martes, 29 de diciembre de 2009

Lluvias intensas

A la derecha de la sala, un personaje. Es alto, huesudo, con largos bigotes claros y una extraña expresión en los ojos.
Nadie sabe por qué está ahí, simplemente está. No lo invitan, pero no es mal recibido. No habla; a veces, dicen, emite algún sonido hueco, sinuoso, como el crujido de un vano húmedo arrastrando noches . Viste con colores oscuros y nadie parece reparar en su presencia. Podría ser él mismo o su sombra.
No sonríe. Se ha olvidado. A veces parece dispuesto a hacerlo, pero no es una sonrisa, sino una mueca que no va mucho más allá de la nostalgia. La mayor parte del tiempo su expresión es seria, insulsa, cobarde. Ya no sabe sonreír.
Dicen que tuvo una vida, un amor. Tenían una casa verde en el campo y una mecedora de madera con las patas amarillas. Eso dicen. Pero en realidad, nadie lo sabe. A nadie le importa.Cuando apagan las luces, abandona la sala. Se pone su viejo abrigo gris de algodón. Camina lentamente, como distraído. Su expresión no cambia.
Pero en las cuencas de sus ojos, lluvias intensas. Muy al fondo, donde nadie llega ni quiere llegar, donde se moja la escarcha que sacude su aún estrábica retina. Lluvias intensas. No hay anticiclones aquí. Ni sonrisas.
Al día siguiente, se peinará sus bigotes claros. Sigue lloviendo.

jueves, 10 de diciembre de 2009

De Haidar en adelante


Todos conocemos el caso de Aminatu Haidar, la activista saharaui a la que Marruecos prohibió volver al Sáhara y que hoy en día se encuentra en huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote a espera de una solución. El caso de Aminatu Haidar se extiende a una serie de consecuencias que ponen en evidencia diversas ramas de la sociedad y de su funcionamiento: desde la política, hasta la cobertura mediática pasando por la, a mi entender, incongruente ideología de algunos que se dicen defensores de los Derechos Humanos.

Pero vayamos por partes.

A nivel político, el caso Haidar nos arroja una terrible verdad, conocida por algunos y no tanto por otros: el horror del conflicto saharui, la opresión a la que este pueblo se ve sometido por parte de Marruecos y el gobierno despótico y tirano que lidera éste último. Sin duda, la huelga de hambre de la activista saharaui ha despertado la conciencia por el conflicto del Sáhara, habitualmente olvidado por la sociedad occidental. Sin embargo, también ha arrojado este caso otra verdad: la verdad de la insignificancia de España a nivel internacional y su bajo poder de actuación.
Tanto Marruecos, principal responsable de la situación de Aminatu Haidar, como el resto de países, se lavan las manos ante una patata caliente que España intenta gestionar de la mejor manera posible sin conseguir ningún resultado. He ahí su inexperiencia. El gobierno español no desea estar a malas con Marruecos por diversos motivos; principalmente comerciales, de inmigración y sobre materia de cooperación para terrorismo. Esto es por todos comprendido, pero a pesar de ello se le podría reprochar muy firmemente la falta de honestidad a la hora de explicar las causas por las que no se enfrenta a Marruecos en esta situación y el hecho de que, siendo una democracia que apoya los derechos humanos, se relacione con un país que no los respeta.
Habiendo caído la parte mala, he de decir por mi parte, que a España le ha tocado el caso Haidar sin esperarlo y que no es un caso sencillo de solucionar. Una mujer a la que expulsan de su país, cuelan en Lanzarote y se somete a una huelga de hambre . Cuando España intenta devolverla a su país, Marruecos aborta el vuelo y lo impide. Teniendo en cuenta la corrupción y falta de legalidad de las gestiones marroquíes, así como su capacidad para tomar a España por el pito del sereno, la situación se torna realmente complicada.

Con respecto a la cobertura mediática, no cabe duda de que el caso Haidar, como ya he dicho, ha conseguido que el tema del conflicto saharaui, gran olvidado, retorne a las portadas de los periódicos y los telediarios de forma continuada. Sin embargo, mientras algunos piensan que ésto contribuirá a solucionar la situación saharaui, a mi buen ver la cobertura mediática que se está realizando en nuestro país con respecto a este caso obedece sólo a dos máximas: la crítica al gobierno y el puro morbo. Las publicaciones se esfuerzan más por mostrar la mala gestión del gobierno que por explicar la situación saharaui y los abusos que sufren por parte del país invasor, Marruecos. Por otra parte, no cabe duda de que una mujer en huelga de hambre y con cada vez más problemas para seguir viviendo, vende. Los medios han encontrado en Aminatu una especie de protagonista de culebrón cuyo destino cada vez más trágico fascina al público y lo conmueve. No se trata de dar una explicación, de hacer comprender y concienciarse a la gente de lo que está ocurriendo, sino sólamente de hacer del dolor espectáculo.

Pero ante todos estos conflictos diplomáticos y de difusión, nos olvidamos de Aminatu Haidar, una mujer saharui, que estudió literatura contemporánea, que siempre ha defendido los derechos humanos y que ha sido encarcelada y torturada durante años por Marruecos. No cabe duda de que Aminatu Haidar cree no tener ya nada más que perder. Una persona como ella, que siempre ha luchado por su patria, y que ahora se ve privada del derecho a volver, se pone en huelga de hambre como último recurso. Está desesperada. Y su desesperación es comprensible.
Pero la vista desde fuera es bien diferente. Esa mujer necesita ayuda y tiene que volver al Sáhara, pero su muerte no causará más que dolor, a sus hijos y su familia, y olvido, al resto del mundo. Si Aminatu Haidar muere, todo lo que está haciendo, todo lo que está consiguiendo hacer por el conocimiento masivo de la situación del Sáhara se extinguirá. Algunos colectivos defensores de los Derechos Humanos se han manifestado claramente para apoyarla. Ahora bien, ¿para apoyar su causa o su huelga de hambre? Aminatu Haidar debe regresar a El Aiuún. Pero no muerta. Y para sentir eso no hace falta ser ningún activista pro Derechos Humanos. He escuchado de alguna boca la palabra "el fin justifica los medios"; es decir, aunque Aminatu muera, al menos ha conseguido que se le preste atención al caso del Sáhara. También he visto personas muy preocupadas por el caso concreto de Aminatu y su solución, pero a las que les da igual la situación a corto, medio o largo plazo del resto del Sáhara. Los Derechos Humanos son algo universal, yo diría que intrínseco. No hace falta leerse la Carta para aprehenderlos. Nadie puede decir que defiende los Derechos Humanos si desea la muerte a alguien o el sufrimiento continuado a un pueblo. Nadie puede decir que defiende los Derechos Humanos si predica que Aminatu siga sin comer, y cada día come copiosamente. Nadie puede decir que defiende los Deechos Humanos si cuando Aminatu vuelva a su casa, esperemos que en vida, su cerebro resetea todo lo referente al Sáhara.

La hipocresía nos hace un flaco favor a todos. A Aminatu, todavía más.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

02.12.09

Le gustaba invertir.
Le gustaba soñar.
Le gustaba pensar.
Le gustaba seguir.
Le gustaba añorar.
Le gustaba ganar.
Le gustaba correr.
Le gustaba exprimir.
Le gustaba recordar.
Le gustaba beber.
Le gustaba mirarse en los espejos.
Le gustaba dormir.
Le gustaba decir la última palabra.
Le gustaba gustar.
Le encantaba encantar.
Le encantaba encantarse.
Le gustaba broncearse.
Le gustaba jugar.
Le gustaba tirar piedras.
Le gustaba cantar.
Le gustaba ducharse con agua fría.
Le gustaba aprender.
Le gustaba enseñar.
Le gustaba mostrar.
Le gustaba vestirse.
Le gustaba esconder.
Le gustaba huir.
Le gustaba subir en ascensor.
Le gustaba prohibir.
Le gustaba observar.
Le gustaba analizar.
Le gustaba oprimir.
Le gustaba respirar.
Le gustaba posponer.
Le gustaba predicar.
Le gustaba hablar.
Le gustaba mirar la lluvia.
Le gustaba comer.
Le gustaba contar.

Y a veces, también, le gustaba yo.

martes, 1 de diciembre de 2009

Maldita incertidume


Non podo prender o candil
sen a lúa.
Sen as pálpebras azuis
da mínima lámpada erguida,
do cerco no camiño.

Vésperas das mágoas,
os medos,
o sutil esquecemento
a carón do principio
da crenza experta en escapes.

Puntos suspensivos na
verba máis corrente.
E todo se torna mesto,
entre folerpas de lume
que agachan os seus indicios.

¿Onde está a lúa?
Non a vexo.
Non vexo nada...

A escoita. Maldita incertidume.



sábado, 21 de noviembre de 2009

Perder


De tanto miedo a perder, nunca ganamos nada.

Arriesgarse es, también, la temida posibilidad de caer. De volver al foso; quizás, a uno más hondo.
No movemos ficha por temor a los cataclismos, a los daños colaterales que nos han de hacer padecer lo impadecible. Al hermano feo de los quizases.

Las variables externas, imprevistas y sofocantes, nos hacen perder el norte en ese océano de hipótesis que cualquier mente, no especialmente brillante, se plantea ante los retos.

A mi padre, el pelo se le va poniendo gris. Eso es porque los años pasan y, sin darme cuenta, yo ya he llegado a mi segunda década. Qué sentido tienen los días sin sentido, me pregunto a veces. De qué sirve sístole sin diástole, aurora sin crepúsculo, lágrima sin su eminente sonrisa.


A veces, perder no es fracasar. Perder es no intentarlo. Perder es traicionarse. Perder es dar a la espalda al anhelo .
Preguntarse, irremediablemente, qué quiero, y no acudir en su búsqueda. Cadena perpetua en la cárcel de los "y si..."


Perder, queridos amigos, es renunciar.

miércoles, 28 de octubre de 2009

El fin del mundo

A veces, todo parece aniquilarse; estallar en pequeños pedazos de cristal fino que, sin piedad, arañan y desgarran los corazones que encuentran a su paso. A veces, donde nada cesa y todo se interrumpe, logro sentirme fuera del lecho de la humanidad, fuera de las vísceras mecánicas de ese camino precocinado que damos en llamar destino, cuando él mismo me vuelve sus fauces y entona rugidos y llantos que me hacen perder la calma.

Es difícil mantenerse fiel a la corriente cuando parece que todo languidece.

La eternidad, fugitiva, ruega a alguien que le haga caso, mientras las miradas de los transeúntes se encierran en su propia oscuridad. De veras, el silencio, las nubes, parece que todo se acaba, que nada está ordenado, que ya perderse es inevitable. La muchedumbre inquieta y sudorosa atiende a mis lágrimas mientras me esfuerzo por creer que eso es sólo un momento pasajero, algo insólito y probablemente insignificante.

Pero las horas pasan. El rosa pálido del cielo se torna azul gélido, como mis vértebras, y ya me da igual llorar en la puerta de una estación, que me pisen los niños y las ancianas apresuradas; vivo en mi burbuja que de repente me muestra una realidad melancólica y opaca sin muchos tintes de cambio.

Las estrellas palpitan; quizás son la única luz en esa sinfonía de temores y sombra y mucho mucho llanto. Qué le vamos a hacer si hoy ha sido un mal día. Tengo todas las razones para pensar que tras una buena noche de sueño todo pasará y el sol me devolverá las ganas de respirar.

Pero todo se desvanece. Y esos pedacitos de cristal se me clavan como puños de metal ácido. La fachada se derrumba, sólo soy yo y mi circunstancia: yo contra esta circunstancia mía sin sentido y sin serenidad que me obliga a recorrer Madrid entre jadeos y ojos empañados. Realmente, parece que todo muere. Todo está agonizando a mi alrededor.

Y habrá que esperar a mañana para saber si un rayito de luz volverá a iluminar las baldosas, si la ciudad y yo resucitaremos al unísono y se olvidarán los llantos en las estaciones y los dolores prematuros. Habrá que esperar a mañana para saber si el frío no lo es tanto y los puñales eran caricias mal interpretadas. Habrá que esperar a mañana porque quizás sólo fue un mal día.

O quizás es verdad, y esto era el fin del mundo.

jueves, 15 de octubre de 2009

Electricidad (las balsas de aceite no ganan batallas)

Escandaloso
fuego de tu mística:
las cenizas de mi reino.
Cuántas brétemas y ráfagas
de incógnita.
Cuántos sonidos que
prefieren no ser hablados.

Dulces
comisuras de tu frío:
los alisios de mi proa.
Cuántas veces los labios
se han mordido la culpa.
Cuánto miedo y cuánta
pena e insomnio.

una inválida.

Cuánta espera.

Mas

si no cantaran las rapaces sus
chillidos de amenaza.
Si no peligrara el timón y
escociera la llanura.

Quizás no agotarían las llamas
nuestros pulsos; quizás
la inutilidad del vacío.


Y

prefiero

tu cuerpo

un momento

la lucha.

viernes, 9 de octubre de 2009

Capítulo 1

Auscultando la pestilencia de sus deshechos se hacía posible adivinar restos de whisky de malta, un par de camisas mugrientas y aparentemente, sudadas desde hacía días, naranjas podridas sobre la repisa de la ventana (procedentes de aquella vez en la que había decidido firmemente que tomaría vitamina C) y un recuerdo, el recuerdo de su sombra en el espejo del armario bañado en la impotencia y la soledad de la masturbación entre sábanas frías.

Ahogado por su propia existencia, decidió poner fin al encierro en aquella ratonera casi acogedora que en ocasiones llamaba hogar. Decidió salir, salir a beber del aire contaminado de una ciudad demasiado inmune a las personas; demasiado proclive a los autómatas. La calle, sus chicles pegados a las baldosas de color gris marengo, los chillidos de los niños recién salidos del colegio y la neblina espesa que amenazaba con reducir todavía más su visión, consiguieron, sin embargo, despertarle.

Había algo en aquella rutina sórdida, en aquel devenir de hogueras alimentadas de sueños, que resultaba entrañable. Como una pálida mañana de Navidad rodeada de miseria y desperdicio, pero mañana de Navidad a fin de cuentas. Su mudo respeto conversaba con la ciudad a gritos, ofreciéndole sus minutos de gloria, aquellos en los que su relación con el resto de la raza humana trascendía las meras ilusiones y se traducía en roces en el autobús, miradas de soslayo en la carnicería, secos saludos en el estanco.

En ocasiones, como aquella tarde húmeda, porque eso era lo que era, húmeda, se imaginaba viviendo así por siempre y ni siquiera le producía pavor. Cinéfilo como era y ávido de conocimiento, podría pasar el resto de sus vidas entre libros y películas, durmiendo muchas horas y bebiendo si por algún motivo no lo conseguía. La escasez de ingresos haría su experiencia más emocionante, y los frecuentes paseos, como aquel mismo, endulzarían su día a día con toques de realidad. Incluso podría escribir una novela con algo de tesón y esfuerzo diario.

Su pensamiento, a pesar de todo, acabó en ella. Su figura curvilínea tras el tocador y los tres besos de cada despertar. Dulces mieles de todos los días con el perfume que nunca reconoció hasta que se fue; las distintas tonalidades de rojo de su carmín; esporádicas estampas de sonrisas almibaradas.

La calle enmudeció entre su gris.
Otra vez la misma sensación.
Desengáñate, estúpido. Esto no es vida.