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jueves, 8 de abril de 2010

Ver el tiempo pasar...



Y, al final, yo sólo quería ver el tiempo pasar, reducirse los caudales, agotarse los posfacios de todos los libros.
Recordar sin añoros, saborear lo que será, perderme en cualquier tacón que pasase en el momento. Poder vivir ahora y no después.

Al final, yo sólo quería ver el tiempo pasar, escaparse los bramidos, ahuyentar todas las lanas. Quería nuevo y nunca más. Perderme en el calor del estío que da paso a la hojarasca; pisar otras hojas, beberme otras líneas.

Sólo quería ver el tiempo pasar, susurrar lo que fue como una película antigua, ungir nuevas esperanzas.
Voltear el colchón y quitarle la polilla; quería ocaso, sonrisa, adiós.

Quería ver el tiempo pasar, cerrar la puerta, hacer ruido, no volverme. Cruzar todos los marcos; arrojar las tripas sucias; acariciar la vida, no rozarla.

Ver el tiempo pasar...

domingo, 10 de enero de 2010

Vuelta

Vuelta a todo.
A los madrugones (in)cansables, las cuestas (de un lado y del otro), los edificios de cemento.
Vuelta al calor en la habitación y el frío en el pasillo, a la sal en las carreteras, a las narices rojas.
Vuelta a los desayunos sola, con un croissant mixto demasiado caro aunque sabroso, El País (cuando te dejan) y arropada por varias (demasiadas) miradas indeseables.
Vuelta a las decepciones, las llamadas sorprendentes, las pelusas espontáneas, las visitas renovadoras.
A los sueños y las catástrofes.
Vuelta a los cines en versión original (películas buenas y malas), los cafés de Starbucks, las distancias tan distantes. Las esperas en Atocha, Chamartín, Barajas.
Los besos.
Vuelta a las cañas, las carreras porque cierra el metro, las extenuantes esperas al N21.
Las posibilidades.
Vuelta a los escándalos en plena noche, las paredes de papel, una cama a ras de suelo. Los paseos con el Ipod en días de reflexión.
Mi butaca del Ikea. El hastío del comedor. Los vales descuento del Vips. Oes y aes cuando nieva.
Vuelta a las infinitas calles, los resbalones y sus inseparables vergüenzas, los descubrimientos, las brújulas.
Las rebajas, los verbos desconocidos, la búsqueda de identidad.
Vuelta a los abrazos en plena noche (a veces). El calor.

Vuelta a la ciudad que me ve crecer y desfallecer a cada paso. A su inhóspito recibimiento sibarita.
Esperando, esta vez sí, la reconciliación.

miércoles, 28 de octubre de 2009

El fin del mundo

A veces, todo parece aniquilarse; estallar en pequeños pedazos de cristal fino que, sin piedad, arañan y desgarran los corazones que encuentran a su paso. A veces, donde nada cesa y todo se interrumpe, logro sentirme fuera del lecho de la humanidad, fuera de las vísceras mecánicas de ese camino precocinado que damos en llamar destino, cuando él mismo me vuelve sus fauces y entona rugidos y llantos que me hacen perder la calma.

Es difícil mantenerse fiel a la corriente cuando parece que todo languidece.

La eternidad, fugitiva, ruega a alguien que le haga caso, mientras las miradas de los transeúntes se encierran en su propia oscuridad. De veras, el silencio, las nubes, parece que todo se acaba, que nada está ordenado, que ya perderse es inevitable. La muchedumbre inquieta y sudorosa atiende a mis lágrimas mientras me esfuerzo por creer que eso es sólo un momento pasajero, algo insólito y probablemente insignificante.

Pero las horas pasan. El rosa pálido del cielo se torna azul gélido, como mis vértebras, y ya me da igual llorar en la puerta de una estación, que me pisen los niños y las ancianas apresuradas; vivo en mi burbuja que de repente me muestra una realidad melancólica y opaca sin muchos tintes de cambio.

Las estrellas palpitan; quizás son la única luz en esa sinfonía de temores y sombra y mucho mucho llanto. Qué le vamos a hacer si hoy ha sido un mal día. Tengo todas las razones para pensar que tras una buena noche de sueño todo pasará y el sol me devolverá las ganas de respirar.

Pero todo se desvanece. Y esos pedacitos de cristal se me clavan como puños de metal ácido. La fachada se derrumba, sólo soy yo y mi circunstancia: yo contra esta circunstancia mía sin sentido y sin serenidad que me obliga a recorrer Madrid entre jadeos y ojos empañados. Realmente, parece que todo muere. Todo está agonizando a mi alrededor.

Y habrá que esperar a mañana para saber si un rayito de luz volverá a iluminar las baldosas, si la ciudad y yo resucitaremos al unísono y se olvidarán los llantos en las estaciones y los dolores prematuros. Habrá que esperar a mañana para saber si el frío no lo es tanto y los puñales eran caricias mal interpretadas. Habrá que esperar a mañana porque quizás sólo fue un mal día.

O quizás es verdad, y esto era el fin del mundo.

lunes, 21 de septiembre de 2009

¿Quién eres tú?

Preocupada por mi falta de libro de cabecera desde hacía, exactamente, 21 horas, rebusqué entre los bolsos y las chaquetas hasta encontrar un poco de calderilla que, en su conjunto, me permitiera al menos agenciarme un librito pequeño, casi insignificante, pero que consiguiese su objetivo principal: entretenerme un poco y librarme de las largas y trágicas horas de espera.
Tras esta ardua labor, me encaminé hacia la librería más próxima, y sin pararme ante el estante de novedades y grandes libros de tapa dura, me dirigí hacia el único lugar a donde podría dirigirme siendo realista con mis posibilidades monetarias: el estante de esos pequeños libros de bolsillo, (tal vez llamados así, no tanto por su tamaño, sino porque son los únicos adecuados a todos los bolsillos); ésos de letra tan pequeñita que mi incipiente miopía me obliga a pegarme a menos de un palmo de sus hojas, como si rastreara oro entre torrentes de papel rugoso pero que, al fin y al cabo, siguen albergando las grandes obras de la literatura universal entre cartón barato y que realizarían bien la función que yo les tengo encomendada.

Entre mi condición de galega y el hecho de haberme despertado con el día indeciso, pasaron los minutos sin que yo pudiera decidirme por uno de ellos. Ninguno me llamaba demasiado la atención, no había mucho donde escoger, y mi mano le daba vueltas enérgicamente a esos pequeños estantes postizos de plástico de las colecciones de Anagrama y Cátedra sin que mis ojos se fijasen ni por una vez en alguna portada concreta. Al fin, adiviné entre los libros un par de títulos interesantes, aunque ninguno de ellos me susurró al oído "cómprame".

Entre Ibsen y Kadaré encontré escondido "Retrato de un artista adolescente"; bien es cierto que cuando leí "Dublineses" no me entusiasmó, pero tenía ganas de leerme ese libro y nunca lo había visto en edición barata. Tras leer la contraportada, me dispuse a proseguir con el ritual que llevo a cabo cada vez que compro un libro: pasar sus páginas mientras rozo el papel y, en un momento de despite del librero de turno, olerlo. Pero antes de que pudiera continuar con él, y mientras pasaba las páginas con soltura, pude vislumbrar que, por la mitad del libro, había un pequeño trozo de papel doblado que contenía algo escrito en bolígrafo azul. No me atreví a mirar qué era; sólo estaba segura de que no se trataba del precio ni de ninguna otra cosa rutinaria, sino que aquello era un regalo, un plus a la novela, una señal de que debía llevármela. De repente, me sentí como en un libro de Los Cinco: sólo me faltaban los shorts y las galletitas de jenjibre.
Mirando a ambos lados, como si alguien pretendiese arrebatarme a mi recién conseguido tesoro, lo estreché entre mis manos y me acerqué a la caja para pagarlo. No podía esperar a llegar a casa y descubrir de qué trataba aquel papel misterioso. ¿Sería el mapa de un tesoro? ¿Una declaración de amor, quizás? ¿Un código secreto de espionaje?

Me senté en el sofá, y lentamente, abrí el pequeño papel doblado. Lo que se encontraba en él no era ni más ni menos que un poema, un poemilla escrito con pequeña letra cursiva que se doblaba levemente hacia el lado derecho en boli bic azul. Y el poema venía firmado. Su autor o autora firmó como Pérez Duarte.
Tras releer el poema unas cuantas veces, pensé en el tal o la tal Pérez Duarte. No sé quién es, probablemente nunca lo sabré. Pero su pequeño poema escrito en un pedazo de papel doblado me ha otorgado unos de los momentos más deliciosos de estos últimos días. El descubrimiento del poema ha llenado de romanticismo un día como cualquier otro, hasta tal punto que he decidido hacerlo alguna vez en mi vida. Nunca sabré a qué Arancha podré alegrar. Quizás ninguna Arancha lo encontrará; quizás escoja mal el libro y nunca lo compre nadie o se le caiga cuando vaya a pagarlo o el susodicho comprador decida que es mejor tirarlo a la papelera para no entorpecer su lectura.

Pero puede, también, que me convierta en otra Pérez Duarte (persona misteriosa y anónima que deposita poemas de estupenda caligrafía entre libros de bolsillo alegrando el día de chicas como yo).

Y, de paso, he agregado una nueva definición a mi diccionario.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Esperas y postales

Los días de hacer tiempo son días incómodos y prescindibles. Erigen sus 24 horas como fortalezas rodeadas de catapultas, a la espera de un disparo acertado a un sistema nervioso cada vez más cansado de esperar. ¿Esperar... para qué? A veces, simplemente, para volver a la rutina. Otras veces, para encontrar nuevas emociones. Alguna vez, incluso, para despejar incógnitas.

En esta vida que son dos días, de gripes A’s y cánceres varios, la impotencia se adueña de aquellos que, como yo, pretenden ser felices a cada instante sin conseguirlo. A veces el carpe diem no sólo depende de uno. A veces, brujas disfrazadas de princesas juegan a amargar un poco más ese tablero de la vida que ya de por sí rezuma abulia. Otras veces, el tiempo nos juega malas pasadas, apremiando nuestros corazones y nuestros párpados, hasta descubrir que es mucho, demasiado el tiempo hasta llegar a la meta.

Los minutos consecutivos se tornan idénticos ante la ausencia de ruido, de inquietud, de movimiento. Demasiadas miradas impacientes a demasiadas pantallas vacías. La incesante búsqueda de causalidad se vuelve monótona y pierde el sentido. El deseo del futuro, la duda de lo que vendrá se torna fervor entre días que parecen clones herméticos y aburridos de una misma jornada exenta de vida.

Y, en estos días de publicidad, de paréntesis alargado, una postal perdida que encuentra su legítimo lugar entre montañas de espera. Una imagen que mira de soslayo y exclama satisfacción.
Porque a veces la espera también es esperanza.

lunes, 3 de agosto de 2009

Cerrado por vacaciones



ECHADME DE MENOS

Au revoir!

martes, 28 de julio de 2009

...I wasn't born to lose you


Una miserable luna cae sobre el techo de Ourense como caen las manos de los niños sobre los caramelos en las cabalgatas. El espesor de unos días demasiado anodinos se disuelve entre las mareas de ilusión y certezas, que, a pesar de todo, no consiguen desviar del todo el nauseabundo olor de la monotonía.
A veces, todo se rompe con otro monótono pero esperanzador sonido. Las llamadas de teléfono se suceden entre sonrisas que nunca llegarán a ser desvirgadas, quejas, estallidos, unos ojos demasiado cansados de esperar.
En ocasiones, las bocas se congelan, todo se concentra en un suspiro, una caricia extraviada de nuevo, y otra noche que se acuesta entre la soledad de los edredones que quieren ser compartidos.

La violencia angustia a la monotonía como los adolescentes rebeldes a los padres escrupulosos. Elabora planes de huída; la ternura perece a veces entre las rejas de su cárcel de ausencia.

Los borrones emborronan demasiado misterio, la vuelta se vislumbra entre demasiados caminos futuros, caminos donde la tierra florece inerte el caminar de unos pies ya mutilados. Demasiados auxilios en silencio. La boina y las zapatillas, demasiados recuerdos, perder el instinto entre demasiadas preguntas.

Todo parece claudicar. Demasiados estigmas, demasiados gritos a deshora, demasiadas astucias inocentes, demasiados argumentos atrapados,demasiadas lesiones cabalgantes, demasiados mediodías a solas.
Demasiados kilómetros.


Una sola respuesta.


The guilty undertaker sighs,
The lonesome organ grinder cries,
The silver saxophones say I should refuse you.
The cracked bells and washed-out horns
Blow into my face with scorn,
But it's not that way,
I wasn't born to lose you.

viernes, 24 de julio de 2009

Bom día da Patria Galega!



Pola miña Terra.
Por todos os 25 de xullo, que non nos permiten esquecer o que somos.
Polo orgullo do Galego.
Por hoxe. Por sempre.

BOM DÍA DA PATRIA GALEGA

sábado, 20 de junio de 2009

En resumen


¿Qué funciona aquí? ¿Qué?

Funcionan las bromas absurdas, metáforas de la inseguridad de algunos tan inseguros que apenas se dan cuenta de sus propios caminos.
Funcionan las seducciones sin seducción, sin miradas de soslayo y sin roces palpitantes: sólo los vómitos de esperma y los contagios de saliva sin promesas.
Funcionan los gritos, los chillidos caóticos, lo que perturba el horizonte: eso funciona, mejor que cualquier otra cosa.
Funcionan los discursos eminentemente preseleccionados y basados en los clichés más manidos siendo, sin embargo, los más imitados y reconocidos.
Funcionan los llamamientos a las armas, las noches de insomnio premeditado atufando audiencias con sermones ante los que el mismo Lenin se postraría avergonzado; sermones revolucionarios a los pies de un Ipod Touch de 20 gigas.
Funcionan las carcajadas, no las risas; los golpes, no las danzas; los delitos, no las travesuras.
Las mentiras funcionan, las grandes mentiras, las ficciones compartidas y convertidas en leyes inquebrantables.
Funcionan los sueños de aquellos que ni siquiera se atreven a soñar.
Ante todo, funciona el miedo, la intimidación, el sarcasmo de la violencia. La convicción del sutil poder de arrastre de las masas. Y la sutil disposición de las masas para su arrastre.
Funcionan las máscaras, los disfraces, los telones tupidos y cubiertos de verborrea. Lo opaco de las miradas. Lo sucio de los despertares. Las conversaciones sin contenido, las noches con droga y los cariños superfluos.
Los adioses que no duelen. Esos funcionan.

Calando al mundo mientras, astuto, ensaya su coreografía de anhelos.

(Disculpad mi silencio. A veces, para mirar desde fuera, hace falta algo más que dos ojos empapados: un tiempo ajeno a la vorágine y un corazón tan fuerte que consiga soportarla).

martes, 28 de abril de 2009


Hoy, ni gripe del cerdo ni cumbre del G 20. Incluso demasiado cansada como para verterlo todo en forma de metáforas absurdas en un poema. Hoy, sólo quiero hablar. Algo tan fácil, tan sencillo como sentarme frente a una cara sin expresión, o con ella, aunque sea de hastío. Y hablar.
Quizás porque es lo más primario, lo más instintivo, comunicarse. De hecho, ¿por qué si no estaría yo escribiendo esto aquí en lugar de un diario o en cualquier folio en sucio que se perdería entre la maraña de mis apuntes caducados? Puede que porque, en mi ingenuidad, creo que de este modo, aunque indirectamente, sí me comunicaré con alguien. Un alguien que comience a leer el post por casualidad, que quizás lo deje a la mitad ya harto de mis plantos; que quizás lo termine para resarcirse un poco más en mi miseria. Pero que lo lea, a fin de cuentas.

Harta de que nada tenga sentido para nadie; de que nada sea importante para nadie; de sentirme completamente extraña en un mundo de arcoiris teñidos de burla. Vuelvo a sentirme así, hoy, sin asideros, sin esposas que me encadenen a algo que me importe lo más mínimo .
Hoy muero intestada, sin legado. Seré una muerta no llorada.

Hoy me siento como un árbol octogenario sin raíces y, lo que es peor, sin hippies de pies descalzos que se encadenen a su tronco para evitar su tala. Como un caniche abandonado en la perrera junto a miles de bulldogs que le dirigen incisivos llenos de babas y de rabia. Como un caballo cojo a punto de ser sacrificado sin jinete que derrame una lágrima por su grupa amarillenta.
Sin nada y sin nadie, vacía como un cenicero que sólo alberga colillas, recuerdos de viejas candencias ya consumidas.
Vacía y, sin embargo, tan llena... Llena de un nosequé que no me dejan compartir, ansiosa de un aquelarre, de sobrevolar las noches con la magia que alguien se empeña en que permanezca dormida pero que yo sé que reside en algún rinconcillo de esa esperanza que aún me queda entre lamento y lamento.


Siento los párpados llenándose de lágrimas tan testarudas que se esfuerzan por no sucumbir a la fuerza de la gravedad, consiguiendo con su trabajo prolongar un poco más ese estado inconscientemente agónico de detenimiento de la melancolía. Hoy moriría por poder morir si morir fuese volver a empezar convertida en otro alguien. Hoy, caería en forma de lluvia sobre los cabellos de los amantes; sobre las primeras carreras de los niños; sobre las baldosas secas que esperan impacientes su líquida humillación. Hoy, recubriría las suelas de los tacones más altos, cosa que nunca he sabido hacer sin cierta ridiculez; empaparía los calcetines de algodón de ese modo del que me gustaría empapar los corazones, precipitaría mis gotas insolentes sobre cada rostro que buscase la sorpresa del tacto, como el mío en este instante, tan impoluto, tan inocente, buscando la ebriedad de la fricción, caería como lluvia...

... y, sin embargo, no, sigo siendo yo, siguen siendo mis lágrimas y mi soledad, sobre todo ella, la única que se sienta frente a mí, con su cara sin expresión a escuchar mis pesares. Porque el resto del mundo está demasiado ocupado en su verano infinito, ése en el que nunca llueve...

martes, 21 de abril de 2009

Preguntas retóricas

¿Sería feliz Aristóteles cuando, desterrado y moribundo, caminaba con pesar cada paso que lo alejaba de su tierra? ¿Pensaría, acaso, que aquel, a pesar de triste, era un digno final para un hombre que defendía sus ideas? Y, ¿qué hay de Dante, expulsado de su Florencia natal, con tan sólo unos pergaminos bajo el brazo y con la única compañía de una imaginaria y vilipendiosa Beatriz ?¿Pensaría Gutemberg, al pie de la horca, que había sido una buena idea mostrar al mundo que la tierra era redonda? ¿Acaso Kafka, Nietzche, Poe, Rimbaud, grandes pensadores y literatos, no hubiesen cambiado sus maravillosas obras por unos instantes de comprensión?

La raza humana es compleja y diábolica. Ha llegado a configurar una serie de redes, de patrones preestablecidos surgidos, según los religiosos, del más allá; según los ateos, de no se sabe muy bien dónde, que se acatan y se siguen a rajatabla aun con la conciencia (ignorante, si se me permite) de la deseada libertad. ¿Es libertad vivir entre los barrotes de una cárcel impuesta por una sociedad sin cabeza que se autocondena al mimetismo? ¿Es, pregunto, libertad obedecer unas normas no escritas, a menudo perjudiciales para los propios deseos del hombre, que proceden de unos altos estamentos no conocidos aunque sí temidos precisamente por su poder de aglutinamiento de masas?

En un siglo XXI en el que la independencia está tan de moda como las camisetas del Che Guevara, la revolución se extingue lentamente como una cerilla perdida en las fauces de la noche. Todo está controlado. Todo responde a un proyecto implacable por ordenar nuestros pensamientos o, lo que es peor, nuestros sentimientos en carpetas de plástico duro que se archivan por colores según grados de intensidad. Ya no hay génesis ni nacimiento, sino sumisión . Y aquellos, aquellos que osan traspasar la línea de lo coherente, de lo tolerable , son relegados al más profundo de los abismos: a la exclusión, al rechazo.
Es tan sencillo ver una película, leer un libro, mantener una interesante conversación sobre aquellos personajes que han marcado la historia... esos personajes, esos visionarios que, en uno u otro campo, han contribuído a que lleguemos hasta aquí, a que nuestra historia sea esta y no otra, a través de sus errores y sus azañas. Sus ideas, su pensamiento. Resulta curioso observar como la mayoría eran despreciados en su época, llegándose a comprender su forma de ver el mundo con años, incluso siglos de retraso, momento en el que sus tesis son admiradas; sus cuadros, subastados por miles de millones; sus escritos, convertidos en best sellers; sus caras, en cada libro de texto.

Mas, he aquí la cuestión. Los grandes luchadores, los grandes revolucionarios intelectuales, ¿no se arrepentirían nunca de haberlo hecho? ¿No verían sus grandes ideas caer en saco roto al mirar a su alrededor y no contemplar más que vacío y miradas críticas? ¿En qué se apoyan, precisamente, esos ficheros, esos enormes archivos que registran las únicas doctrinas que pueden ser aceptadas? Se apoyan en el miedo. En el miedo a la soledad. Porque nadie es autosuficiente, ni siquiera ese Dios al que muchos rezan y otros tantos autobuses niegan. Porque tuvo que crear al hombre, y éste pidió una Eva, porque no podía estar solo. Y sucumbió a comer la manzana, aun a pesar de sus creencias, por ella. Quizás porque la muchacha tenía portentosos pechos o encantadoras sonrisas, pero, en síntesis, por no estar solo. Solo contra el mundo, que en aquel momento, era aquella Eva que lo miraba con ojos solícitos.

¿Qué satisfacción puede provocar la defensa de unos ideales frente a la condena a un ostracismo inevitable?
¿Qué felicidad personal puede obtenerse del suicidio de la obtención de cariño, aun en base a unas fuertes convicciones propias?

O... dicho de otro modo... ¿sucumbir o no sucumbir?

martes, 31 de marzo de 2009

Catástrofe temporal

Las prisas se agolpan frente a toneladas de residuos que, surgidos de la nada, han decidido adornar un suelo demasiado lleno de pelusas sin nada que contar. De ser una instantánea, retrataría el caos, mas no lo es: es un cuarto de forma poliédrica y manchas en las paredes que parece enjaular una marea de vivencias que, sin embargo, se traducen en una vida monótona. La maleta, abierta de par en par sobre la cama, clama a gritos unas cuantas prendas de ropa interior que, sueltas sobre una red medio rota, flotan entre calcetines sin pareja y alguna que otra tira de sujetador viuda. Las fotocopias de unos apuntes de sociología se enmarañan entre un par de relatos de Borges, mientras una agenda estratégicamente colocada frente al portátil (más lleno de polvo que de palabras) recuerda las tareas por hacer. Muchas y muy poco interesantes.
Un reloj de Decatlon, esperando a ser retrasado seis horas, reposa sobre una antología de Gioconda Belli y ésta sobre Las intermitencias de La muerte, y éste sobre La conquista de la felicidad y todos sobre una mesilla escuálida que intenta frugalmente acompañar a un catre desfigurado, lleno de edredones, almohadas y ausencia. El sudor y el insomnio hacen mella en una cara que, blanca en toda su redondez, se refleja en un espejo que unas manos un tanto torpes precipitaron de la pared al suelo, en su afán de rectitud. Una bolsa de Zara llena de periódicos atrasados se esfuerza por reseñar que su propietaria lleva unos cuantos días sin leer la prensa, como un augurio demente que susurra ineptitud e ineficacia.
El tiempo, ese enemigo íntimo que nos deleita con su falta en momentos de angustia, se me antoja hoy como el galgo ganador en esta carrera sin meta que es mi vida. Cada segundo parece volatilizarse entre deberes absurdos y charlas sin sentido que se consumen frente a cafés fríos y llamadas a deshora. El tiempo. Lo pierdo por los rincones, casi tanto como las llaves, siendo sólo superado en cantidad de pérdidas por la cabeza y la seguridad. Las obligaciones, absurdas en su mayoría, van consumiendo poco a poco el cameo que lo verdaderamente importante solía tener en mi día a día, convirtiéndolo en una tragicomedia de poca monta que lucha por abrirse paso en la copada parrilla en la que se traduce mi entorno.
El tiempo. Maldito aguafiestas. Pasa sin saludar y me hunde en el olvido los momentos que, casi sin quererlo, se convirtieron en iconos. Y me deja un regustillo amargo, como a rutina caducada, que se extiende del paladar al pecho trasladándome, en cuestión de segundos, al amplio sendero de la melancolía.

Hoy mi cuarto sonríe cerrado a las horas que pasaron por él dejando sus pisadas oscuras. El desorden parece, incluso, parte de él; parece que siempre hubiese estado ahí, como un enorme reloj de arena que, desapercibido, va arrastrando su delicado contenido por el cristal. No sin esfuerzo, logro encontrar mi sitio entre el pantalón de pijama y la mochila de montaña que parece sugerirle a mi cuaderno de notas una escapada romántica.
Todo parece ser el vivo retrato de mis disturbios. Y el tiempo, como no, la mano que pinta el lienzo.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Carencia total de inspiración (II)

Respirar. Respirar nicotina y ausencia de magia. Las carreteras asfaltan de manera prosaica un torrente de pensamientos mientras los pulmones, carentes de oxígeno, buscan desesperadamente un combustible ajeno al miedo. Y todo se derrumba. Agazapados por una bocanada de aire, los instintos depredadores eternizan una guerra fría sin teléfonos rojos que construye muros por doquier. (Esos no se derrumban).

Mirar en rededor, con mirada necia. Crisis, crisis, crisis. Mas, por mucho que diga la prensa, todo se regala. Las almas pagando letras de hipotecas que han venido a convertirse en las sustitutas del diablo. Los ojos evitando encontrarse; tropezar desinteresadamente como solían hacerlo, por temor a que algo los succione y se queden atrapados en un bache retrasando su huída de quién sabe qué. Ya no hay principios (ni siquiera finales), soñar es de bobalicones y de comedias americanas. Las glotis se impermeabilizan tras corrientes de saliva que, forzosamente, se deslizan por su superficie hasta causar tumulto. Se traga saliva como se tragan ilusiones.

Recordar. Recordar inocencias, que murieron en el seno del escepticismo exentas de quimioterapia. Luces y sombras que configuraron el elenco de una función que nunca llegó a estrenarse aunque resistió pasivamente al desgaste del tiempo, de la faz de las dudas (hasta aquel maldito holocausto...). Recordar. Cuando aún era posible llorar de cara al público y las manos jugaban a entrelazarse y regalarse vida. Cuando las garras enmudecían ante un sonido de carcajadas. Cuando los monstruos vivían debajo de la cama y no en el pecho.





Preguntarse...




¿Quién puede llamarse poeta
en un mundo sin poesía?


lunes, 2 de marzo de 2009

Oración polos parvos

Perdóanos, señor, tanta parveza
e ten piedá de nós, dos probes parvos
que andamos os camiños das estrelas
cos ollos acendidos
na bebedeira tépeda das fábulas.

Celso Emilio Ferreiro

Nunca
unhas chamas quebraron

o devagar

das pantasmas.

Ateigadas de cinza

e medos

e nonseiqué)

lonxe de se derrubaren

anidaron no cortello
coma prol dos bacoriños
enzoufados na mugre

e nos remorsos

e nas vinganzas.


As pantasmas.

Non lembraron
as pestilencias
e os Entroidos
cubertos de lama
.

E, agora,
a sobrevivir de novo

entre o noxo

coma sempre,

coma antes,
que para se afundir

xa houbo


buques
de ácedas
entrañas
negras.


(O que pode inspirar unha decepción electoral, miña nai querida... Non quero dicir máis nada: resultaría redundante. Mais, se Celsiño levantase a testa...)

martes, 24 de febrero de 2009

Everybody's gotta learn sometime

Las nubes se abatían sobre ella como preludios de un infierno inagotable. Las gotas de lluvia que, sucesivamente, alcanzaban su cuerpo entumecido se le antojaban alfileres que alguien clavaba sin más objetivo que el de dañarla. (Por otra parte, esa idea sonaba plausible). Llevaba muchas lunas caminando; demasiadas. Sus pies descalzos le recordaban a cada paso que sus fuerzas no aguantarían mucho más mientras la árida tierra que pisaban se esforzaba por impedirle proseguir. Porque, sí, a pesar de la lluvia, la tierra estaba seca, inerte, yerma. Sentía mucha sed, no sabía cuántas jornadas llevaba sin probar un trago de agua, y prefería no saberlo. A duras penas intentó absorber algo de lluvia, sacando patéticamente la lengua fuera de su boca a modo de imán, mas lo único que consiguió fue que esos molestos pinchazos acribillasen también a su laringe. Aquello no era lluvia: eran latigazos. Apoyada sobre la rodilla izquierda, miró a su alrededor. Sentía como, en su pecho, los últimos pedazos de aliento se esforzaban por sobrevivir a lo inevitable. No había nada. Nada. Nada a lo que aferrarse, nada a lo que dirigirse y nada que recordar. Nada en absoluto.
Sus ojos fueron los últimos en apagarse. Primero uno: lentamente el párpado se deslizó hacia abajo arrastrando consigo una marea de esperanza. A continuación el otro: poco a poco iba cerrándose, cuando... ¿qué era aquello? ¿y por qué no se había percatado antes? Allá, a lo lejos, creyó vislumbrar un reflejo. Automáticamente su cuerpo, desplomado sobre el suelo, encontró un leve vigor que la impulsó a otear el horizonte. Sí, aquello era un lago. Parecía extenderse unas cuantas millas al oeste de allí junto a una zona de vegetación donde pastaban, tranquilos, lo que le pareció una manada de cervatillos. ¿Cómo era posible que no lo hubiera visto? Juraría que aquello no estaba allí hacía unos segundos.
Ya incorporada, y luchando al límite de su resistencia, comenzó a caminar. Primero, con pasos cortos, lentos. Después, más seguros y equilibrados. Reanudó el camino a buena marcha. El lago, que parecía lejano, se presentaba cada vez más próximo y los arbolillos crecían frondosos en la llanura. Lo que le pareció un ave distrajo un segundo su atención y tropezó con una piedra. La caída le pareció estúpida e incluso se pudo intuír una sonrisa. ¡Todo era tan perfecto! Cuando estaba a punto de rendirse, aquel montón de agua había aparecido de la nada dándole fuerzas para continuar, impidiéndole rendirse, demostrándole que, en la vida, no todo tenía que salir mal. Porque aquel montón de agua era mucho más que un montón de agua. Aquel montón de agua sería su remolque. Y aquel remolque, un salvavidas.
Aún con la sonrisa en la boca, y sin levantarse del suelo, dirigió su vista al lago, dispuesta a proseguir su camino.
Y, con expresión cansada, una maraña de polvo le devolvió la mirada.
El segundo párpado procedió a su cierre.

Sólo era un espejismo.


[Porque cuando piensas que algo puede empezar a salir bien en tu vida
ella se encarga de abrirte los ojos]

jueves, 5 de febrero de 2009

Autoengaño

Los seres humanos a menudo nos dejamos engañar por los demás. Esto ocurre en mayor medida en nuestra infancia, cuando la inocencia y el candor todavía nos pueblan; a medida que vamos creciendo, vamos aprendiendo de la vida, y es más difícil que nos engañen. Aún así, a veces ocurre. Pero hay una persona que siempre consigue engañarnos, pasen los años que pasen, se aprenda lo que se aprenda : nosotros mismos.

El autoengaño es una capacidad innata. El cerebro enmascara el dolor o la ansiedad reduciendo nuestra conciencia. El inconsciente nos ofrece una visión sesgada de las cosas que pretende persuadir a nuestro consciente de que haga o no haga algo; es decir: el inconsciente manipula al consciente en aras de, lo que él cree, es nuestro bien. Nos droga o anestesia para que no suframos, creando cierto tipo de espejismo que nos hace ver la realidad tal y como, en realidad, nos gustaría que fuese. Nos autoengañamos a nosotros mismos constantemente, pero este autoengaño (en cierta medida) no tiene por qué ser malo. En una dosis correcta y aplicado a ciertos aspectos, el autoengaño garantiza estabilidad, además de conseguir que se cree en el individuo en cuestión una suerte de esperanza o ilusión que muchas veces hace que consiga lo que sin autoengañarse no habría conseguido.
Es decir, nuestra confianza en nosotros mismos requiere, muchas veces, del autoengaño.

Ahora bien: hay muchos tipos de autoengaño en sus más diversos niveles. Autoengaño social y autoengaño personal. Mentiras compartidas o mentiras que nos contamos a nosotros mismos cada noche, con el rostro pegado a una almohada húmeda que, por más que coloquemos y descoloquemos, nunca nos va a dar un abrazo de verdad.
(Y quizás ya está bien de usar el "nosotros", esa ridícula fórmula de escritura que me hace pensar que alguno comparte lo que estoy contando cuando, probablemente, no sea así).
El compañero blog sustituye a la almohada en ciertos domingos y festivos, por cierto.

Continuemos: el autoengaño. Gran capacidad mientras que no nos demos cuenta de que nos estamos engañando. Porque entonces dejaremos de engañarnos. Y todo dejará de tener efecto.

Abrir los ojos es bueno, normalmente. Es lo que nos hace libres: cuando sabemos la verdad podemos decidir. Pero a veces no es tan bueno.

Cuando la verdad es ardua, y cuesta respirarla. Y cada mentira desfila por una pasarela que, quizás por casualidad, alguien ha colocado justo frente a mí. Se van desnudando paulatinamente y, al final, me miran a los ojos con expresión cansada. "Somos mentiras", me dicen. "Y ahora ya lo sabes. No volveremos a ser verdades". Y alguien cierra el telón y yo me quedo sentada en una butaca que tampoco es una butaca, porque era otra mentira, y se ha ido con las demás. Estoy sentada en el suelo mirando a la nada.
La cruda realidad se me presenta cada vez más a menudo: quizás debería agradecerle que me tenga cariño (últimamente escasea). Y me coloca un tremendo espejo delante. Y detrás. Y a la izquierda. Y a la derecha. Y mire a donde mire no puedo dejar de verme a mí, traslúcida, radiografiada, con mis defectos zambullidos en un mar de imperfección. Grandes como búfalos. Y cierro los ojos, al final, cierro los ojos porque no puedo seguir viéndolos, no puedo seguir viéndome, no quiero verme más...Pero las mentiras ya se han despedido. Sólo han dejado un radiocassete estropeado que desprende una especie de eco que, más que reconfortarme, me hace estremecer. Ahora, aunque cierre los ojos, el mundo sigue estando gobernado por la verdad. La maldita verdad. Lo más gracioso es que esa siempre ha sido la verdad. La que todos han visto siempre. Nunca ha sido otra. Y yo acabo de descubrirla.


La pregunta es:
¿Pegarse un tiro o volver a Matrix?




viernes, 9 de enero de 2009

Un curioso despertar


Hay cierto tipo de polvos blancos cuya única presencia hace desembocar un aluvión de excitaciones. Pero jamás pensé que ocurriese eso con la nieve. Un duro despertar, tras horas y horas en standby intentando acostumbrarme a la rigidez de un colchón que ya se me antojaba ajeno, repasando mentalmente fechas y nombres y echando de menos mi tierra. Y, de repente, una sorpresa. La lluvia que veía caer ante mis ojos era sospechosamente blanca y consistente.
Eran las 8 de la mañana, y sin embargo en los ojos de mis compañeros de desayuno no había legañas sino ilusión. La nieve caía formando extrañas formas y creando a nuestro alrededor la ilusión de una Navidad que ya ha pasado. Mientras veía a los canarios, perpetrados con sus mejores gorros y anoraks, brincar de alegría, pensé que aquel momento destilaba mucho más espíritu navideño del que habían tenido mis vacaciones.
Madrid, ciudad de ciudades, y capital de estado, se colapsa con la lluvia. Ya no digamos con la nieve: autobuses que no circulan, aviones que no vuelan y pequeños comercios que no abren. Pero quizás eso ayudó a que el día de hoy fuese especial: un ambiente de relajación que se consumó en un colegio mayor en el que el 90% optamos por no ir a la facultad y, en honor a la nieve, nos tomamos el día libre y nos dedicamos a observar el cielo, cada vez más oscuro y en contraste con los blancos copos que no paraban de caer, y el suelo, blanco e impoluto excepto por algunas huellas invasoras y personas que, caladas hasta los huesos, se esforzaban en dibujar formas de ángeles. Los más atrevidos se enzarzaron en una cruenta guerra de bolas en las terrazas, en la que yo participé pasivamente, espiando con una taza de té en la mano y una sonrisa en la boca. Las toses y fiebres vendrán mañana, día en el que lo único que reinará serán los espidifenes. Pero por lo de pronto, todos felices embadurnados en nieve. Embadurnados en vida.

Es curioso como una mera característica de la naturaleza puede, no sólo cambiar la moral ,sino ser motor de metamorfosis de toda una ciudad. Es curioso y maravilloso. Y la nieve ha caído hoy para templar los ánimos, para recargar fuerzas, para borrar todos nuestros pensamientos oscuros y teñirlos de blanco. Nieve purificadora.
Y que se me derrita la morriña junto con los últimos copos...