Las ganas atrapan miseria entre festejos donde no se recoge el vino ni se recitan heridas. El dulce agosto gris, con- tigo, y nuestras lunas; la serenidad, y las fauces abiertas del torbellino del miedo.
Todas las úlceras rotas llevan los dedos entrelazados.
La ausencia de ritmo en este baile de quietud mimosa. Marchito el tiempo, tan joven, espontáneamente calculado su compás de vicio, y los trotes elegantes de la noche] en el alféizar del ocaso.
Todo ha cambiado. La diferencia de volver a lo mismo.
Y el primer último poema desde hace mucho, mucho tiempo.
Preocupada por mi falta de libro de cabecera desde hacía, exactamente, 21 horas, rebusqué entre los bolsos y las chaquetas hasta encontrar un poco de calderilla que, en su conjunto, me permitiera al menos agenciarme un librito pequeño, casi insignificante, pero que consiguiese su objetivo principal: entretenerme un poco y librarme de las largas y trágicas horas de espera.
Tras esta ardua labor, me encaminé hacia la librería más próxima, y sin pararme ante el estante de novedades y grandes libros de tapa dura, me dirigí hacia el único lugar a donde podría dirigirme siendo realista con mis posibilidades monetarias: el estante de esos pequeños libros de bolsillo, (tal vez llamados así, no tanto por su tamaño, sino porque son los únicos adecuados a todos los bolsillos); ésos de letra tan pequeñita que mi incipiente miopía me obliga a pegarme a menos de un palmo de sus hojas, como si rastreara oro entre torrentes de papel rugoso pero que, al fin y al cabo, siguen albergando las grandes obras de la literatura universal entre cartón barato y que realizarían bien la función que yo les tengo encomendada.
Entre mi condición de galega y el hecho de haberme despertado con el día indeciso, pasaron los minutos sin que yo pudiera decidirme por uno de ellos. Ninguno me llamaba demasiado la atención, no había mucho donde escoger, y mi mano le daba vueltas enérgicamente a esos pequeños estantes postizos de plástico de las colecciones de Anagrama y Cátedra sin que mis ojos se fijasen ni por una vez en alguna portada concreta. Al fin, adiviné entre los libros un par de títulos interesantes, aunque ninguno de ellos me susurró al oído "cómprame".
Entre Ibsen y Kadaré encontré escondido "Retrato de un artista adolescente"; bien es cierto que cuando leí "Dublineses" no me entusiasmó, pero tenía ganas de leerme ese libro y nunca lo había visto en edición barata. Tras leer la contraportada, me dispuse a proseguir con el ritual que llevo a cabo cada vez que compro un libro: pasar sus páginas mientras rozo el papel y, en un momento de despite del librero de turno, olerlo. Pero antes de que pudiera continuar con él, y mientras pasaba las páginas con soltura, pude vislumbrar que, por la mitad del libro, había un pequeño trozo de papel doblado que contenía algo escrito en bolígrafo azul. No me atreví a mirar qué era; sólo estaba segura de que no se trataba del precio ni de ninguna otra cosa rutinaria, sino que aquello era un regalo, un plus a la novela, una señal de que debía llevármela. De repente, me sentí como en un libro de Los Cinco: sólo me faltaban los shorts y las galletitas de jenjibre. Mirando a ambos lados, como si alguien pretendiese arrebatarme a mi recién conseguido tesoro, lo estreché entre mis manos y me acerqué a la caja para pagarlo. No podía esperar a llegar a casa y descubrir de qué trataba aquel papel misterioso. ¿Sería el mapa de un tesoro? ¿Una declaración de amor, quizás? ¿Un código secreto de espionaje?
Me senté en el sofá, y lentamente, abrí el pequeño papel doblado. Lo que se encontraba en él no era ni más ni menos que un poema, un poemilla escrito con pequeña letra cursiva que se doblaba levemente hacia el lado derecho en boli bic azul. Y el poema venía firmado. Su autor o autora firmó como Pérez Duarte. Tras releer el poema unas cuantas veces, pensé en el tal o la tal Pérez Duarte. No sé quién es, probablemente nunca lo sabré. Pero su pequeño poema escrito en un pedazo de papel doblado me ha otorgado unos de los momentos más deliciosos de estos últimos días. El descubrimiento del poema ha llenado de romanticismo un día como cualquier otro, hasta tal punto que he decidido hacerlo alguna vez en mi vida. Nunca sabré a qué Arancha podré alegrar. Quizás ninguna Arancha lo encontrará; quizás escoja mal el libro y nunca lo compre nadie o se le caiga cuando vaya a pagarlo o el susodicho comprador decida que es mejor tirarlo a la papelera para no entorpecer su lectura.
Pero puede, también, que me convierta en otra Pérez Duarte (persona misteriosa y anónima que deposita poemas de estupenda caligrafía entre libros de bolsillo alegrando el día de chicas como yo).
Y, de paso, he agregado una nueva definición a mi diccionario.
Los días de hacer tiempo son días incómodos y prescindibles. Erigen sus 24 horas como fortalezas rodeadas de catapultas, a la espera de un disparo acertado a un sistema nervioso cada vez más cansado de esperar. ¿Esperar... para qué? A veces, simplemente, para volver a la rutina. Otras veces, para encontrar nuevas emociones. Alguna vez, incluso, para despejar incógnitas.
En esta vida que son dos días, de gripes A’s y cánceres varios, la impotencia se adueña de aquellos que, como yo, pretenden ser felices a cada instante sin conseguirlo. A veces el carpe diem no sólo depende de uno. A veces, brujas disfrazadas de princesas juegan a amargar un poco más ese tablero de la vida que ya de por sí rezuma abulia. Otras veces, el tiempo nos juega malas pasadas, apremiando nuestros corazones y nuestros párpados, hasta descubrir que es mucho, demasiado el tiempo hasta llegar a la meta.
Los minutos consecutivos se tornan idénticos ante la ausencia de ruido, de inquietud, de movimiento. Demasiadas miradas impacientes a demasiadas pantallas vacías. La incesante búsqueda de causalidad se vuelve monótona y pierde el sentido. El deseo del futuro, la duda de lo que vendrá se torna fervor entre días que parecen clones herméticos y aburridos de una misma jornada exenta de vida.
Y, en estos días de publicidad, de paréntesis alargado, una postal perdida que encuentra su legítimo lugar entre montañas de espera. Una imagen que mira de soslayo y exclama satisfacción.
Hace unos días leía un artículo acerca de la bien sonada “erótica del poder” que, al parecer, existe, no como mera ficción literaria o cinematográfica, sino como afrodisíaco real y químicamente probado que, además, afecta especialmente a las mujeres. De hecho, la mayoría de los hombres (según rezaba el artículo) se sienten amedrentados ante una mujer con demasiado poder o demasiados honorarios; tanto que en muchas ocasiones la susodicha mujer deja de parecerles atractiva. No ocurre lo mismo con el género femenino.
Yo, sin embargo, nunca me he considerado de ese club. Y es que creo que existe otro, un poquito más minoritario pero en absoluto desconocido, al que pertenezco y siempre he pertenecido desde que mis hormonas despertaron y comenzaron a buscar entre los cuerpos de muchachos granudos su Casanova personal. Por aquel entonces, una amiga, también perteneciente a dicho grupo, y yo, le solíamos llamar entre risas el efecto Fran Perea motivado por su personaje en Los Serrano, que se camelaba a Eva a base de cantes y guitarritas. Y es que, éla ahí, la erótica del arte.
El artista busca a tientas entre las cenizas del mundo un camino a la belleza. Sus manos, creadoras, arrancan acordes nostálgicos de guitarras o teclados, marean paisajes con los vaivenes de sus objetivos, retratan ocasos ocres en lienzos teñidos de extrañeza y engendran las aventuras más apasionantes entre papeles amarillentos. Su perfecta sintonía, su sensibilidad innata; todo se percibe en ese andar discordante, en la forma de manejar las dudas, en los extraños recovecos de su mente que se plasma en disciplinas inexactas y confusas, sólo comprensibles para él mismo. A veces, sólo él parece capaz de ordenar mi caos.
Los artistas. Quién no ha soñado alguna vez con susurrarle a ese pintor de ojos caídos y caminar apesadumbrado: “haz de mi cuerpo tu lienzo”; quién no ha imaginado que esas manos recorren sus caderas como recorren las curvas sinuosas de la guitarra, mientras con voz agridulce entona las primeras estrofas de una canción de desencuentros. Busca en mi ser tu discordia, quiero ser tu musa ahora y siempre, no dejes de tocarme nunca...
Quizás sí exista la erótica del poder. El poder de creación.
Y sí, P., ahora sabemos diferenciar a los verdaderos artistas de los Franes Pereas del mundo pero... ¿qué más da eso?
Reconozcámoslo.
Se nos siguen cayendo las bragas ante una guitarra bien tocada.
Cuando se descubre la gastronomía original de nuestras incógnitas, lo perverso de nuestros juegos de manos en oscuridades injustificables; cuando la niebla destapa el olor a incienso que maquilla los días sin salir de casa, los pañuelos mojados entre bragas de algodón que se olvidaron del tiempo.
Cuando ni nuestro pelo ni nuestra condición sufren la fuerza de la gravedad y la incertidumbre es el pan de cada día. Las gotas de sudor caen ligeras sobre los vestidos blancos.
Cuando germinan los procesos víricos, todo es lo que es y nada es trepidante; los motivos policromados se tornan ojeras malvas, deshechos de sombra; las estrellas cesan en su empresa de iluminar los rostros abúlicos, nada despierta ya el insomne vientre de atracciones cinematográficas.
"Yo soy así, no hay nada más". Los disfraces cosechan arrugas entre zaguanes de silencio. No hay altares, ni musas de caderas lánguidas, de perfectas fauces rosadas y talles decimonónicos. Sólo tiempo, despertares entre sudor y ojos hinchados, noches de imaginación y añoranza de los espejismos. Miedo al fracaso y a la verdad.
Nada es lo que debería ser en ese cielo de carantoñas estivales. Cuando todo se resuelve en unos ojos demasiado cansados para mentir. A veces, sobre una cristalina superficie de compresión.
Una miserable luna cae sobre el techo de Ourense como caen las manos de los niños sobre los caramelos en las cabalgatas. El espesor de unos días demasiado anodinos se disuelve entre las mareas de ilusión y certezas, que, a pesar de todo, no consiguen desviar del todo el nauseabundo olor de la monotonía. A veces, todo se rompe con otro monótono pero esperanzador sonido. Las llamadas de teléfono se suceden entre sonrisas que nunca llegarán a ser desvirgadas, quejas, estallidos, unos ojos demasiado cansados de esperar. En ocasiones, las bocas se congelan, todo se concentra en un suspiro, una caricia extraviada de nuevo, y otra noche que se acuesta entre la soledad de los edredones que quieren ser compartidos.
La violencia angustia a la monotonía como los adolescentes rebeldes a los padres escrupulosos. Elabora planes de huída; la ternura perece a veces entre las rejas de su cárcel de ausencia.
Los borrones emborronan demasiado misterio, la vuelta se vislumbra entre demasiados caminos futuros, caminos donde la tierra florece inerte el caminar de unos pies ya mutilados. Demasiados auxilios en silencio. La boina y las zapatillas, demasiados recuerdos, perder el instinto entre demasiadas preguntas.
Todo parece claudicar. Demasiados estigmas, demasiados gritos a deshora, demasiadas astucias inocentes, demasiados argumentos atrapados,demasiadas lesiones cabalgantes, demasiados mediodías a solas. Demasiados kilómetros.
Una sola respuesta.
The guilty undertaker sighs, The lonesome organ grinder cries, The silver saxophones say I should refuse you. The cracked bells and washed-out horns Blow into my face with scorn, But it's not that way, I wasn't born to lose you.