas, que proporcionan placeres efímeros, bien en forma de sexo o de unas risas después de comer a relaciones más estables, más profundas, relaciones que pueden proporcionar los mayores éxtasis de felicidad, mas también momentos de tristeza y preocupación. Y, como bienes de consumo que somos las personas (me incluyo en el bote) no hay ningún problema en cogernos y tirarnos a la basura cuando ya no funcionamos. Viéndolo de una manera simplista, soy una mopa. Sirvo (tanto yo como cualquiera) para limpiar el polvo que se asoma por entre las rendijas de las estanterías, pero para poco más. Cuando ya estoy demasiado sucia, se me tira. Y, desde luego, nadie se preocupa por limpiar mi superficie, pero tampoco su propia profundidad. Porque esas estanterías siguen teniendo polvo, aunque ese polvo no se vea.

Este comportamiento muestra, pues, un profundo egoísmo. Y esto lo hilo con el último concepto de Bauman que ha puesto en funcionamiento mis lacrimales: el de amor propio. ¿Qué es el amor propio? A fin de cuentas, nada más y nada menos que la esperanza de ser amados. En el momento en que esa esperanza se pierde, se produce al autoaborrecimiento. Y es que el ser objeto de un amor arranca a la persona de "entre todo el mundo" y la convierte en un "alguien bien definido": la hace especial. Siguiendo con esta dinámica de afectos reprimidos, relaciones fugaces y amores líquidos, criamos una raza de autómatas que, además, nunca serán verdaderamente felices.

Ponéos a pensar en todas esas balletas que habéis tirado a la basura, en esas oportunidades de convertiros en alguien especial que perdísteis por miedo a la marginación, a la pérdida de independencia o al sufrimiento por otro que no eráis vosotros mismos. Planteaos el polvo que hay en vuestras repisas; el de las demás estanterías. Hacedlo, por favor, y luego reid, si queréis, reid a costa de esta mopa perteneciente a la masa de las mopas, a la que nadie se ha empeñado en definir jamás.

martes, 28 de abril de 2009


Hoy, ni gripe del cerdo ni cumbre del G 20. Incluso demasiado cansada como para verterlo todo en forma de metáforas absurdas en un poema. Hoy, sólo quiero hablar. Algo tan fácil, tan sencillo como sentarme frente a una cara sin expresión, o con ella, aunque sea de hastío. Y hablar.
Quizás porque es lo más primario, lo más instintivo, comunicarse. De hecho, ¿por qué si no estaría yo escribiendo esto aquí en lugar de un diario o en cualquier folio en sucio que se perdería entre la maraña de mis apuntes caducados? Puede que porque, en mi ingenuidad, creo que de este modo, aunque indirectamente, sí me comunicaré con alguien. Un alguien que comience a leer el post por casualidad, que quizás lo deje a la mitad ya harto de mis plantos; que quizás lo termine para resarcirse un poco más en mi miseria. Pero que lo lea, a fin de cuentas.

Harta de que nada tenga sentido para nadie; de que nada sea importante para nadie; de sentirme completamente extraña en un mundo de arcoiris teñidos de burla. Vuelvo a sentirme así, hoy, sin asideros, sin esposas que me encadenen a algo que me importe lo más mínimo .
Hoy muero intestada, sin legado. Seré una muerta no llorada.

Hoy me siento como un árbol octogenario sin raíces y, lo que es peor, sin hippies de pies descalzos que se encadenen a su tronco para evitar su tala. Como un caniche abandonado en la perrera junto a miles de bulldogs que le dirigen incisivos llenos de babas y de rabia. Como un caballo cojo a punto de ser sacrificado sin jinete que derrame una lágrima por su grupa amarillenta.
Sin nada y sin nadie, vacía como un cenicero que sólo alberga colillas, recuerdos de viejas candencias ya consumidas.
Vacía y, sin embargo, tan llena... Llena de un nosequé que no me dejan compartir, ansiosa de un aquelarre, de sobrevolar las noches con la magia que alguien se empeña en que permanezca dormida pero que yo sé que reside en algún rinconcillo de esa esperanza que aún me queda entre lamento y lamento.


Siento los párpados llenándose de lágrimas tan testarudas que se esfuerzan por no sucumbir a la fuerza de la gravedad, consiguiendo con su trabajo prolongar un poco más ese estado inconscientemente agónico de detenimiento de la melancolía. Hoy moriría por poder morir si morir fuese volver a empezar convertida en otro alguien. Hoy, caería en forma de lluvia sobre los cabellos de los amantes; sobre las primeras carreras de los niños; sobre las baldosas secas que esperan impacientes su líquida humillación. Hoy, recubriría las suelas de los tacones más altos, cosa que nunca he sabido hacer sin cierta ridiculez; empaparía los calcetines de algodón de ese modo del que me gustaría empapar los corazones, precipitaría mis gotas insolentes sobre cada rostro que buscase la sorpresa del tacto, como el mío en este instante, tan impoluto, tan inocente, buscando la ebriedad de la fricción, caería como lluvia...

... y, sin embargo, no, sigo siendo yo, siguen siendo mis lágrimas y mi soledad, sobre todo ella, la única que se sienta frente a mí, con su cara sin expresión a escuchar mis pesares. Porque el resto del mundo está demasiado ocupado en su verano infinito, ése en el que nunca llueve...

lunes, 27 de abril de 2009

Wake up, dead man


Al final siempre renuncias.
Porque lo veo en tus ojos de águila mal acostumbrada.
Despejas el aliento
y sucumbes a la arrogancia
del sosiego infantil.
Qué más dan las intenciones,
sean buenas o malas;
las pruebas en los espejos
¡qué más dan!
si el vidrio siempre miente,
igual que tus premoniciones
de místico en prácticas.
Al final siempre renuncias.
Porque el viento sopla fuerte
o porque la glucosa tienta.
Que más da: renuncias.
No se regalan harenes
todos los días.
Y renuncias,
te sientas en tu trono de espíritu aburguesado
y observas el mareo del transeúnte,
de tu propia fiebre
empapada en clausura.
¡Qué fácil resulta
sólamente
dejarse hacer,
cerrar los ojos
y levitar los andares!
¡Qué fácil, que sencilla
resultó la renuncia;
y qué dolor, mis córneas,
postradas ante tu derrota!
Qué fácil, qué sencillo:
tú, renunciando,
haciendo renunciar, también,
a mis manos...







martes, 21 de abril de 2009

Preguntas retóricas

¿Sería feliz Aristóteles cuando, desterrado y moribundo, caminaba con pesar cada paso que lo alejaba de su tierra? ¿Pensaría, acaso, que aquel, a pesar de triste, era un digno final para un hombre que defendía sus ideas? Y, ¿qué hay de Dante, expulsado de su Florencia natal, con tan sólo unos pergaminos bajo el brazo y con la única compañía de una imaginaria y vilipendiosa Beatriz ?¿Pensaría Gutemberg, al pie de la horca, que había sido una buena idea mostrar al mundo que la tierra era redonda? ¿Acaso Kafka, Nietzche, Poe, Rimbaud, grandes pensadores y literatos, no hubiesen cambiado sus maravillosas obras por unos instantes de comprensión?

La raza humana es compleja y diábolica. Ha llegado a configurar una serie de redes, de patrones preestablecidos surgidos, según los religiosos, del más allá; según los ateos, de no se sabe muy bien dónde, que se acatan y se siguen a rajatabla aun con la conciencia (ignorante, si se me permite) de la deseada libertad. ¿Es libertad vivir entre los barrotes de una cárcel impuesta por una sociedad sin cabeza que se autocondena al mimetismo? ¿Es, pregunto, libertad obedecer unas normas no escritas, a menudo perjudiciales para los propios deseos del hombre, que proceden de unos altos estamentos no conocidos aunque sí temidos precisamente por su poder de aglutinamiento de masas?

En un siglo XXI en el que la independencia está tan de moda como las camisetas del Che Guevara, la revolución se extingue lentamente como una cerilla perdida en las fauces de la noche. Todo está controlado. Todo responde a un proyecto implacable por ordenar nuestros pensamientos o, lo que es peor, nuestros sentimientos en carpetas de plástico duro que se archivan por colores según grados de intensidad. Ya no hay génesis ni nacimiento, sino sumisión . Y aquellos, aquellos que osan traspasar la línea de lo coherente, de lo tolerable , son relegados al más profundo de los abismos: a la exclusión, al rechazo.
Es tan sencillo ver una película, leer un libro, mantener una interesante conversación sobre aquellos personajes que han marcado la historia... esos personajes, esos visionarios que, en uno u otro campo, han contribuído a que lleguemos hasta aquí, a que nuestra historia sea esta y no otra, a través de sus errores y sus azañas. Sus ideas, su pensamiento. Resulta curioso observar como la mayoría eran despreciados en su época, llegándose a comprender su forma de ver el mundo con años, incluso siglos de retraso, momento en el que sus tesis son admiradas; sus cuadros, subastados por miles de millones; sus escritos, convertidos en best sellers; sus caras, en cada libro de texto.

Mas, he aquí la cuestión. Los grandes luchadores, los grandes revolucionarios intelectuales, ¿no se arrepentirían nunca de haberlo hecho? ¿No verían sus grandes ideas caer en saco roto al mirar a su alrededor y no contemplar más que vacío y miradas críticas? ¿En qué se apoyan, precisamente, esos ficheros, esos enormes archivos que registran las únicas doctrinas que pueden ser aceptadas? Se apoyan en el miedo. En el miedo a la soledad. Porque nadie es autosuficiente, ni siquiera ese Dios al que muchos rezan y otros tantos autobuses niegan. Porque tuvo que crear al hombre, y éste pidió una Eva, porque no podía estar solo. Y sucumbió a comer la manzana, aun a pesar de sus creencias, por ella. Quizás porque la muchacha tenía portentosos pechos o encantadoras sonrisas, pero, en síntesis, por no estar solo. Solo contra el mundo, que en aquel momento, era aquella Eva que lo miraba con ojos solícitos.

¿Qué satisfacción puede provocar la defensa de unos ideales frente a la condena a un ostracismo inevitable?
¿Qué felicidad personal puede obtenerse del suicidio de la obtención de cariño, aun en base a unas fuertes convicciones propias?

O... dicho de otro modo... ¿sucumbir o no sucumbir?

viernes, 17 de abril de 2009

Re-atoparse

... e se atopar, de súpeto, sen demandalo, sen sequera agardalo, sen presentilo; ou pode que si, coma un vaivén, un quedo rumor que te mece como fan as ondas mornas nas noites de San Xoan, alumeadas por fogueiras que se alimentan por algo máis ca chamizos.

Atoparse, sentir a intriga do solpor nos pés descalzos, na auga que esvarece polos cumios das rochas, que reflicte os sons das bateas, o murmurar das redeiras ás portas da marcha dos mariñeiros. A sorna da lonxa, dos tellados ateigados de gaivotas, do vento en trance a sucumbir ás intigras das marexadas.

Atoparse, agochar a saudade nunha pota de ferro e asbilcar os fentos cubertos de orballo; camiñar á beira das fincas, do rumiar incesante das reses, do quefacer das pitas, dos berros asoballados polos intres de evasión, dos chanzos escarregados no camiño, marcando unha escolma de delirios: das pegadas do emigrante inquedo que regresou para salpicar o hoxe de espertares.

Atoparse, entre o queixume morriñento do afiador, o recendo do ar nas noites de lúa minguante empapados na suor dos labregos; afundirse no equilibrio estrepitoso das meigas, das noites de esmorga, dos días de gris néboa que mancan nas pupilas.

E atoparse, atoparse, en redor dunha fraga mesta e húmida que te agarima cos seus tentáculos de herba, atoparse, na Terra: coa Terra; pechar os ollos e, por un intre, non recordar que és unha formiga aplastada no asfalto de Madrid.